La historia del orgullo de Bilbao contada desde dentro y desde fuera

Estampa histórica de San Antón y, a la derecha, el catedrático Manu Montero./Jordi Alemany
Estampa histórica de San Antón y, a la derecha, el catedrático Manu Montero. / Jordi Alemany

Manu Montero reconstruye el espíritu de la ciudad desde el siglo XVI al XIX a través de los testimonios de sus habitantes y de los viajeros

ELENA SIERRA

Merece la pena imaginarlo, evocarlo: una ciudad que no era muy grande -doce mil habitantes a lo sumo-, en la que estaba prohibido que por sus callecitas estrechas y de edificios muy altos (cuatro o cinco plantas) entraran los carruajes y los carros; que tenía su puerto interior y movía por lo tanto muchos cargamentos, bultos que hombres, mujeres y niños acarreaban por la ciudad, subiendo y bajando.

Otros habitantes iban y venían firmando documentos, haciendo negocios, invirtiendo no en tierras, que tampoco es que hubiera muchas en el centro urbano, sino en materiales y pronto en valores bursátiles. Moviéndose todos sin parar. Hasta los elementos se movían. Cuando subía la marea allá en la costa, el nivel del agua en la ría subía también hasta el puente de San Antón.

Eso era Bilbao. «Sensación de movimiento», dice el catedrático de Historia Contemporánea Manu Montero, que hace un tiempo se preguntó cómo veían Bilbao los viajeros que estaban de paso y los propios bilbaínos allá por los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Leyendo y comparando retratos y estadísticas, la respuesta que ha obtenido se encuentra en el libro ‘En el nombre de Bilbao’ (Sílex), que Imanol Villa califica como un «psicoanálisis» de la ciudad y sus vecinos.

El 'bilbo' de Shakespeare

Más en concreto, la respuesta es esa sensación de movimiento y la arrogancia bilbaína, que no es «una anécdota en la historia, sino la razón de ser de la ciudad». El orgullo fue «fundamental» para el desarrollo de una urbe que no estaba mal situada, pero que podría haber pasado desapercibida como tantas.

«Si querían mantener derechos y privilegios, los bilbaínos no podían ser complacientes ni dejarse pisar. Hay que sumarle tenacidad, pragmatismo y mucha voluntad, que es la razón por la que se ha reinventado no solo en el siglo XX, sino anteriormente». Y es que desde que a las espadas en algunos dramas de Shakespeare se las llamaba ‘bilbo’, en referencia al buen material comercializado desde aquí que iba a manos inglesas, ha llovido mucho y los comerciantes han tenido que cambiar de materia prima en varias ocasiones.

Los viajeros, aparte de sorprenderse con lo bien abastecida que estaba la ciudad -el mercado de abastos llamaba la atención, como el hecho de que ricos y pobres pudieran comer carnes y pescados o beber vino-, señalaban la red de alcantarillado, la limpieza y las cuadrillas de defensa, «aunque no fuera un pueblo de guerreros sino de negociantes», dice Montero. «Esa acción colectiva era excepcional en otros tiempos». Y más lo era que no hubiera nobles, que hacer dinero comerciando no estuviera mal visto -al contrario-, que las mujeres trabajaran como cargueras, bien a la vista, y que los que tenían mayor patrimonio no anduvieran por las calles acompañados de sus sirvientes y no vivieran en palacetes, sino en pisos... Para saber a quién llamaban dando aldabonazos en el portal, había que estar atento al número de golpes: dos para el del segundo, tres para el del tercero...

«Si querían mantener derechos y privilegios, los bilbaínos no podían ser complacientes ni dejarse pisar»

Otro dato curioso: lo controladas que tenían a las órdenes religiosas, que no tenían permiso para asentarse en el centro de la ciudad porque demasiado estamento religioso solo podía ser negativo para el comercio. «La oposición era radical», sostiene el autor. A la Iglesia al parecer le pareció un escándalo que las fiestas del Corpus Christi se celebraran «con jolgorio y toros», y al Ayuntamiento se le ocurrió darle la razón... pero solo para trasladar la fiesta a finales de agosto. Ese precedente de la Aste Nagusia ocurrió en 1755. «Y ahí sí que no había ningún santo al que festejar. Es un caso rarísimo».

Por supuesto, entre los visitantes hubo alguna crítica. El escritor alemán August Fischer, por ejemplo, se aburrió de lo lindo en un txoko con tertulia. Los bilbaínos solo sabían hablar de sí mismos, es decir, de sus negocios. «Y eso que no existía el Athletic».

De pura sangre

Lo de que el de Bilbao nace donde quiere... Bueno, leyenda urbana hasta bien entrado el siglo XIX. Para ser vecino de la villa con todos los papeles, si no se había nacido en ella, había que demostrar tal pureza de sangre y cristiandad vieja que alguno acabó peleándose con los comisionados encargados de dar fe de su buen linaje. En el libro se pone por ejemplo el caso del francés Luis Carlos des Essarts, que tuvo que viajar a su región de origen con un regidor de Bilbao y el síndico de Bizkaia, en 1759, para que se cercioraran de su estirpe. El francés tenía que pagar los gastos del viaje y a los acompañantes les parecieron tan horribles las posadas, las comidas y los medios de transporte a partir de Burdeos, y fueron tantas las disputas, que Des Essarts, a la vuelta, fue apresado. La cosa no llegó a mayores, y este hombre terminaría siendo un conocido exportador de hierro casado con una Billabaso.

Temas

Bilbao

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos