Los vecinos del edificio quemado en Sestao: «Jamás pensé que iba a volver»

El edificio ardiendo./LUIS CALABOR | BORJA AGUDO
El edificio ardiendo. / LUIS CALABOR | BORJA AGUDO

Quince meses después se muestran emocionados al recuperar sus viviendas

HELENA RODRÍGUEZ

El próximo martes se cumplirá un año y tres meses del incendio que afectó al número 80 de la Gran Vía de Sestao. Quince meses desde que aquella mañana, fría y lluviosa en la que los sesenta residentes salieron con lo puesto para escapar de las llamas. Dejaron atrás recuerdos de niñez, de vecindad, de amor, de conversaciones desde los patios interiores y hasta de molestias por el ruido del de arriba. Ilusiones de futuro que quedaron en suspenso cuando los gritos de «¡fuego!» invadieron la escalera. El viernes, aquel caos quedaba un poco más lejos cuando se empezaron a entregar las llaves de los pisos, cuya rehabilitación principal acaba de terminar.

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Había muchas ganas de retomar las vidas dejadas en suspenso por el infortunio. Manuel Caicedo fue el primero en recibir su juego. «Es un momento que esperaba con ansia. ¡Mira mira, pero si tengo hasta los vellos de punta!», anuncia con emoción. Sin tiempo que perder, se marchó hacia su casa. Al abrir la puerta número 31 del tercer piso, las emociones lo embargaron.

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Ante sus ojos, un espacio luminoso, con suelos, ventanas y hasta una distribución nueva. Situado justo debajo del piso en el que se desencadenó el incendio, el que había sido su hogar desde 2006 fue uno de los más afectados. «Siniestro total. No pudimos salvar nada», recordaba. Ahora, su principal preocupación es «montar todo cuanto antes» para trasladarse.

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En los primeros momentos, los afectados fueron alojados en hoteles y casas de familiares. Luego, les trasladaron a pisos del Gobierno vasco. Allí, estuvieron exentos de pagar durante seis meses, pero luego «afrontamos el alquiler y los gastos», detalla Manuel. Lejos de quejarse, agradece al Ayuntamiento, a la Diputación y al Ejecutivo la ayuda. También a las aseguradoras, que «se han esforzado mucho y han respondido», reconoce.

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Era un día de sonrisas y reencuentros entre vecinas. María Augusta Alves ocupa la puerta 15 del primer piso y su hija, Tamara Ruiz, la 25 de la segunda planta. La mujer más veterana regresaba por primera vez al edificio. Echaba la vista arriba e intentaba que las lágrimas no brotasen: «Jamás pensé que iba a poder volver».

Dónde colgar la ropa

Un par de puertas más delante, Aquilino Fernández, de 78 años, llegaba para inspeccionar el hogar que durante media vida había compartido con su madre. Con ella huyó aquel día, pero regresa solo. La mujer falleció hace pocas semanas, con 105 años «y sin poder ver la casa arreglada», lamentaba con mirada resignada.

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Las historias se suceden y los recuerdos brotan. María Augusta pregunta si van a poder colocar otra vez los colgadores de la ropa en el patio. A su lado, Begoña Ruiz contesta resuelta: «¡Hombre, pues claro!». Ella se crió en la puerta 21 del segundo. Allí estaban su padre y dos de sus hermanos el día del siniestro. Salieron con lo puesto y cuando pudieron regresar lo único que se pudo salvar fue «una silla bajita en la que se sentaba mi madre, ya fallecida, y algunas fotos».

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El padre, de 83 años atesoraba en un armario las ropas de su esposa, pero el 12 de marzo lo perdió todo. «Después del incendio decía que no quería volver, pero ahora lo está deseando, aunque no le hemos dicho nada de esto. Cuando pongamos la cocina y su cuarto, le traeremos», cuenta Begoña. Tras cada puerta, había una historia que el viernes volvía a su sitio.

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