«Preferían morir ahogados antes que volver a Libia»

Iñigo Mijangos, Jon Garcia e Iñigo Gutierrez a su llegada al aeropuerto de Loiu./Manu Cecilio
Iñigo Mijangos, Jon Garcia e Iñigo Gutierrez a su llegada al aeropuerto de Loiu. / Manu Cecilio

Tres vascos relatan el rescate de 300 refugiados en aguas del Mediterráneo y denuncian los «constantes obstáculos de la Unión Europea»

MARTÍN IBARROLA

Si el operativo de socorro hubiese tardado un par de horas más, 200 vidas habrían desaparecido silenciosamente en las aguas del Mediterráneo. Así lo relataban el bermeotarra Jon García Andonegi, el bilbaíno Iñigo Mijangos y el donostiarra Iñigo Gutiérrez, que a primera hora de este martes fueron recibidos en el aeropuerto de Loiu por miembros de la plataforma ciudadana Ongi Etorri Errefuxiatuak. Los tres voluntarios vascos volvían de la misión de rescate marítimo Maydayterraneo-Proyecto AitaMari en la costa de Libia, un país sumido en el caos desde el desmoronamiento del régimen de Muamar el Gadafi en 2011.

Navegaron diez días a bordo de un antiguo buque oceanográfico escocés, aunque las inclemencias del viento norte únicamente les permitieron realizar labores de rescate durante un día. Trabajaron de nueve de la mañana a nueve de la noche, tiempo suficiente para salvar a más de 300 personas. La tripulación, compuesta por la ONG alemana Lifeline, los voluntarios sevillanos de Proem Aid y los miembros vascos de Salvamento Marítimo, habían acudido allí costeándose el viaje con el dinero de su propio bolsillo. «La Unión Europea está obstaculizando las misiones humanitarias de esta zona. Es evidente y vergonzoso que no quieren testigos de lo que está ocurriendo. Los barcos se hunden a diario en alta mar, abandonados a su suerte».

Entre los tres marinos compusieron un relato del drama que vivieron el 26 de septiembre, a veinte millas de distancia del puerto de Trípoli. Primero divisaron dos embarcaciones de madera con medio centenar de pasajeros cada una. «A pesar de estar a unos pocos metros, no podíamos actuar hasta recibir luz verde del centro de coordinación de Roma, desde donde gestionan los rescates marítimos de la región. Era frustrante». Los dos vizcaínos permanecieron a la espera mientras el donostiarra patrullaba los alrededores en una lancha a la que llamaban ‘Sara’. «Justo cuando nos ordenaron ayudarles, aparecieron dos guardacostas libios que dispararon al aire y subieron a bordo. Querían obligarnos a devolver a los refugiados a su país. Ellos se apelotonaron en la cubierta. Sus caras eran de auténtico terror, les tenían pánico». Los vizcaínos describen cómo la tripulación se enfrentó a los dos oficiales, alegando estar en aguas internacionales. «Fueron momentos de mucha tensión. Lo suyo era prácticamente un acto de piratería. Al final cedieron y nos dejaron tranquilos».

Mientras, el marino guipuzcoano informaba de un descubrimiento desolador. Un bote de goma a punto de hundirse portaba alrededor de 200 subsaharianos a cuatro millas de distancia. A pesar de que la lancha del socorrista había pinchado y la patera improvisada se encontraba en sus últimas, aún no podían recibir ayuda sin levantar sospechas de las patrullas libias. «Tuvimos que esperar dos horas agónicas. De haber tardado un poco más, se habrían ahogado allí mismo».

«Auténtico terror»

El buque que debía transportarlos a un centro de acogida en Italia tenía desplegada una bandera de Libia. Era una mera cuestión diplomática, pero los rescatados pensaron que los iban a devolver a a su país. Algunos saltaron al agua a pesar de no saber nadar. «Preferían morir ahogados que volver», lamenta Gutiérrez. Una de las mujeres aseguro con una determinación aterradora que si volvía se suicidaría. Otro hombre relató que los traficantes que se dedican a evacuar a los refugiados por el mar habían matado a su hermano «porque estaba muy cansado y entorpecía la huida».

Portavoces de Ongi Etorri Errefuxiatuak consideran que el esfuerzo de estos tres vascos supera cualquiera de las medidas adoptadas por los gobiernos europeos. «No es creíble que no haya dispositivos para localizar las embarcaciones, impedir los naufragios y salvar sus vidas. No son unos pobrecitos refugiados, son sujetos políticos y de derechos, como nosotros». En los últimos meses la flota que patrulla la costa de Libia se ha visto radicalmente mermada a seis buques. Después de que los barcos de la UE se retiraran de esta región marítima, solo las ONGs particulares siguen buscando con prismáticos a los náufragos del mediterráneo.

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