La devastadora 'Morir' noquea el Zinemaldia

Fernando Franco. / EFE

Fernando Franco cuenta la degradación sentimental de una pareja cuando la enfermedad hace su aparición

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUISAN SEBASTIÁN

Fernando Franco saltó al olimpo del cine de autor hace cuatro años en San Sebastián con ‘La herida’, una cinta que lograba poner de los nervios al respetable, incapaz de entender el comportamiento de una conductora de ambulancias que se autolesiona con cuchillas y cigarrillos, consume cocaína y se emborracha, salta en un segundo de la placidez a la agresividad y, en general, hace la vida imposible a los que le rodean. En realidad, el personaje padecía trastorno límite de la personalidad o síndrome ‘borderline’. Franco pegaba la cámara a su rostro y se dejaba de diálogos, música ni muchas explicaciones. ‘La herida’ consagró a una actriz eminente que había trabajado en series como ‘Hospital central’. Marian Álvarez ganó la Concha de Plata, pasaporte para el Goya aquel año como protagonista.

Franco y Álvarez unen sus fuerzas de nuevo con ‘Morir’ y repiten en el Zinemaldia, aunque esta vez fuera de concurso. El título no engaña. Este relato devastador cuenta la descomposición de una pareja cuando la enfermedad hace su aparición. En el arranque del relato él ya padece un tumor cerebral en avanzado estado. Aunque pretende no sufrir en el quirófano y dejar que el mal siga su curso, ella le convence para que se opere. Pero la intervención no da el resultado previsto. ‘Morir’ no transcurre en habitaciones de hospitales, como el grueso de películas sobre el cáncer. Lo interesante es que apuesta por espacios abiertos –las playas del País Vasco- y el hogar de los protagonistas, que atraviesan dos veranos en el lluvioso norte marcados por la enfermedad.

La mirada del director se detiene más en la persona que aparca su vida para cuidar de un ser querido que en el enfermo. ‘Morir’ es una historia de sacrificio, pero también un recordatorio de cómo la enfermedad saca lo peor de nosotros. Andrés Gertrúdix, pareja de Marian Álvarez en la vida real, dota de miedo y derrota a un personaje que oculta que se está muriendo a los demás y se vuelve egoísta y posesivo. Las dudas asaltan a una mujer que se pregunta qué está haciendo con alguien que tiene marcada la fecha final de su calendario. En definitiva, ¿cómo asumimos el duelo antes de que se produzca? ¿cómo seguir viviendo mientras un ser querido se aleja de la vida?

Franco sigue fiel a su estilo austero y radical, pegando la cámara a dos actores que se abren en canal. «No pretendo hacer un tratado sobre una enfermedad, sino mostrar la manera en que se vive», observa el director, que ha tomado como inspiración la novela homónima de Arthur Schnitzler, de la que solo conserva el espíritu y un título anticomercial donde los haya. «Lo sé», consiente. «He tenido libertad total de mis productores y ellos respetan mi trabajo. El título de una película no es solo una herramienta comercial, forma parte de ella. Es un título honesto y una declaración de intenciones, así el público sabe lo que a ver».

‘Morir’ incomoda porque cuenta la degradación de una pareja al tiempo que el tumor va ganando la batalla. El cine acostumbra a tratar estos temas desde el prisma del heroísmo y la superación, pero Franco prefiera apostar por el rigor y la coherencia sin hacer concesiones al morbo. «Yo me documento, investigo», puntualiza. «Hablé con médicos y con gente que ha pasado por situaciones parecidas. No me tiro a la piscina sin más». El rol del cuidador en el cine casi resulta inédito. Y cuando ha aparecido se asocia sin más a la abnegación. ‘Morir’ le dota de complejidad y verdad, enseña las vacilaciones y el pánico que experimentamos cuando acompañamos a los nuestros hacia la muerte. Las grietas que la enfermedad provoca también en el amor. Durísima, intensa y ejemplar, ‘Morir’ hubiera merecido competir por la Concha de Oro.

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