TRANSIBERIANO

Un Alvia entre Bilbao y Barcelona se queda atrapado en la nieve

TRANSIBERIANO
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Antes los viajes de aventura tenían que ver con ir al Himalaya o a la sabana africana, con acampar en el desierto y adentrarse en las selvas para convivir con tribus que nunca habían visto un hombre blanco. Todo eso pasó. Esos viajes ya no son de aventura. En el Himalaya hay grupos organizados que suben al Everest en ‘segway’. Y en la selva lo primero que te da el chamán son los folletos con extras que merecen la pena y están fuera de lo que tienes reservado: tatuaje tribal, bufé libre de ayahuasca, excursiones con rafting y canibalismo.

Para conocer lo que es vivir de veras al filo de lo imposible, hoy hay que tener suerte y estar en el punto exacto en el que el mal tiempo confluye drásticamente con la red viaria y los transportes de España, ese país cuyo clima tampoco es el del Extremo Oriente ruso.

Y sin embargo uno aquí puede quedarse atrapado en el Transiberiano, rodeado por la nieve y rezando para que lleguen pronto los trineos desde el hospital de Gorelovo, como en aquella novela de Bulgakov.

Les sucedió ayer a los cincuenta pasajeros de un Alvia que salió a primera hora de Abando con destino a Barcelona. Pasado Orduña, el tren se paró. La nieve había tumbado un árbol sobre la catenaria. No había energía. Entre los pasajeros habría quien prefirió viajar en tren al desconfiar de las carreteras con mal tiempo. Pues menos mal. Los viajeros del Alvia estuvieron horas en el tren, sin calefacción, viendo Siberia por las ventanillas. Hasta que se optó por sacarlos de allí por las bravas y comenzaron a llegar todoterrenos de la DYA. Los rescatadores dijeron que el acceso hasta el tren les resultó «infernal».

Los pasajeros, que terminaron llegando a Barcelona en autobús, explicaron por su parte que la avería y la espera les dieron un gran susto, además de ocasionarles variados perjuicios. Fíjense, esto me parece mal. A ver cuándo alguien, tras pasar la noche atrapado en una autopista o en un tren, rodeado de nieve, ventisca y abandono, dice la verdad: «Yo me iba a Barcelona muerto del asco, sin tener nada que hacer allí, pensando que llevo una vida gris. Sin embargo, la adrenalina de la emergencia, la tardanza del rescate y la perspectiva de morir congelado en Inoso, Álava, me han devuelto el ánimo y las ganas de vivir. Muchas gracias, Renfe, por las emociones fuertes».

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