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«Tengo muchas razones para vivir, no solo el cine», asegura Agnès Varda

Agnès Varda recibe el Premio Donostia. / EFE

La primera directora recompensada con el Premio Donostia sigue rodando a sus 89 años con la misma libertad que en sus inicios con la Nouvelle Vague

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Agnès Varda recibirá el Oscar de Honor el próximo 11 de noviembre. «Es como una broma», desmitifica. «Los Oscar se los dan a personas muy conocidas que han hecho ganar mucho dinero. Directores que son como los bancos. Y mis películas nunca han recaudado nada», confiesa a EL CORREO. Varda incluso pensó en no recogerlo, pero su hija le preguntó si estaba loca. «Soy una pobre artista francesa que recibe un Oscar, eso me hace reír, pero no puedo negarme. En América gusto mucho a los cinéfilos, a una pequeña y marginal parte de la población».

A este «dinosaurio» de la Nouvelle Vague, como se autoretrata, parece hacerle más ilusión el Premio Donostia, que ayer por primera vez en su historia recayó en una directora. «Significa que hay gente a la que le sigue gustando lo que hago y me anima a continuar. Tampoco mucho, porque creo que voy a parar e ir tranquilamente, si es posible, hacia la muerte». A sus 89 años, Varda sufre degeneración macular, una enfermedad que hace que vea borroso. Pese a ello, sigue rodando películas tan libres, rompedoras y emocionantes como ‘Caras y lugares’, el filme que ha traído a San Sebastián y que se estrenará en las salas españolas el año que viene.

Varda se empeñó en ser directora cuando las mujeres detrás de la cámara se contaban con los dedos de una mano. Empezó en 1954, cinco años antes de la Nouvelle Vague. Casi todos los inventos atribuidos a cineastas modernos son formas de mirar la vida que ella ya utilizaba hace medio siglo. En ‘Cleo de 5 a 7’ (1961), su película más popular, seguía en tiempo real a una mujer que espera el resultado de unas pruebas médicas. Poesía, prosa y ensayo se entremezclan en una filmografía que rompe con las barreras entre el documental y la ficción. Su propia vida es la materia de su cine, como en ‘Caras y lugares’, donde recorre Francia junto al artista y fotógrafo callejero J. R, de 34 años, una suerte de Banksy galo que se ha hecho célebre instalando sus gigantescos trabajos en lugares públicos.

«Filmo mis manos con sus venas y arrugas y se las enseño a mis cinco nietos. Ellos dicen que su abuela tiene paisajes en las manos», cuenta la viuda de Jacques Demy, el inolvidable autor de ‘Los paraguas de Cherburgo’. La muerte a esta mujer menuda de inconfundible melena corta bicolor no le asusta. «Tengo muchas razones para vivir, no solo el cine. Mi cuerpo se estropea, pero todavía puedo trabajar con mucho placer. Gracias a mi hija, que se ha encargado de la producción, he podido hacer esta película poco a poco. Estoy rodeada de gente que me ama y me protege. La vida es larga y pienso que está muy bien que se pare. No me voy a tirar al Urumea ni al Cantábrico. Si esta noche me duermo en mi cama y no despierto, pues muy bien».

‘Caras y lugares’ demuestra que se puede ser casi nonagenaria y tener más atrevimiento que un veinteañero. Varda y J.R. viajan en la furgoneta-fotomatón del artista en busca de rostros: un agricultor que cosecha él solo con su tractor 800 hectáreas de tierra, las mujeres de los estibadores de El Havre, el campanero de un pueblo... Encuentran a la última habitante de un antiguo poblado minero y estampan su fotografía gigantesca en su casa. El filme rebosa humanismo, fraternidad con Francia y su gente y amor al cine. Una celebración de la vida teñida de melancolía en el recuerdo del orgullo obrero, de su amado Jacques Demy o del otro «dinosaurio» vivo de la Nouvelle Vague, Jean-Luc Godard, a quien van a visitar en el último tramo del filme aunque este les da plantón.

- Habla en el filme de la felicidad de las mujeres. ¿Es distinta a la de los hombres?

- Claro, no es la misma fabricación. Pero hay un tipo de felicidad que se puede compartir con los hombres. Y también con los gatos a veces… Hay una frase de Simone de Beauvoir que me gusta mucho: «Una no nace mujer: se hace». La conciencia de ser mujer se puede construir. Cuando yo empecé había solamente tres o cuatro directoras. ¿Por qué no continuaron? Quizá no fueron suficientemente osadas, pero ahora hay cientos de directoras en Francia.

- ¿Para qué hace cine?

- Siempre he intentado encontrar formas para el tema que iba a abordar tanto en el cine como en la fotografía o el arte. He trabajado mucho en la estructura, en la materia del cine. No he querido hacer ficción con actores conocidos o adaptaciones de libros, sino que he intentado que el cine venga de la vida. Mis películas vienen de mi vida, de mi condición de mujer pero también de ciudadana, esposa, abuela.

- Para eso el documental es perfecto.

- Sí. Los documentales son la escuela de la modestia, porque estás al servicio de las personas que filmas. Eres un intermediario entre ellas y el público. La realidad está llena del ruido de los demás y hay que saber escucharlo. Por ejemplo, fuimos a ver a los estibadores de Le Havre, tan machos, y yo opté por sacar a sus mujeres. Siempre digo que el feminismo se hace con los hombres. Intento remover prejuicios y estereotipos, romper la falta de curiosidad y de amor.

- Y el azar, como se dice en ‘Caras y lugares’, es un asistente perfecto.

- El mejor. Hay que tener el deseo de que suceda y prepararlo. El azar no llama a la puerta, hay que ser curioso y empático en el rodaje. Fuimos a una fábrica y me encontré con un operario en su último día de trabajo después de 35 años. Y te cuenta que se siente como al borde de un acantilado. Y de repente entiendes qué significa trabajar toda un vida y pararse.

- Aboga, en definitiva, por estar en paz con nuestro entorno próximo.

- Vivimos en un mundo caótico, un horror, con emigrantes que se ahogan cuando intentan ir a otro país y niños abandonados en todas partes. Mi trabajo es modesto y local. Mis películas no son un éxito de taquilla, pero a cambio dan ternura y calor. Pasas de la lágrima a la sonrisa, como en la vida.

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