Trío de reyes

Trío de reyes
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Ayer los Reyes Magos recorrieron la Gran Vía de Bilbao. Lo hicieron bajo la lluvia, imponiéndose a la meteorología, demostrando que, como en el poema de Eliot, no les arredra el «clima cortante». ¿Alguien duda de que es grande su poder? El año pasado triunfaron del mismo modo frente a un enemigo mucho más temible que el fiero temporal: un Athletic-Barça en San Mamés.

Como es tradición, la víspera de la cabalgata los Reyes visitaron el Arriaga, fueron recibidos por la concejal de Fiestas, atendieron a la prensa. No será un momento fácil para ellos. Los Magos reconocen al niño que cada adulto sepulta en su interior y, frente a políticos y periodistas, piensan sin duda que en su momento, con más carbón, podrían haberse reconducido algunas vocaciones.

Aun así, Gaspar incluyó en su discurso del Arriaga extrañas referencias. Felicitó a Bilbao por el premio de mejor ciudad europea del año 2018 e hizo apelaciones a la «ciudad de valores» que promueve el gobierno Aburto. Pocos días más incompatibles con el análisis político que el de hoy, un día feliz al fin y al cabo, pero díganme: ¿cómo no va tener influencia el PNV en Madrid si la tiene, como se ve, entre los sabios zoroástricos de Babilonia?

El poder de los Reyes Magos también se mide por lo bien que soportan esta clase de choques contra la realidad. Lo hacen de un modo aristocrático y tajante. Como si nada. Al final, como se ha comprobado esta noche en cada casa, no tienen la menor importancia las ‘drag queens’, ni las apelaciones municipales, ni esas veces en que Gaspar (de los dos que no son Baltasar y apenas molan, el que no tiene el pelo castaño) se parece mucho al farmacéutico del pueblo. Los Reyes y su magia quedan por encima de todo. Lo explicaron ellos mismos en aquel poema de Chesterton: «Aprendimos de jóvenes / a resolver oscuros acertijos / y los tres conocemos / la antigua tradición del laberinto. / Somos los Reyes Magos de otros tiempos / y excepto la verdad sabemos todo».

Ayer, tras la cabalgata, Baltasar y compañía recibieron a los niños en el Ayuntamiento. Es uno de mis momentos favoritos. Entre otras cosas, porque las joyas refulgentes, las túnicas barrocas y los tocados orientalizantes de los Reyes funcionan en el Salón Árabe como perfectos uniformes de camuflaje.

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