La Supersur iniciará a final de año su asalto a la AP-68

Área de peaje de Peñascal, donde espera la caverna desde la que se acometerá la reanudación de los trabajos./IGNACIO PÉREZ
Área de peaje de Peñascal, donde espera la caverna desde la que se acometerá la reanudación de los trabajos. / IGNACIO PÉREZ

La Diputación retoma la carretera que dejó inacabada en 2011 para aliviar la A-8 y mejorar el enlace con la Meseta. El primer gran desafío que aborda tras la crisis costará 200 millones

Sergio García
SERGIO GARCÍA

La Variante Sur Metropolitana, la autopista de pago que circunvala Bilbao y cuya primera fase vio la luz en septiembre de 2011, retomará su compleja singladura antes de fin de año, según ha podido saber este periódico. La infraestructura es vital para descongestionar los tráficos que confluyen en la capital vizcaína, en especial ahora que el final de la crisis ha puesto en circulación casi 12.000 vehículos más al día que hace dos años.

La autopista, que persigue desviar el transporte pesado y mejorar la conexión con la Meseta, volverá a ser un hervidero de obras dentro de unos siete meses, una vez que la Administración foral licite el proyecto el próximo abril y transcurran los cuatro meses preceptivos para presentar las ofertas. Una vez estudiadas las plicas y adjudicado el proyecto, habrá un mes de plazo para presentar alegaciones y dos semanas para iniciar las obras. Arrancará entonces un periodo de 38 meses frenéticos; el frente de obra en la caverna ubicada junto a los peajes de Peñascal, a la espera desde hace años de esa tropa pertrechada de picos, palas y barrenos. Y las máquinas, decenas de ellas, que horadarán las laderas del Pagasarri por donde discurrirá soterrada esta carretera inacabada, que será una realidad antes de 2022.

¿Significa esto que la variante absorberá toda la atención de la Diputación? Parece que no. La institución foral ha mostrado su intención de mirar más allá y ahora que ha aumentado la recaudación y empieza a vislumbrar un escenario económico más amable tiene previsto activar su otro gran proyecto, el ‘gemelo’ del puente de Rontegi, que deberá dar muchas vueltas en los despachos antes de plantearse la posibilidad de abordarlo con garantías. Eso por no hablar del encaje de bolillos al que obliga el techo de gasto público pactado con Bruselas.

La Diputación no pierde tampoco de vista el ‘gemelo’ de Rontegi, que entra en la fase de estudio

La segunda fase de la Variante Sur será la primera gran infraestructura que afronta la Diputación tras la salida de la crisis económica. No cabe duda de que lo es. Conectará el barrio bilbaíno de Peñascal con Arrigorriaga, a la altura de la depuradora que el Consorcio de Aguas tiene en Venta Alta, a lo largo de 4,2 kilómetros de gran complejidad. Discurrirá casi en su totalidad por túneles, con la salvedad del barranco que alberga el conocido arroyo Bolintxu, una vaguada de gran valor ecológico situada a sólo media hora a pie del barrio de La Peña. Una obra hercúlea que exigirá la extracción de 1.760.000 metros cúbicos de tierras y que cuenta con el visto bueno del Consejo de Gobierno de la Diputación desde febrero de 2013. Salvar el prístino arroyo no será, sin embargo, el único hito de la carretera por construir. Discurrirá soterrada gracias a los túneles de Arnotegi y Seberetxe, e incluirá nueve estructuras singulares, entre ellas un paso elevado sobre la AP-68. Un desafío de órdago.

Un puente de 174 metros y sin pilares, obra de Javier Manterola, sobrevolará el valle del arroyo Bolintxu

La cinta de asfalto se abrirá paso por la roca pelada de las faldas del ‘Paga’ desde la caverna ya excavada en San Justo, lista para cuando se retome el tajo, y su ejecución costará la friolera de 200 millones de euros, 33 más que los barajados hace siete años. La Diputación ya avanzó en marzo de 2013 que revisaría el coste de unir la Supersur con la AP-68 y el número de potenciales usuarios, se supone que para huir de triunfalismos y no incurrir en los resultados discretos que han caracterizado siempre a la primera fase de esta vía -17,8 kilómetros, ocho de ellos soterrados-, que exigió una inversión de 900 millones de euros, el proyecto más caro acometido hasta entonces por las arcas forales.

Salto al vacío

Si hay un punto especialmente delicado en el trazado por acometer, conocido como ‘Fase 1-b’, hay que buscarlo en el arroyo del Bolintxu. Para resolver ese salto en el vacío la Diputación manejaba dos opciones, ambas gestadas en el despacho de Javier Manterola, autor también del puente Euskalduna y de dos de los viaductos claves en la Supersur ya ejecutada, el que sobrevuela el Cadagua y el de Gorostiza. La fórmula finalmente escogida guarda muchas similitudes con este último puente, más sencillo y más barato de ejecutar que la otra opción, un tubo que iba a aislar por completo el ruido del tráfico.

