El Correo

«Cuesta más dejar de fumar cuatro cigarros que cuarenta»

  • Hoy se celebra el día mundial sin tabaco y EL CORREO asiste a una terapia para exfumadores de la Asociación Española contra el Cáncer en Bilbao. «Ha venido gente contando que fumaba hasta en la ducha»

No es que lo viera precisamente como un 'regalo', pero a Begoña le parecía simbólico dejarlo el 26 de mayo, coincidiendo con su 65 cumpleaños. Le obligaron a adelantar los planes y el día 16 «a las nueve y cuarto de la noche» fumó el último cigarro. «Saqué todas las colillas que había ido acumulando durante días en un tarro de mermelada que usaba de cenicero y las esparcí en la mesa. Luego les hice una foto». Una suerte de despedida. La enseña a las compañeras que asisten con ella a terapia para exfumadores. Hoy son todo mujeres aunque también hay un chico, pero ha faltado a la sesión. Es la tercera de siete semanas que dura la terapia y que desde 1991 imparte la Asociación Española contra el Cánceren el local situado en la Plaza Jado de Bilbao.

Al frente del grupo, Mertxe Barranco, psicóloga y coordinadora del área psicosocial de la asociación. Hoy, Día mundial sin tabaco, asistimos con ella a una de estas sesiones: «Vino una vez un hombre que fumaba hasta en la ducha. 'Anda que no tiene que ser difícil! Y he visto personas llorando un mes seguido». El primero puede ser un comportamiento excepcional, pero el segundo no tanto, asegura la especialista. «La gente que deja de fumar se siente triste y tiene que pasar un duelo, al final supone despedirse de algo que les ha acompañado muchos años».

Casi toda la vida en el caso de las cuatro mujeres que esa tarde asisten a la terapia en Bilbao, todas de entre 50 y 65 años. Llevan una semana sin fumar y se les supone en uno de los 'picos' más complicados de esta travesía por el desierto, porque la sensación que tienen es ésa. «He conseguido no fumar después de comer, me siento un poco Agustina de Aragón. Es una victoria». Enarbola la bandera Begoña, la única «de un grupo de catorce amigos» que seguía fumando. Nekane, Maite y Patricia asienten, la animan y comparten experiencia y esperanza con ella.

Nekane: A mí esto me está jodiendo... Estuve el otro día cinco minutos delante del escaparate de un estanco.

Begoña: ¿Tú eres masoca?

Nekane: No es masoquismo. Es que lo tenía que hacer. Y veía a la gente entrar y salir y yo pensaba: 'Lo he dejado'. Y sentía pena...

También ha sufrido insomnio, otra de las 'consecuencias' habituales en las primeras etapas del exfumador. «Yo duermo menos, hoy a las cuatro y media de la madrugada estaba ya despierta y para las seis estaba desayunando. Duermo menos horas pero me siento más descansada», asegura Begoña, que encendió el primer pitillo a los 15. «Se lo quité a mi padre y en alguna época llegué a fumar dos paquetes de habanos...». Ahora fumaba «entre nueve y quince cigarros al día».

¿Muchos, pocos? Demasiados siempre. O eso le parece a Maite (53 años, fumando desde los 19 de manera intermitente) que fuma dos, siempre a última hora de la tarde.

Patricia: Yo si fumara dos como tú no lo dejaba.

Maite: Pero yo es que quiero vencerle al tabaco, no que me pueda a mí.

Interviene entonces la psicóloga para advertir que «es más difícil dejar de fumar dos o cuatro que cuarenta cigarros», por increible que parezca. «He tenido gente que fumaba tres paquetes diarios. Cuando fuman tanto están saturados. Y les cuesta menos dejarlos radicalmente que al que fuma tres cigarrillos diarios y los tiene totalmente asociados al placer».

Nekane: Hoy he ido a comer fuera con amigos y ya les he dicho: 'En la terraza no nos tomamos el café ni de coña'. Porque es un momento que tengo muy asociado a fumar.

Begoña: Yo hoy he comido con vino y es algo que no voy a volver a hacer tampoco.

Patricia: Yo puedo prescindir de los cigarrillos de después de comer o cenar, pero los dos que fumaba después del desayuno... por esos todavía mato. Y estar con una amiga tomándote dos vinitos antes de comer...

Begoña: ¡Uff, en un momento así te dan ganas hasta de coger una colilla!

Nekane: Yo no he dejado de tomar café, pero me lo tomo veinte minutos después.

La cosa es que se pase el 'mono'. «Es todo de cabeza. Científicamente la eliminación de la nicotina tarda 72 horas. Así que en tres días se te ha pasado la dependencia física». La explicación la aporta Patricia, que ya dejó de fumar anteriormente «con hipnosis». Pero queda la otra, más difícil de gestionar, la dependencia psicológica. «Hay gente que me dice: 'Con lo que me gustaba ver la puesta de sol fumando, con lo rico que sabía el café...' Y no se dan cuenta de que el placer está en el sabor del café y en la imagen del sol, no en el cigarro. Para dejar de fumar no basta con dejar de encender, hay que desligarse del tabaco, dejarlo de golpe con la ayuda de algún fármaco y e ir desligándose poco a poco en lo que se refiere a la cuestión psicológica, romper con la idea de que ahí está el placer». Romper definitivamente, insisten los especialistas, aunque uno en mente tenga un objetivo a muy corto plazo. «Una vez vino un chico de Ondarroa, exalcohólico, que curiosamente es una gente a la que le cuesta menos dejar de fumar porque ya saben lo que es renunciar a otra adicción. Bueno, pues él decía: 'Hoy no fumo pero mañana me lo fumo todo'. Y al día siguiente no lo hacía, ni al otro, ni al otro...».

