Grandilocuente

'Cosa cósmica', de Damián Ortega, disecciona un Volkswagen Escarabajo de 1989 para suspenderlo en el vacío./Jordi Alemany
'Cosa cósmica', de Damián Ortega, disecciona un Volkswagen Escarabajo de 1989 para suspenderlo en el vacío. / Jordi Alemany
Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

Las exposiciones de tesis siempre implican el riesgo de que el comisario se convierta en un artista más, es decir, en el prescriptor fundamental de preceptos que buscan hacer definitiva y perdurable la percepción o la reflexión del espectador, incluso bastante más allá de la intención primigenia de los autores de las obras. Algo de esto queda patente en la nueva muestra inaugurada por el Guggenheim, donde el amplísimo epígrafe del arte y el espacio o el concepto inicial de la relación y el trabajo conjunto entre Chillida y Heidegger conceden un mandato plenipotenciario al comisario para acometer una relectura de la abstracción, una revisión y actualización de la colección o también un discurso expositivo sobre la conceptualización metafísica del espacio.

Naturalmente, su basamento académico alude a esa filosofía heideggeriana que nos permite en relación con el espacio la apertura de un camino de comprensión más allá de la lógica cartesiana y de la determinación física. Pues bien, sin grandes vinculaciones a la cronología o a la afinidad de las corrientes, el recorrido transita por una discursiva grandilocuente y a veces pretenciosa, lo cual no significa ni la inexistencia de una valiosa investigación, ni tampoco la lógica armoniosa de un interesante diálogo creativo. Por ejemplo, si por un lado la desocupación del espacio en Oteiza puede vincularse a ese corte evocador del infinito que nos enseña Fontana, también se puede entender la ambigüedad del vacío tanto mediante ese cuestionamiento de la abstracción que hace Prudencio Irazabal, como a través de las poderosas formas en el espacio de Susana Solano.

Y aunque sea demasiado retórica esa sala consagrada al atomismo, no es menos cierta la aparente relación entre la tensión cósmica que otorga Damián Ortega a los objetos, con la fragmentación y la recombinación de Rosenquist en su homenaje al Apolo I. Aun así, es seguro que una mayor simplicidad discursiva hubiera bastado para apreciar este notable imaginario creativo y espacial, cuyo juego con los volúmenes y las formas del edificio de Frank Gehry resulta fascinante.

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