El Correo

«Es una canallada que me quiten un pecho y además tenga que pagar»

María se apoya sobre una mesa de su casa y oculta el rostro tras el busto de una mujer.
María se apoya sobre una mesa de su casa y oculta el rostro tras el busto de una mujer. / Andrés Fernández
  • María, una mujer de Santander de 66 años, busca la manera de abonar las costas de los juicios que perdió contra los médicos que la operaron sin tener cáncer

María entró hace cinco años en el hospital de Valdecilla en Santander para hacerse una revisión rutinaria y desde entonces ha vivido dos calvarios: uno en el hospital y otro en los juzgados. Le detectaron un tumor maligno, le extirparon un pecho y finalmente descubrieron que no tenía cáncer. Cuando denunció el caso, los jueces dieron la razón a los médicos y a ella le impusieron el pago de las costas de los juicios. Con unos ingresos por debajo de mil euros deberá afrontar el pago de un mínimo de 25.000. «Con todo lo que he trabajado en mi vida, que ahora lo poco que tengo me lo puedan quitar...», dice con más resignación que rabia.

No quiere que se compadezcan de ella, así que prefiere ocultar el rostro y el apellido. Cede a cambio algunos datos biográficos, tan comunes que podrían ser los de cualquiera: nació en Santander, hace 66 años. Estudió «lo básico» y empezó a trabajar con 16. Pasó por una pescadería, un supermercado, una tienda de electricidad... Sus padres cayeron enfermos y María empezó a dedicarles más tiempo a ellos que a su trabajo, así que no tiene derecho a jubilación -recibe 200 euros de un plan de pensiones que se le acaba en tres años-. Cuando murieron sus padres se quedó a cargo de su hermano minusválido.

Le detectaron el tumor en 2011. Fue en una de las revisiones periódicas del Programa de Detección Precoz del Cáncer de Mama. En el Hospital de Valdecilla le dijeron que había «sospechas relevantes» de que tuviera un tumor maligno en la mama izquierda. Días después le hicieron una biopsia que dio positivo en carcinoma intruductal con necrosis. Tras varias pruebas, el 12 de agosto de 2011 le practicaron una mastectomía radical -que consiste en la ablación completa de la mama-. Tras analizar el tejido extirpado, el resultado fue el de «ausencia de malignidad» en el mismo.

María intentó que le reconstruyeran la mama, pero no hubo manera. «Cuando falló la reconstrucción y comprendí que me iba a quedar así empecé a hacer cábalas. Me aconsejaron que buscara un forense para revisar mi caso. Me dijo que conmigo se habían equivocado, así que decidí denunciar». Alegó mala praxis médica tanto en el diagnóstico del carcinoma como en la elección de la mastectomía radical.

Presentó una reclamación por daños y pidió 350.000 euros de indemnización al Servicio Cántabro de Salud, pero fue desestimada. Presentó un recurso contencioso-administrativo que también fue rechazado. Recurrió a la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, que también dio la razón al Gobierno regional.

Además de perder todos los juicios, María fue condenada a pagar las costas procesales del recurso presentado ante el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo Número 2 de Santander por la denegación del Gobierno de su reclamación, y también por el posteriormente interpuesto ante el TSJC contra la sentencia del juzgado de instancia.

En la sentencia de 4 de diciembre de 2014, el juez avisaba de que «no siempre» que el diagnóstico no es correcto se puede imputar jurídicamente del daño a la Administración. Lo que se le exige a la prestación pública sanitaria no es el acierto en todo caso, sino la «puesta en práctica de los medios de diagnóstico razonables que la ciencia médica permita y su utilización correcta». Señala dicha sentencia que tanto el jefe de Radiología del hospital como la patóloga insisten en que se realizaron las pruebas diagnósticas que requería el caso y afirma que la querellante no acredita «en modo alguno» que se realizaran incorrectamente.

Una «canallada»

María reconoce que, de los dos calvarios que le han tocado vivir, el que más le está costando llevar es el judicial, porque no lo entiende. «Vale que quizá no merezca que me den nada, porque la Administración no tiene dinero o por lo que sea, pero hombre, ¿qué me condenen a pagar las costas? ¿A mí, que he sido la dañada? Es una injusticia y una canallada lo que están haciendo conmigo. Esta historia la conocen por mí cuatro personas porque no me gusta contarlo, pero me está comiendo la salud y necesito que la gente lo sepa».

El abogado que acaba de coger su caso, Juan Manuel Brun, reconoce que «legalmente no se puede hacer nada más que buscar un aplazamiento del pago». Según explica, la Administración permite pagar en tres o cuatro años, pero aún así son unos 500 euros al mes. Los recursos de María son muy limitados: su marido tiene una pensión de 700 euros y ella cobra 200 euros de un plan de pensiones. Tienen una casa en la que conviven con el hermano de María, minusválido con su propia pensión, y una vivienda arrendada por la que perciben 360 euros al mes. «Es lo que te has construido en toda una vida trabajando y ahora se lo pueden llevar todo». Si no puede hacer frente a los pagos, comenzarán a embargar sus propiedades. «Estamos buscando alguna salida legal. Tiene cuatro años para pagar las costas, a lo mejor se pueden conseguir diez. Si la Administración quiere, algo se podría hacer», confía Brun.

María estuvo un tiempo yendo al psicólogo. «¿Sabes qué pasa? –dice–. Que me veo todos los días, cada vez que me ducho, y es muy difícil». Pero al final decidió dejar de ir al médico. «Estaba convencida de que tenía que ser fuerte y afrontar sola lo que me estaba pasando, ser fuerte de cara a los demás, a los que tengo en casa, intentar que no me vieran sufrir».

Su abogado advierte de que el problema puede ser todavía mayor, ya que a las costas que debe abonar a la Administración se pueden sumar las del seguro que defendía a los médicos del Servicio Cántabro de Salud. «En total podría llegar a 55.000 euros», calcula Juan Manuel Brun.

«Yo procuro tomar mucha valeriana y salir mucho a la calle a caminar», dice María. «Y tomar algo para dormir porque no me quito esto de la cabeza».