La universidad del fuego

Un bombero en el campo de enternamiento de Ispaster/MAIKA SALGUERO
Un bombero en el campo de enternamiento de Ispaster / MAIKA SALGUERO

2.500 profesionales se entrenan cada año con las llamas y los escenarios reales del campo que la Diputación tiene en Ispaster

IZASKUN ERRASTI

En una ladera con vistas al municipio de Ispaster raro es el día que no huele a chamusquina. Todo por culpa del fuego que cerca de 200 mañanas al año prende en el campo de entrenamiento que la Diputación abrió en la zona en 1999 para dotar de un lugar donde poder ejercitarse en escenarios reales a su Servicio de Prevención, Extinción de Incendios y Salvamento. Esa emoción la viven ahora, desde mediados de septiembre, los 66 bomberos en prácticas que, previsiblemente, serán nombrados funcionarios de carrera a principios de 2018. Tienen entre 23 y 49 años, lo que arroja una media de edad de casi 34, y proceden mayoritariamente de Bizkaia (56), Álava (6), Gipuzkoa (3) y Navarra (1).

Un curso de formación de 420 horas les separa de un objetivo que tienen más cerca desde hace un año, cuando superaron entre 700 aspirantes la primera prueba de la mayor OPE convocada en la última década, un examen con un centenar de preguntas de tipo test que les abrió la puerta a otros cuatro ejercicios: el físico, con circuitos, natación y cargas de hasta 80 kilos; el psicotécnico; otro teórico, con cuestiones de física, química, cartografía, mecánica y anatomía; y el final para el perfil lingüístico. Les queda aprobar los cinco bloques que componen el programa de formación: operaciones de salvamento, control y extinción de incendios, riesgos toxicológicos y naturales, uso de recursos operativos y desempeño profesional.

La jornada en el campo de Ispaster arranca a las nueve de la mañana y se prolonga hasta las tres de tarde. Y los aspirantes «acaban fundidos». Después de 34 años «metido en esto», bien lo sabe Javier Elorza, del departamento de Prevención del parque foral de Urioste, que esta semana seguía como instructor las evoluciones de uno de los dos grupos de bomberos que realizan el curso. «El perfil ha cambiado mucho. Son chicos listos. Aquí no van a caer», auguraba, al tiempo que los alumnos se equipaban para adentrarse en una montaña de contenedores modulares de tres pisos de altura inundada de humo. Un espacio ideal para simular un incendio de vivienda, de garaje o incluso un fuego industrial.

Líquidos, gases y gasolinera

La guía de escenarios no acaba ahí, porque el recinto dispone también de una zona de cubetas de líquidos inflamables, llaves de gas y hasta una suerte de gasolinera. «Es uno de los pocos campos del norte donde se entrena con fuego real», apunta Óscar Bascones, subinspector de Bomberos. Y así, subraya, los aprendices pueden «experimentar por primera vez» la presión del calor, del humo, e interiorizar pautas como «que el verduguillo te tape bien la piel, que no se te mojen los guantes ni se te olvide puesto un anillo, porque te puedes quemar».

Después de completar uno de los ejercicios de ventilación, los alumnos se dirigen al ‘aula sucia’, el lugar donde sin haberse librado del hollín y la porquería reciben la evaluación del instructor. Lander Moya, un joven de Basauri de 39 años, es uno de los aprendices de bombero que realiza el curso: en su caso, quiere integrarse en la bolsa de trabajo que tiene la Diputación para atender las necesidades del Cuerpo por bajas, vacaciones... Lo suyo, dice, era «vocacional», pero no se había dado cuenta «hasta probarlo». «Me gusta todo, no sólo ayudar a la gente. El ambiente, el compañerismo...». Lo de no poder optar aún a la plaza lo lleva «con filosofía», porque la competencia es «brutal. Aquí hay unos tíos que son la leche físicamente y hasta doctores en Matemáticas. Hay que perseverar».

Jugar a las 'casitas'

Mientras, el otro grupo se prepara para jugar a ‘las casitas’. ¿Cómo? Con una pequeña construcción de conglomerado en la que se simula un fuego en un piso para ver «cómo varía según la ventilación», explica Carlos Corral, cabo del parque de Basauri que desde hace 15 años forma parte del equipo de instructores. Una veintena de profesionales que, de esta forma, «pueden incorporar lo que pasa en su día a día a la formación, lo que supone un puntito más respecto a un externo», destaca Bascones.

En el campo de Ispaster, ocho monitores atienden a los 24 alumnos que se ejercitan por turno, «uno para cada tres, un ratio muy alto, porque hay que crear sensaciones muy reales, pero garantizando la seguridad», valora Íñigo Aldasoro, instructor de Sueskola, fundación a la que la institución foral cedió en régimen de alquiler las instalaciones para ofrecer un servicio a las empresas de Bizkaia y formar también a sus trabajadores en extinción de incendios. Así, la actividad no cesa en el parque, que permanece abierto 219 días al año para que unas 2.500 personas, incluidos los propios Bomberos de la Diputación, hagan su puesta a punto. El fuego está servido.

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