El Guggenheim empieza las celebraciones de sus 20 años con 500 amigos

Momento del espectáculo a puerta cerrada que tuvo lugar ayer en el atrio. / MUSEO GUGGENHEIM

Una perfomance en el atrio da paso a los festejos

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

No son un millón, como pretendía reunir Roberto Carlos, pero tampoco resulta desdeñable el singular efecto de quinientos amigos, vestidos de riguroso negro, girando en torno a un ochote y dando vivas al psicoanalista Lacan. La performance de Juan Pérez Agirregoikoa llenó ayer el atrio del Museo Guggenheim de la atmósfera del coro tradicional y, simultáneamente, de una sorprendente disertación sobre el materialismo. El artista vasco fue el responsable de una singular acción con la que la institución quería rendir su tributo a este colectivo dentro de los actos que conmemoran su vigésimo aniversario. «Una de las razones de esta iniciativa es que no tenemos muchas ocasiones de reunirlos como colectivo, que se reconozcan como parte del grupo», explica Juan Ignacio Vidarte, director de la entidad. «Hacemos un día de puertas abiertas para ellos, pero siempre lo disfrutan de una manera individual o familiar, sin esa conciencia colectiva».

En cualquier caso, los asistentes representan a una masa mucho mayor. «Hablamos de una comunidad de unas 23.000 personas, 17.000 amigos en sentido estricto, junto a otros grupos como Erdu, que son personas en situación de desempleo y que cuentan con adhesión gratuita», indica y señala su importancia como vía de articulación con el entorno. «Nos apoyan financieramente, pero también son nuestra red de apoyo social, una herramienta fundamental para insertarnos».

«No nos inscribimos por el arte contemporáneo, sino por los críos» Amaia Avendaño

«Es un lujo tenerlo en Bilbao y, además, resulta muy asequible hacerse amigo» Oier Arregi

«Soy de Llodio, licenciado en Bellas Artes y un habitual del museo» Christian Gil

Frente a quienes, hace veinte años, consideraron el Museo Guggenheim un absurdo despilfarro, se situaron aquellos otros que apostaron por el proyecto de hacer de Bilbao una cita ineludible del arte contemporáneo. Su convicción no requirió de pruebas. «Desde que se levantaron los primeros andamios, la gente preguntaba por la posibilidad de hacerse amigo», recuerda Maite González Uriarte, subdirectora de Desarrollo de la entidad. «Durante los tres primeros meses de apertura se produjeron 5.000 adhesiones cuando el Museo del Prado cuenta con unas 4.000». Ese proceso ha continuado, excepto en breves periodos de crisis económica, y, actualmente, las tarifas que desembolsan varían entre los 20 y 8.000 euros. «Intentamos mantenerlas, que las categorías más altas paguen a las más bajas», aduce. El 93% de los miembros son vizcaínos, con pequeños porcentajes de las comunidades autónomas vecinas y extranjeros, fundamentalmente franceses.

Un 60% de mujeres

La impresión que produce la masa fraternal es que el Museo, sobre todo, cuenta con una legión de amigas entusiastas. «El 60% son mujeres, aunque el mayor número de núcleos son de carácter familiar», reconoce la responsable y asegura que el perfil del socio se corresponde con el de la población del Gran Bilbao. El entusiasmo inicial se ha trasmitido generacionalmente. «Hay gente que fallece y sus familiares se pasan el testigo», indica y señala que también hay un sector práctico que acude por las contraprestaciones y un tercer tipo que busca un espacio en el que confluir con personas de similares afinidades culturales.

«Me encantó la muestra dedicada a Louise Bourgeois, ¡una mujer artista!» Amaia Santamarina

«Me hice amigo enseguida. Aquí he vivido experiencias profundas» José Martínez

«Me fascinó ver a Gehry en la exposición de las motos. Yo estaba con mi hijo» Aintzane de Luna

El medio millar de participantes gozó de ‘Conciertos para Amigos, hay un enemigo’, espectáculo a puerta cerrada. Tras un breve descanso, los ocho músicos volvieron a interpretar, con sus voces bien timbradas, unas canciones que defienden que la práctica es la matriz de la apariencia y apuntan a la materia como enemiga del espíritu. Pérez Agirregoikoa, uno de los autores vascos de mayor proyección internacional, reconoce la paradoja entre la puesta en escena, amable y convencional, y la carga ideológica de las canciones. «Me interesa la fuerza de la palabra y emplearla desde una forma popular», aduce y defiende que esa manera de representar, muy textual, también gana en contundencia. «A veces, es más dura que un puñetazo. El dolor se pasa, pero hay cosas que te dicen que nunca olvidas, que se te quedan ahí dentro, dando vueltas».

La revolución lírica en el corazón del Guggenheim, planteada una mañana de domingo, finalizó entre aplausos y la promesa de una grabación que se distribuirá entre los hombres y mujeres de negro que, con su disposición circular, han simulado un disco que gira sin cesar, un proceso cíclico de destitución y ascenso de autoridades que identifica el devenir humano. El autor es licenciado en Bellas Artes en el País Vasco y ha cursado la carrera de Filosofía en Francia. «Mi trabajo es serio, pero utilizo la expresión irónica porque forma parte de mi forma de ser», indica el autor. «Ahora bien, son gracias que, a menudo, no tienen ninguna gracia».

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