«Sólo pensaba que no sé nadar. Tengo pánico al agua»

El bar Etxeko, donde han estado limpiando hasta las cuatro de la madrugada, aún presenta la huella del agua y el barro. / Ignacio Pérez

El miedo ha dado paso hoy a las fregonas. Los vecinos de Muxika recuerdan la pesadilla vivida ayer mientras se afanan en arreglar los destrozos que ha hecho el agua, que también han afectado a zonas de Gernika

OLATZ HERNÁNDEZ / SOLANGE VÁZQUEZ

Los vecinos de Muxika afectados por la tromba de agua que ayer convirtió la zona de Kurtzero en «un mar» en cuestión de minutos, se afanan hoy en borrar las huellas del agua, que se irán más rápido que el mal rato que pasaron. Todos indican que lo extraordinario de este episodio, que hoy tratan de dejar atrás fregona en mano, es la rapidez con que se desencadenó: todo estaba aparentemente normal hasta que la enorme balsa formada en la zona se desbordó y el agua entró en casas y negocios, poniendo en serios aprietos a la gente. Afortunadamente, lo peor pasó pronto y para las diez y media de la noche, unas tres horas después del inicio de la pesadilla, ya se vieron fuera de peligro. Hoy, residentes y trabajadores de la zona cuentan cómo vivieron esos difíciles momentos mientras limpian, esperan a la grúa para que se lleve sus vehículos o miran con recelo el río Oka, por donde han visto pasar algunas reses muertas. Un recordatorio de que la fuerza del agua puede hacer estragos.

Marisol López. Subió al primer piso de su casa para escapar «No queríamos salir de casa por miedo a que el agua subiese más»

«Estábamos sentados en el sofá, oímos un ruido y en cuestión de cinco minutos se había inundado todo». Marisol López, una de las afectadas por las inundaciones de Muxica, en la zona de Kurtzero, recita esta secuencia todavía con un aire de incredulidad, como si le hubiese pasado a otro. Hoy se ha despertado todavía con el susto en el cuerpo: «Solo hemos dormido a ratos». Tal y como relata, cuando la tromba de agua descargó a última hora de la tarde sobre la localidad, solo tuvieron tiempo de coger a su perro, 'Sally', y agarrar un cartón de leche antes de ponerse a salvo en el piso de arriba de la casa, que hoy está invadida por el barro.

Su marido también sacó el coche del garaje -afortunadamente, porque está totalmenete inundado- y 'rescató' el televisor. «Nos entró el pánico. Desde la ventana, veíamos cómo llovía, cómo sacaban coches flotando, buscaban una furgoneta hundida que no aparecía, había bomberos con una lancha de goma... y no queríamos salir por miedo a que el agua subiese más». El matrimonio se sintió atrapado y, como ocurre cuando la desesperación empieza a desplazar a la serenidad, empezaron a elucubrar horrores. «Yo sólo pensaba que no sé nadar. Tengo pánico al agua. Y para salir, pues tenemos un tragaluz en el techo... ¡Pero por ahí sólo cabe un niño!», explica Marisol. La mujer cuenta cómo cortaron la luz y se apañaron con la del móvil. Afortunadamente, enseguida mejoró la situación y ya se vieron fuera de peligro.

Hoy, el día después del gran susto, es momento de alegrarse de que no haya habido daños personales... y de limpiar y evaluar los daños. «Nos ha despertado el olor a barro. Hemos empezado a mirar y había un bote de pintura del txoko en el salón. Y el suelo está... habrá que levantar la madera. Si nos pagan todo, ni tan mal. Luego está todo lo que teníamos en el txoko, arcones grandes, patines, armarios, bicletas», enumera Marisol, que, a la vista del desastre, toma una decisión, esa que zanja casi cualquier momento delicado: «Vamos a comer donde ama».

Missi Alves, miedo en el Bar Etxeko «El agua entró imparable: se ha llevado hasta neveras»

«Dejé el bar bien y en una hora el agua llegaba hasta la cintura», señala Missi Alves, del bar Etxeko, en Muxika. Para cuando les avisaron de que se estaba desbordando el río, el agua ya entraba en el local y era imparable... «Pusimos trapos y mesas en la puerta, pero venía con mucha fuerza, entró imparable. Hasta se ha llevado las neveras». Missi, de origen brasileño, pasó mucho miedo. La inundación la pilló en la zona de la cocina y cuando se dio cuenta ya no podía acceder a la parte de bar, donde estaban los camareros, que tuvieron que salir por la ventana. Estaba atrapada. «Lo que he vivido no me lo quita nadie. Se me ha quedado en la cabeza», indica la mujer, que ha estado limpiando los estragos del agua hasta las cuatro de la mañana. Por eso hoy el negocio ha amanecido bastante más presentable de lo que estaba ayer. Aunque nadie lo diría, porque está devastado. Pero el trabajo fue lo menos malo de una noche de locos, donde el temor también lo inundó todo. «Pasamos mucha desesperación, no se podía salir. Y luego, ver cómo estaba todo por ahí volcado... hasta una de nevera 100 kilos. Nunca he visto nada así», asegura Missi.

