El Zubizuri cumple 20 años: de los resbalones al puente de postal

El Zubizuri cumple 20 años: de los resbalones al puente de postal

Un suelo de patinaje y conflictos con su creador ensombrecieron los primeros días de la obra de Calatrava, que celebra dos décadas convertido en un icono de Bilbao

JULIO ARRIETA

Un proverbio árabe dice que en el desierto siempre hay alguien mirándote. Uno bilbaíno podría decir que en el Zubizuri siempre hay alguien haciendo fotos. Un 'alguien' que a veces suele ser muy numeroso, porque a menudo la pasarela diseñada por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava está repleta de turistas pertrechados con palos de selfie y cámaras. Convertida en uno de los principales atractivos de Bilbao, la construcción acaba de cumplir 20 años y los problemas que dio en sus primeros días parecen haber pasado al olvido.

«Mucha gente no lo recuerda pero esta pasarela no la encargó el Ayuntamiento», explica Ibon Areso, alcalde de Bilbao en 2014 y 2015. Areso entró en el Consistorio con Josu Ortuondo en 1991, pero antes fue director de «la oficina del Plan General, la que creó el Ayuntamiento para redactar el nuevo planeamiento de Bilbao». Entonces hubo un proyecto de un promotor «en el antiguo depósito franco, que acabó en quiebra», y una de cuyas cargas urbanísticas era la construcción de un paso que uniera ambas márgenes de la ría. Esta primera pasarela fue proyectada por Calatrava, pero no llegó a construirse «por aquella quiebra, que más bien fue un desfalco».

La pasarela definitiva llegó con otros promotores, los del edificio del número 23 de Campo de Volantín. «Como carga de urbanización, a los promotores les impusimos hacer la pasarela Zubizuri». «Lo curioso», añade Areso, «es que hubo un cierto rechazo vecinal». Algunos residentes preferían que se levantara un centro sociocultural en aquel solar. Los promotores contactaron con Calatrava, que decidió trazar un nuevo proyecto en vez de limitarse a desempolvar el anterior, «un puente bastante más estrecho que el actual».

La pasarela se presentó a los bilbaínos el 29 de mayo de 1997. Se hizo de una forma algo especial, porque entonces no se podía acceder a Mazarredo desde el puente y el paseo de Uribitarte no existía aún. Así que se abrió solo por un lado, el de Campo de Volantín, y con una primera polémica ya desatada. El problema era el mecanotubo provisional que se había construido para conectar el puente con el Ensanche.

«Ese mecanotubo fue conflictivo porque a Calatrava no le gustó, decía que degradaba su obra», recuerda Areso, entonces concejal de Obras y Servicios. «Le dijimos, 'mira, tu obra está muy bien, el proyecto es muy bueno, pero esto no se ha hecho para poner una escultura sobre la ría, lo hemos hecho para dar un servicio a los ciudadanos'». Hubo una cierta bronca «que se saldó desmontando la parte más próxima al puente para que el equipo de Calatrava pudiera fotografiarlo aislado para sus archivos, exposiciones...». El día de la apertura, con la polémica amansada, Calatrava explicaba a EL CORREO que, por su anchura, el puente se había convertido «en una plaza. Los puentes son conexiones, pero si se les da un carácter pueden ser un sitio para estar».

Al poco de abrirse al paso, Zubizuri empezó a dar problemas mucho más terrenales que los estéticos. «Tuvimos hasta vándalos», señala Areso. «Como diseño es bonito, pero desde el punto de vista de la funcionalidad el puente tenía dos tipos de problemas». Uno era el de las roturas: hubo gente «que a mala baba quebraba las losetas. Y luego estaban las roturas que se daban por los movimientos del puente» o por la dilatación. El tablero tiene encajadas 560 losetas de vidrio que permiten iluminarlo desde abajo, con lo que no necesita farolas. Desde su inauguración hasta 2010 hubo que cambiar 660. El coste de los arreglos ascendía en 2011 a 200.000 euros.

«Por la calle de la amargura»

«Entonces no nos dimos cuenta -apunta Areso-, pero el suelo de vidrio no era adecuado porque en época de heladas, o incluso con la lluvia, se hacía resbaladizo». Para evitar la formación de las placas de hielo, el Ayuntamiento recurrió a la sal. Fue un primer intento de una larga serie de soluciones fallidas.

«Lo de los resbalones nos trajo por la calle de la amargura», rememora José Luis Sabas, edil de Cultura y Turismo desde 1999 hasta 2003 y responsable de Obras y Servicios desde ese año hasta 2015. «Intentamos solucionar aquello de todas las maneras posibles: cambio de vidrios, tratamientos, materiales antideslizantes... Algunos días hasta tuvimos que cerrar el acceso al puente».

«Yo conocía muy bien el problema -añade Sabas-, porque era un camino que usaba para ir a trabajar al Ayuntamiento. Hasta con zapatos de agua ibas inseguro». Al final, se optó por alfombrar el puente. «La solución me la sugirió Javier Riaño, que la vio en Nueva York». El que fuera director de BilbaoArte se había fijado en la alfombra antideslizante de un acceso a una tienda de Apple, cerca de Central Park. «Y parece que funciona. Hay que reponer la alfombra cada dos años, por el desgaste, pero funciona».

Antes, tuvo lugar otro conflicto, esta vez sobre la conexión de Zubizuri con la plaza de la Convivencia. Calatrava había mostrado interés por diseñarla, pero los promotores de las torres Isozaki optaron por el estudio del arquitecto japonés. Así se hizo «y bueno, Calatrava entendió que se habían vulnerado sus derechos de propiedad intelectual, que aquello había afectado a su obra», explica Areso. «Así que inició ese pleito» en febrero de 2007. El arquitecto valenciano pidió una compensación de tres millones. «Es un pesetero del carajo», fue el comentario del alcalde, Iñaki Azkuna. Un puente es «para que lo utilicen los vecinos de Bilbao y los foráneos; para que pasen, no se resbalen y no se den de morros», dijo.

La sentencia fue favorable al Ayuntamiento, pero fue recurrida. La Audiencia Provincial de Bizkaia rectificó el primer dictamen y condenó al Ayuntamiento y a los promotores en marzo de 2009 a pagar 30.000 euros en concepto de indemnización para compensar el daño moral sufrido por el arquitecto, que donó la cantidad a la Casa de la Misericordia. «Me desconcertó que se le diera la razón a Santiago Calatrava», reflexiona Areso. «¿Por qué la integridad de su obra quedaba alterada? ¿Si hubiera hecho él la continuación no quedaba afectada la integridad de la obra de Isozaki?».

Diez años después, aquel pleito solo es un episodio olvidado por los vecinos e ignorado por los turistas, como se puede comprobar fácilmente: «¿Sabe usted lo que pasó con este puente?». «¡Pues claro! Las Wachowski rodaron aquí 'Jupiter Ascending'!». «¿De dónde es usted?». «De Cardiff, en Gales». «Ok».

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