Ur-Artea, adiós a treinta años de educación en el tiempo libre

Ur-Artea, adiós a treinta años de educación en el tiempo libre

La asociación Ur-Artea se despide después de tres décadas de trabajo a favor de los niños en el barrio bilbaíno de La Ribera de Deusto-Zorrozaurre

IRATXE LÓPEZ

No es frecuente que una asociación se mantenga activa treinta años, menos aún un grupo de tiempo libre para niños que funciona solo gracias a la labor de voluntarios. Ur-Artea representa uno de esos extraños milagros que salen adelante por convicción y compromiso. Convicción en que educar a través de valores es la base para cambiar el mundo. Compromiso para tratar de convertir ideas imposibles en realidades, atreverse a soñar y creer en palabras como integración, igualdad y comunidad. El 19 de mayo el grupo dirá adiós para siempre con una fiesta abierta, tras haber marcado a varias generaciones de chavales que empezaron como usuarios y acabaron, en muchos casos, tomando el relevo a sus monitores.

Cuando este proyecto nacía en el bilbaíno barrio de La Ribera de Deusto-Zorrozaurre, allá por 1988, arrancaba como alternativa de ocio para hijos de obreros acostumbrados a deambular por callejones repletos de fábricas y talleres. Entonces los niños se divertían de otra manera. Los parques eran extensiones de cemento o gravilla donde hacer rodar la pelota y dejarse un pedazo de piel con cada tropezón. Llegar a casa pidiendo mercromina formaba parte de la niñez, igual que construir casetas en los descampados con materiales sobrantes de aquellas factorías, conquistar territorios que ni industrialización ni civilización reclamaban. Tal vez era más fácil caer y romperse la crisma que ahora pero aquellos chavales recién llegados de la escuela podían salir de casa libres, bocadillo de mortadela en mano, porque sus padres temían menos al lobo feroz.

«La Ribera era una zona con perfil socioeconómico bajo. Sus características demográficas hacían complicada la participación en los recursos de Deusto. Con Ur-Artea no solo se puso en marcha un recurso de dinamización del tiempo libre desde la perspectiva de la educación no formal, también se daba respuesta a necesidades como el apoyo académico y se trabajaba el desarrollo personal integral de cada niño», explica Cristina Sanz, educadora social de 45 años que se unió al equipo de monitores casi al principio.

Desde esos inicios que pretendían ocupar momentos de asueto de manera estructurada, participando en la vida social del barrio, surgieron no solo grupos donde los participantes se reunían semanalmente sino navidades distintas, carnavales repletos de color, ludotecas, excursiones, campamentos… incluso la revitalización de las fiestas. Se organizaban actividades con presencia en la calle para involucrar a niños y adultos con el objetivo de generar una red relacional. «Un club de tiempo libre aporta habilidades para la vida. Los educadores, normalmente jóvenes, animan las actividades basándose en valores que el grupo desea promover. Los niños aprenden a ser, hacer y convivir de la mano de una educación que en muchos colegios ya no se da, creyendo que son familia o sociedad quienes deben aportarla», añade otro antiguo participante, Iker Vázquez, profesor de ESO de 36 años.

Los años pasaban mientras el reloj de arena dejaba fluir sus granos, del pasado al presente. El futuro resultaba, como siempre, incierto pero en La Ribera de Deusto-Zorrozaurre todos tenía un lugar al que aferrarse. «Llegué con cuatro años al barrio y con seis, la edad mínima para entrar, estaba apuntado. No conocía a nadie y a mis padres les gustó el proyecto, sirvió para integrarme», comenta Jon Ruiz, transportista de 26 años que empezó su aventura como chaval y acabó convertido en monitor.

También Iker saboreaba las mieles de ambos estados. Formó parte de aquellos pequeños que corrían entre escombros y acabaron seducidos por Ur-Artea. «Su llegada cambió la manera de relacionarnos. En la vida habría imaginado estar con un grupo de amigos, sin padres ni madres, en una casa rural contando historias, jugando, bailando, haciendo la colada… Era otra forma de crecer y aprender. El objetivo pasaba por crear una nueva comunidad familiar en nuestro entorno y me convenció tanto que necesitaba que otros niños pudieran vivir lo que yo había vivido, me influyó incluso para elegir la profesión de educador».

Una marca

Que la marca del club de tiempo libre se grabó a fuego en ellos queda claro observando el brillo de sus ojos cuando recuerdan aquellos años, la efusividad de sus palabras, la creencia de que ese grupo laico impulsó su desarrollo y el del barrio. «Recuerdo el primer campamento y la primera noche durmiendo en el pórtico de una iglesia. Era mi primer verano de mochila, saco y esterilla. No descansé apenas por la sensación de novedad. Fue el inicio de citas muy intensas que esperabas todo el año», admite Iker. Jon asiente devoto, como quien reza un padrenuestro muchas veces repetido. «Recibías una educación distinta de la de la ikastola o tus padres. Convivías con gente y aprendías el respeto hacia tus compañeros, que debías cocinar y fregar porque nadie lo haría por ti, trabajar en equipo... Esperábamos la hora de irnos a la cama para pintar la cara a los más peques. Recuerdo los pasajes de terror que preparaban los mayores con los monitores, ¡qué currazo y qué miedo! Las salidas al monte, los concursos tontos en los que comprobar quién tenía el pie mas feo, solía ganar Iker por cierto», comenta con sonrisa maliciosa mirando a su compañero antes de exclamar un efusivo «¡Lo que me a dado Ur-Artea que no me lo quite nadie!».

Ahora que todo ha cambiado, que ni la sociedad ni los niños son como antes, el secreto de que una idea impulsada únicamente con ganas perdurara treinta años es sencillo. «Las personas que tomaron el relevo como monitores querían aportar lo que recibieron, pagar una deuda intergeneracional. El apego, el sentimiento de pertenencia al barrio han sido claves. Cuando veía a los chavales jugando disfrazados de indios o cuando trabajábamos en el local y se acercaban para estar con nosotros pensaba, ¡guau, lo hemos conseguido! Dediqué mi tiempo a algo que merecía la pena, ¡haría lo mismo una y mil veces!», valora entre la emoción y la melancolía Cristina.

Tal vez el sábado 19 de mayo el club de tiempo libre Ur-Artea diga adiós como espacio y como asociación registrada en el ayuntamiento. Seguro que el aspecto de La Ribera de Deusto-Zorrozaurre cambiará siguiendo las órdenes de urbanización diseñadas por la arquitecta angloiraquí Zaha Hadid. Lo incuestionable es que muchos de los que vivan en ese nuevo entorno futurista, más los que lo abandonaron porque la vida fluye, reservarán una importante parcela de su memoria y de su corazón a aquel sueño que les facilitó crecer según normas no regladas pero indispensables, las del respeto al otro. «Muchas de las personas con las que colaboré, incluidos los entonces chavales, siguen formando parte de mi vida y siguen aportando risas, afecto y apoyo. Son todavía parte esencial de mí y seguimos quedando», puntualiza Cristina.

De hecho, en el local donde han mantenido tantas reuniones les dejo tras esta entrevista, organizando la fiesta pirata mientras otros que forman parte de esta singular familia van llegando para sumarse a los preparativos. Felices de estar juntos en ese hogar que les pertenece tanto como su propia casa.

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