100 días solo en la montaña

Una escena de la película.

Un documental que se estrena el viernes en los cines relata la aventura del asturiano José Díaz, que cumplió su sueño de pasar tres meses en soledad y en contacto con la naturaleza

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

En 1992, Chris McCandless, un universitario de buena familia, se adentró en los bosques situados al norte del monte McKinley en Alaska. Tenía 24 años, había regalado todo su dinero y abandonado su coche, y soñaba con una vida en estado salvaje. Cuatro meses más tarde, una partida de cazadores de alces encontró su cuerpo en estado de descomposición. Jon Krakauer contó su historia en 'Hacia rutas salvajes', un absorbente relato que Sean Penn llevó al cine en 2008.

José Díaz se acordó de McCandless una de las cien noches que pasó solo en su cabaña del Parque Natural de Redes, en Asturias, a casi 1.500 metros de altura. Se había desquitado de tres días malcomiendo con un festín de huevos y patatas rematado por una lata de carrilleras... caducada. «Pasé toda la noche vomitando y me venía a la cabeza 'Into the Wild'. Pensaba: 'Voy a morirme aquí, por las carrilleras...'», recuerda. «McCandless era demasiado radical, pero entiendo que llega un momento en que para cambiar de vida tienes que ir al lugar contrario».

Díaz y McCandless solo comparten al amor a la naturaleza y la pasión por ‘Walden’, el ensayo que Thoreau publicó en 1854 y que ha marcado a tanta gente: Ramiro Pinilla, sin ir más lejos, bautizó ‘Walden’ su casa en el barrio getxotarra de Andra Mari, que construyó con sus propias manos mientras trabajaba de oficinista en la Fabrica del Gas de Bilbao. Asturiano de 52 años, Díaz está felizmente casado, es padre de tres hijos y dirige una empresa dedicada a la construcción y el interiorismo. Vive en Muros de Nalón, justo donde desemboca el río que nace cerca de su cabaña.

«Me enamoré de la montaña desde que iba con mi padrino a los cuatro años», relata este naturalista aficionado. «Es muy rara la semana que no subo. Pasé seis años en Murcia por trabajo. Aquellos años me animaron a comprar la cabaña y a recuperar el tiempo perdido». Todos los viernes asciende hasta este valle recóndito por el que no pasa nadie (hace falta un permiso del Parque para andar por una zona protegida). «No quiero quitarle tiempo a la familia los fines de semana», explica. Aficionado a la fotografía, este experto montañero conoce mejor que nadie las 38.000 hectáreas al sur de Asturias, pobladas de impenetrables hayedos y robledales en los que es posible encontrar osos y urogallos.

‘100 días de soledad’, en los cines desde este viernes, es la crónica de los tres meses que Díaz pasó sin contacto humano cumpliendo un viejo sueño. De septiembre a diciembre, de los rescoldos del verano a las primeras nieves. Sin móvil ni electricidad, armado con cámaras profesionales y GoPro, así como con un dron que aprendió a manejar poco antes de su aventura. En total, 120 kilos de material electrónico entre trípodes y baterías con el que grabó 300 horas de metraje resumido en hora y media de película.

No es una historia de supervivencia. José Díaz no es ‘El renacido’ ni el Jeremiah Johnson que encarnaba Robert Redford. Va perfectamente equipado, con ropa térmica de montaña de última generación. No pasa hambre gracias a la huerta que cultiva, los huevos que le dan sus gallinas y un panal de miel. Es autosuficiente y al final de su experiencia hasta le sobra comida. Para que no se le atrofien las cuerdas vocales habla con Atila, el caballo que le sirve como mula de carga. Hasta puede permitirse el lujo de una ducha diaria tras las caminatas gracias a un manantial. Con el agua a tres grados, eso sí.

El propio José Díaz es director y protagonista.
El propio José Díaz es director y protagonista.

Tampoco ocurren grandes dramas en ‘100 días de soledad’, más allá de que una marta se cuele en el gallinero o de que el dron que filma alucinantes planos aéreos se estrelle. Díaz descendía cada semana a un punto para dejar los discos duros con las grabaciones y las páginas de un diario que se subían a un blog. Recogía las cartas de su familia y la música que su hijo Pablo iba componiendo para la película. «Nunca me lo planteé como un reto», justifica. «En algún artículo han hablado de mí como el ermitaño o el aventurero. Yo solo quería alejarme del tumulto y demostrar cómo una persona normal, con familia e hipoteca, puede parar cien días. Yo no pregunté a mis clientes, me fui sin saber si la empresa iba a subsistir sin mí».

José Díaz luce en su muñeca un sofisticado reloj de montañero, pero asegura no usar móvil en la vida real. Hoy, confiesa, no se encuentra muy a gusto en Madrid. «Me siento mucho más solo en la Gran Vía, con miles de personas que ni te miran, que en la montaña. Porque, si eres prudente, el monte no te suele castigar. ¿Miedo? Es mucho menos arriesgado que vivir en una ciudad». Lo suyo es distinguir los sonidos de un corzo de los de un venado y un rebeco. O experimentar la satisfacción de recoger patatas y beber agua de un arroyo, algo parecido al subidón de los alpinistas cuando coronan la cima.

Viendo ‘100 días de soledad’ no se sabe demasiado de su protagonista, que por pudor apenas habla de sí mismo y muestra de manera fugaz a su familia. «El proyecto tenía que ser sincero, yo soy así», remarca este actor y director a la fuerza, que se sentía «narcisista» grabándose mientras se duchaba. El recuerdo de su hermano Tino, fallecido en 1995, sobrevuela todo el metraje. «Pasé muchos momentos con él en la montaña, fue la persona que más me enseñó. En sus últimos meses de vida no hacía más que explicar que la felicidad no residía en lo que pensábamos. Ese mensaje me cambió la vida».

José Díaz regresó a la civilización el 20 de diciembre de 2015, el día de las elecciones generales que hubo que repetir al no sentar a ningún candidato en la Moncloa. «Nada más bajar dije que nunca repetiría la experiencia. Ahora lo volvería a hacer sin filmar nada». En el libro sobre su odisea editado por Wanda Natura, defiende que nuestro bien más preciado es el tiempo y no las posesiones materiales. En la cabeza de este «mal lector», un párrafo de ‘Walden’ se repite de manera obsesiva: «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver qué era lo que tenían que enseñarme, no fuese que, cuando estuviera por morir, descubriera que no había vivido».

EN BUSCA DE SÍ MISMOS

‘Las aventuras de Jeremiah Johnson’ (1972)
A Robert Redford le gustaba verse como un ‘outsider’ en Hollywood. Nadie mejor que él para encarnar a un desertor de la guerra entre EE UU y México, que decide perderse en las Rocosas para acabar sintiéndose en comunión con la Naturaleza.
‘Hacia rutas salvajes’ (2008)
Sean Penn llevó al cine la vida nómada de Chris McCandless, que tras la lectura compulsiva de Thoreau y Jack London renunció a las posesiones materiales para adentrarse en los bosques de Alaska sin tener ni idea de supervivencia.
‘El renacido’ (2015)
Las obsesiones místicas de Iñárritu cristalizan en la odisea de un cazador de pieles (Leonardo DiCaprio) atacado por un oso y dado por muerto en las tierras salvajes de Dakota. Pocas veces un personaje ha sufrido tantas perrerías.
‘Bajo la piel de lobo’ (2017)
Mario Casas da vida a un hosco trampero en la España rural de los años 30, que ante la sospecha de que se está animalizando decide probar suerte conviviendo con una mujer. La experiencia tampoco le humanizará demasiado.

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