Tres años sin carné y 2.700 euros a un conductor ebrio por arrollar a dos ciclistas

Álvaro y Peter, poco después de sufrir el atropello./Maite Bartolomé
Álvaro y Peter, poco después de sufrir el atropello. / Maite Bartolomé

Circulaban en paralelo por la carretera de Gernika a Mungia cuando el automovilista realizó un adelantamiento «prohibido» y les derribó

Ainhoa De las Heras
AINHOA DE LAS HERAS

«Al principio, pasé bastante miedo. Tenía la sensación de que el asfalto era de pinchos». Peter Meso y su amigo Álvaro Magallares han quedado esta pasada semana para andar juntos en bici, como siempre, aunque durante meses no pudieron hacerlo. Estaban magullados y conmocionados. Un conductor ebrio les arrolló cuando hacían una ruta entre Getxo y Gernika, y les causó serias heridas y un trauma del que poco a poco van saliendo.

El Juzgado de lo Penal número 3 de Bilbao acaba de condenar al automovilista a una multa de 2.700 euros por un delito contra la seguridad del tráfico por conducir bajo la influencia del alcohol, en concurso con dos delitos de lesiones por imprudencia grave. Además, la jueza le prohíbe conducir por un período de tres años. La sentencia es firme al inadmitir la Audiencia vizcaína un recurso del conductor.

El atropello se produjo sobre las 18.30 horas del día 4 de junio de 2015 en la carretera Bi-2120, en dirección hacia Mungia-Plentzia, en sentido ascendente. J.I.M.S., de 65 años, conducía un ‘Citroën Capture’ negro «bajo la previa ingesta de bebidas alcohólicas que disminuían notablemente sus facultades psico-físicas». En un tramo recto, realizó una maniobra de adelantamiento a dos cliclistas «que circulaban correctamente», en paralelo, impactando lateralmente contra uno de ellos, lo que provocó la caída de ambos al suelo».

«Salí disparado, salté por encima de la valla y lo siguiente que recuerdo es estar tumbado boca arriba con dolores terribles en el hombro, la cadera y la muñeca», explicaba Peter poco después del siniestro. «Tengo restos del asfalto en el codo», decía. Tuvo que impedir que el causante abandonara el lugar del accidente como pretendía hasta que llegara la Ertzaintza.

Los agentes de la Unidad de Tráfico de la Policía autonómica somerieton al conductor al test de alcoholemia y éste arrojó un resultado positivo de 0,45 miligramos de alcohol por litro de aire espirado. Además, presentaba otros síntomas como «olor a alcohol». Álvaro fue el peor parado. Sufrió traumatismo craneoencefálico, fractura de clavícula, esguince de muñeca y erosiones, entre otras lesiones. «Aún lleva una placa de titanio en el hombro, estuvo hospitalizado, pasó por el quirófano y tuvo que hacer rehabilitación. Estuvo meses muy fastidiado», recuerda su amigo. Él también presentaba traumatismo craneal leve, policontusiones y erosiones, de las que tardó en curar 21 días. La compañía de seguros del vehículo les indemnizó por las lesiones y las secuelas con 14.600 y 4.000 euros, respectivamente, por lo que en el juicio renunciaron a reclamar responsabilidad civil.

La Ertzaintza sometió al automovilista a la prueba de alcoholemia y arrojó una tasa positiva de 0,45

Los arcenes, un lujo

El acusado no asumió los hechos y su defensa pidió la libre absolución. En opinión de la jueza, sin embargo, «realizó un adelantamiento peligroso e incorrecto, decidiendo volver a su carril sin llegar a finalizar dicha maniobra, momento en que no se apercibió con suficiente antelación de que tenía a dos ciclistas a su derecha». La magistrada atribuye su «falta de adecuada capacidad de percepción» a la «influencia alcohólica» y a las «condiciones psicosomáticas limitadas que genereraron un riesgo». Aunque «no ha quedado acreditado» que la velocidad fuera «excesiva», lo cierto es que «no pudo dominar el vehículo», adelantando «de forma temeraria en un lugar prohibido».

Por el estado de embriaguez del acusado, la prueba de alcoholemia positiva y el resultado lesivo producido, la jueza le impone una multa de quince meses con una cuota diaria de seis euros, además de la privación del derecho a conducir vehículos a motor y ciclomotores durante tres años.

«Estamos satisfechos», admiten los ciclistas. Han seguido pedaleando y no hay día que no se lleven un «susto». Ahora, en lugar de circular en paralelo como hacían antes porque pensaban que era «más seguro» y la ley lo permite, se colocan «de uno en uno y lo más pegados posible al arcén, cuando hay... porque en Bizkaia los arcenes son un lujo». Como en el tramo que casi les cuesta la vida.

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