En su contexto

38
meses es el plazo que baraja la Diputación para la ejecución de las obras. El proyecto se licitará en abril y pasarán cuatro meses hasta que se presenten todas las propuestas. Después de que los técnicos estudien las plicas, habrá un mes de plazo para presentar alegaciones y casi de inmediato arrancarán los trabajos.
4,2
kilómetros es la distancia que separa la caverna abierta ya en Peñascal de las inmediaciones de la depuradora de Venta Alta, en Arrigorriaga, por donde asomará la carretera antes de unirse a la AP-68. Será necesario remover 1,7 millones de metros cúbicos de tierra y rocas.
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La recuperación permitirá retomar la carretera siete años después de que se inaugurará la primera fase. 200 millones de euros es el precio del que se parte para acometer un proyecto sensible a los vaivenes económicos.
El desafío del Blintxu
El valor ecológico del valle que atraviesa este arroyo de montaña, rodeado de un bosque de ribera con especies autóctonas, ha obligado a la Diputación a extremar las medidas para eliminar el impacto visual y reducir el sonoro todo lo posible.

Sea como fuere, la Diputación se ha propuesto «preservar» el valor ecológico del enclave. A este respecto, puso dos condiciones a Manterola, Premio Nacional de Ingeniería: eliminar el impacto visual y reducir el sonoro «todo lo posible». Con este fin, Interbiak, la sociedad foral encargada de construir la infraestructura se mostró dispuesta a renunciar a la colocación de pilares en la plataforma, de manera que se minimizara la afección sobre una zona de indudable valor paisajístico, donde, además del arroyo que le da nombre, existe un bosque de ribera con especies autóctonas.

El techo de gasto que dificulta acometer grandes proyectos

La Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera supone un freno a la hora de acometer cualquier inversión, no digamos ya un proyecto mastodóntico como la Supersur. No basta con que a la Diputación le vaya bien con la recaudación. La Hacienda vizcaína ingresó 7.500 millones en 2017, el 11,7% más que el año anterior, un récord histórico. Pero el exceso no se puede gastar alegremente, por muy justificadas que estén las necesidades de las administraciones, desde los ayuntamientos hasta el Gobierno central. La norma española, impuesta por Bruselas, establece que el aumento del gasto no puede exceder la tasa de crecimiento del PIB español, que marca el Ministerio de Economía.

Y eso que Bolintxu dejó hace ya tiempo de ser un paraje virgen. El futuro viaducto deberá levantarse a no menos de 80 metros de una conducción de agua del Consorcio, que abastece Bilbao desde el sistema del Zadorra. Discurrirá a lo largo de 174 metros y alcanzará una altura de 40, veinte más que la tubería que garantiza el suministro a la capital.

Un enlace más atractivo

La recesión no ha impedido que durante este tiempo la Administración tramitara el proyecto, de manera que todo esté listo para cuando se dé el pistoletazo de salida. «El proyecto nunca ha estado en un cajón, pero las prioridades actuales son las que son y el dinero no da para todo», reconocía el juntero jeltzale Edorta Rodrigo allá por 2013. Su apreciación cobraba especial valor en los albores de la Supersur, cuando se esperaba que la infraestructura anunciada a bombo y platillo absorbiera una media de 24.000 vehículos diarios -en la actualidad apenas 14.153 optan por esta vía, dos mil de ellos transportes pesados- y obtener 12 millones de euros por el cobro de peajes (el primer año apenas se lograron cinco millones, cantidad por debajo incluso del coste de mantenimiento, que rondaba los ocho).

En este contexto se inscriben los intentos de la Diputación por hacer más atractivo este vial, que todavía hoy, siete años después de su inauguración, es mirado de reojo por muchos usuarios, aunque su utilización crece año tras año. El último es la propuesta lanzada en Juntas para subir el límite de velocidad a los 120 kilómetros por hora y así «ganar usuarios» (en mayo de 2012 el máximo permitido ya había aumentado de 80 a 100 kms./hora). El intento, no obstante, se ha descartado prácticamente de salida, tras constatar los expertos que el trazado, mayormente soterrado, «no da margen para circular más rápido sin menoscabo de la seguridad».

En cualquiera de los casos, todo parece apuntar a que la ambición y altura de miras de los ideólogos del proyecto deberá moderarse. Los planes originales contemplaban inicialmente extender la Supersur hasta Amorebieta, de manera que el trazado continuara de Venta Alta a Arriaga, para desde allí cruzar el entorno de Galdakao y llegar hasta el Duranguesado. Si algo ha dejado claro el escenario económico de los últimos años es que se impone ir paso a paso, que las cuentas se llevan mal con la ciencia ficción.

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