El Juli hace historia al indultar un toro en la feria de abril en sevilla

Una tarde de impecable gobierno: el asiento, el dominio de los tiempos, el temple, la colocación, el ajuste también, el orden, la determinación, la pura ciencia

El Juli sale a hombros tras cortar ayer cuatro orejas./EFE
El Juli sale a hombros tras cortar ayer cuatro orejas. / EFE
BARQUERITO

A ver a El Juli vinieron las musas todas. Una tarde de impecable gobierno: el asiento, el dominio de los tiempos, el temple, la colocación, el ajuste también, el orden, la determinación, la pura ciencia. Pero más que la ciencia o el sentido del toreo, contó la inspiración, que explotó enseguida y fue de rampante son. Ni un paso en falso, ni un lance de más. Ni siquiera los muletazos de señuelo con que en los medios El Juli provocó el indulto del quinto toro, mecido por él en una faena cumbre de medio centenar de muletazos o más. Faena rigurosa, muy labrada, destacada por su densidad, intensidad e inteligencia.

Cumbre Julián con dos toros de pareja nobleza pero distinta condición. El del indulto y, por delante, un segundo encelado en el caballo y picado por Barroso con mesura, de rico galope en banderillas y muy brioso en la muleta. El Juli lo toreó casi en un palmo de terreno. Derribado en un acostón y solo el primer muletazo de trasteo, y recién brindada la faena a la memoria de Domingo Hernández –de quien era el hierro–, El Juli hubo de improvisar de rodillas, al medio recomponerse y en la repetición del toro, una tanda primera no de aliviarse sino de ya ponerse a gobernar y a hacerlo sin dilación.

En la segunda de las dos tandas en redondo que siguieron a la inicial imprevista, ya estaba toreando El Juli a cámara lenta, poderosamente, la mano baja. Dos tandas ligadas, de rotundo efecto –en ese momento rompió la corrida a lo grande– y prólogo de una segunda y hasta tercera parte de faena igual de profusas las dos. Las dos cumplidas con llamativa sobriedad, incluso cuando, antes de la igualada, El Juli se enredó en dos ochos bien matizados, suelto el brazo, rematados los adornos con el natural de broche, que suele y debe ser hacia dentro.

El toro había tenido por la mano derecha más claro aire de salida. Cinco verónicas en corto y embraguetadas, media estupenda y un cuarto de verónica muy gracioso. Por la izquierda se entregó en cuanto dispuso El Juli. Pulso nada común, mano de seda. Una estocada hasta la bola y algo trasera, pero el toro, que se había empezado a afligir de tan sometido, dobló en tablas. Dos orejas. Fue faena redonda. Por lo preciso de los muletazos –es decir, su medida en cada tanda– y por su cima particular, que fue el toreo con la izquierda. Dos manos tiene El Juli, como todos los toreros, pero la izquierda parece más larga, la mejor de las dos. Ahora y siempre.

Ponce y Talavante

Ni el áspero primero, ni un tercero flojo, claudicante y celoso se prestaron a fiesta. Ponce le pegó muchos pases al uno, Talavante optó por la retirada. El lío grande iba a llegar en el quinto toro. Antes del jaleo, Ponce se enredó en una faena de recorrer mucha plaza no solo porque el cuarto toro estuvo por rajarse y se rajó, sino porque la faena fue de pilotaje solamente regular y flacos argumentos. Una tanda de apertura genuflexa y otra igual, a última hora, calentaron a la mayoría. Y un par de circulares automáticos o rehilados, y algún cambio de mano también.

Ni eso ni el renuncio de Talavante con el sexto de la tarde, un punto descompuesto, tuvieron apenas peso, pues con el quinto de la tarde El Juli mejoró todos los registros de la primera faena. No perdonó nada. El capote para fijar al toro, que se frenó antes de varas y hasta escarbó, un galleo por chicuelinas muy donoso y un quite por chicuelinas al ralentí que fue aviso de lo que iba a venir en seguida.

El primero en venir y querer fue el toro, que El Juli hizo lidiar de rayas afuera. Y de rayas afuera llegó enseguida una faena de particular poso y de gran atrevimiento estilístico, porque, sostenida sobre el toreo ligado clásico, vino a abundar en remates de tanda sacados del sombrero de mago: un mero dejar sin dueño el toro tras una tanda de cinco en semicírculo, uno de pecho desde las babas del hocico a la hombrera contraria, la trincherilla, el molinete, el simple cambiado por alto a suerte cargada...

Cuando cundió la invitación al indulto, El Juli se fue al toreo en circulares, en la suerte natural o no, y con ellas enardeció a la gente más de lo que estaba. Toro con cuerda y corazón de reloj, pero el ritmo lo puso El Juli, que, generoso, compartió el éxito con el ganadero. Lo sacó a dar con él la vuelta al ruedo. Por el toro. Es la ley.

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