Les preguntamos si reducir la cantidad es una opción y hay unanimidad: no. «Igual pueden reducir temporalmente, pero al final acaban fumando lo mismo o más», advierte la psicóloga, que además de dirigir las siete sesiones hace seguimiento a los asistentes a los tres meses, el medio año y los doce meses.

- ¿Cómo aguantáis los momentos más críticos?

Nekane: Yo antes necesitaba hacer cosas, los primeros días tenía la casa limpia como una patena pero ya soy capaz de ver una película entera sin acordarme del cigarro.

Cuenta Nekane que lo dejó un sábado, cuando todavía tenía medio paquete. Se lo dio a su pareja para que se lo quitara de la vista, pero al de poco se lo 'devolvió', porque se ve que la abstinencia le afectó al carácter... «Me dijo enfadado: 'Fúmatelo y haz lo que quieras'. Pero no lo hice. Cabreada, tiré el paquete por la ventana y aunque bajé luego a buscarlo ya no lo encontré».

Se acuerda entonces Patricia de una escena similar. Fue el año pasado, cuando había vuelto a fumar tras una temporada sin humos. «Fumaba de vez en cuando, pero poco, ni siquiera compraba. Entonces discutí con mi pareja y al final tuve que acercarme a una señora que estaba sentada en una terraza a pedirle un cigarro. Lo que no había hecho con 18 años lo hice con 50. En ese momento entiendes cuando alguien dice que se prostituye para comprar droga».

- ¿Qué habéis llegado a hacer por fumar?

Patricia: Yo he llegado a sobornar a gente en la India para poder fumar en los baños, a perder casi un vuelo con un amiga por estar fumando, y he conocido gente que no volaba lejos porque no aguantaba tantas horas en el avión sin un pitillo.

Nekane: Yo si no tenía tabaco en casa directamente no podía dormir.

Ahora dice que le compensan las horas de desvelo si consigue con ello mantenerse libre de humo. «Yo si vuelvo a caer ya no lo dejo», confiesa rotunda Nekane. Y aunque las demás hacen una mueca saben que no se pueden confiar. «Yo tengo una amiga que lleva 27 años sin fumar. Todavía hoy dice que si coge un cigarrillo vuelve a fumar», añade Patricia. Da fe Maite con su experiencia. «En los embarazos dejé de fumar pero después volvía. Un día cogía un cigarro y aunque me sabía mal luego cogía otro, y otro...».

Por entonces llegaba al medio paquete pero la ley que prohibió fumar en bares y recintos públicos vino a echarle una mano. «Cuando no dejaron fumar en los bares dejé de fumar por las mañanas». Patricia, treinta años como fumadora, fumaba hasta hace unos días «entre cinco y doce cigarros diarios» y coincide en que la prohibición le ha quitado «de muchísimos más». Claro que a ratos sería capaz de dejarla en papel mojado por encender uno.

- ¿Habéis notado un cambio real en el cuerpo tras una semana sin fumar?

Maite: Se nota en la piel.

Nekane: ¿En la piel? Pues yo me veo más ojeras. ¡Y ya he engordado dos kilos!

Begoña: Yo subí el otro día por el puente de la Universidad de Deusto y no me cansaba.

Patricia: Es que la capacidad pulmonar se nota. Yo estaba acojonada, la verdad. Sé que tengo más papeletas que otra persona que no fuma y ya no es solo que cojas cuatro catarros en un solo invierno... Yo no quiero ahogarme cuando suba unas escaleras o tener que llegar a ir con una bombona de oxígeno.

Acaba la sesión y Merche les felicita porque les ve bien, animadas pese a lo mal que lo están pasando. Pero el examen sigue fuera. «Los primeros días es un shock y se pasa muy mal, pero al cabo de un mes empieza a estar encauzado», les tranquiliza la psicóloga. Claro que ellas, todavía, no han llegado a ese punto y están, por así decirlo, con las consecuencias del 'susto'. «¡No veo más que gente fumando por la calle! Se enciende alguien un cigarro en la otra acera y se te va la mirada», confiesa Nekane, que ha dado el salto por «la presión» de su compañero. «Hoy, qué curioso... He ido a hacerme análisis de sangre y en la cola detrás mío había un chico que acababa de fumar. Lo he notado enseguida y he pensado: '¿Así olía yo también antes?'». Asienten las demás y le llaman «campeona», para animar. «¿Sabéis que la gente que me conoce ha hecho apuestas? Y nadie cree que lo voy a dejar». De momento, la tiene ganada.

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