Leopoldo Ladrón de Guevara, intentando salvar los trastos en la farmacia «Empecé a subir cosas en las estanterías para salvarlas»

Leopoldo Ladrón de Guevara estaba en su farmacia cuando vio que entraba algo de agua, «como medio centímetro». Empezó a sacarla con un cepillo, luego a baldear. El problema iba a más y su aplomo inicial dio paso a una actividad frenética, porque en muy pocos minutos el agua ya le llegaba a la entrepierna. Entonces, visto lo que se avencinaba, optó por «empezar a subir cosas a las estanterías para salvarlas» y poner una madera en la puerta amodo de dique... que no aguantó mucho. Cuando cedió, el poder del agua «movió hasta una nevera».

Leopoldo tuvo que resignarse a ver que todo estaba fuera de sus sitio, revuelto, una de las peores pesadillas de un farmacéutico. Hasta había bomberos pasando en barca por delante de la farmacia. Hoy es día de devolver la normalidad a su negocio y de hacer inventario. «Hemos conseguido salvar los ordenadores, iremos haciendo un listado pero hay cosas destrozadas, documentación bajo el agua, alguna, de temas de Hacienda... no podremos abrir hasta dentro de dos o tres semanas», comenta con aire cansado.

Saioa Badiola e Iratxe Bilbao, esperando a la grúa y alojando gente «Si nos llevamos a meter en el garaje a salvar algo, allí nos quedamos»

«Me he encontrado el coche con las ventanillas bajadas, la puerta no abre y no me atrevo a arrancarlo». Así estaba a primera hora de esta mañana Saioa Badiola, dando explicaciones de por qué esperaba junto a su vehículo, aparcado en una zona frente a la farmacia donde los vecinos que cogen el tren a Bilbao suelen dejar sus turismos. Lo lleva con resignación. Una vecina del barrio, Iratxe Bilbao, no puede quitarse de la cabeza las escenas que vio ayer: «Vimos a un chico intentando cruzar agarrado a un árbol y el agua le estaba arrastrando. Le gritamos para que subiera a casa. Ese fue el momento en el que pasé miedo», relata Iratxe, que cuenta la ajetreada noche que pasaron en su casa, con huéspedes imprevistos, entre ellos, una amiga de sus hijos que se quedó a dormir, dada la situación, «y un señor y el barman del Etxeko, que los hemos tenido cenando caldo en casa». Para los niños, según apunta, ha sido «una cosa curiosa, una aventura». Aunque ella, viendo su garaje totalmente anegado -hoy todos los de la zona son como enormes depósitos de agua-, se da cuenta de que no fue ninguna broma: «Si nos llevamos a meter en el garaje a salvar algo, allí nos quedamos».

Destrozos también en Gernika «Esto es una desgracia. Va para largo»

Uno de los locales más afectados en Gernika, en la zona de Goiko Ibarra, es la tienda Basitronic, de material para hostelería. La ola provocada por un camión al pasar le rompió la puerta y el agua entró hasta el almacén. «Es una desgracia. Esto va para largo y lo peor es que no vamos a poder atender a los clientes», lamenta Andoni García.

En la zona de la vega, talleres y polígonos industriales han sufrido destrozos. Y también bares, como la Taberna Lezama, donde Manu Segurola y Estíbaliz Lezama cuentan que la rápida subida del agua ya es impidió sacar el coche del garaje. «Hay cerca de 23 coches dentro y trasteros», comentan. Jose Ignacio Gandarias, ha tenido más suerte, «solemos aparcar el coche aquí durante el día, a la noche no. Hemos tenido suerte», dice con alivio.

Iñigo Lezamiz tenía el coche en el garaje frente al Eroski. Tuvo suerte de poder sacarlo a tiempo, aunque «veía cataratas cayendo desde arriba». Menos mal que se dio prisa, a la media hora estaba inundado. «Lo he aparcado en lo más alto del pueblo. Ahora yo tengo coche, pero los otros no».

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