El Correo

Trump y el busto de Churchill

Trump y Theresa May se dan la mano delante del busto de Churchill en el Despacho Oval.
Trump y Theresa May se dan la mano delante del busto de Churchill en el Despacho Oval.
  • El presidente de EE UU intenta aprovechar el recuerdo del primer ministro británico a pesar de que éste defendió lo contrario que la derecha populista

El presidente Donald Trump ha vuelto a colocar el busto de bronce de Churchill en un lugar visible del Despacho Oval. Lo ha hecho para proyectar una imagen de liderazgo, lo que demuestra que, medio siglo después de su muerte, el primer ministro británico sigue siendo un modelo de determinación y dotes de mando. Pero también es cierto que defendió políticas opuestas a las que Trump quiere poner en marcha desde la Casa Blanca; y por supuesto opuestas a las que propugnan el aliado del magnate inmobiliario en el Reino Unido: el UKIP de Nigel Farage, que fue quien le aconsejó reponer la escultura de su ilustre compatriota.

Churchill pensaba lo contrario que la extrema derecha europea de nuestros días, la que apoyó el 'sí' al Brexit en el Reino Unido y la que propugna el proteccionismo y el cierre de fronteras en el resto de Europa. Sirva de ejemplo la carta que el ilustre estadista británico escribió a un elector en 1902, cuando empezaba en política. «Nuestro planeta no es muy grande comparado con otros cuerpos celestes; no veo ninguna razón particular por la que debamos dedicarnos a crear dentro de nuestro planeta otro más pequeño llamado imperio británico, separado por un espacio infranqueable de todo lo demás».

En suma, Churchill se alineó con el libre comercio desde que era joven y lo hizo mucho más tarde, al acabar la Segunda Guerra Mundial. De modo que, si merece un lugar en la Casa Blanca, no es porque lo diga Trump, sino porque el presidente John F. Kennedy lo nombró ciudadano honorario de Estados Unidos en 1963. No guarda parentesco alguno con el tipo de gobernante que se está creando en Twitter. Su medio natural lo constituyeron los usos parlamentarios del Reino Unido, y la radio y la prensa tradicionales, mientras que Donald Trump se comunica directamente con los votantes a través de las redes sociales; cada mañana lanza una consigna a los estadounidenses, asustados y divididos, y desafía a los poderes de la república que se oponen a sus medidas. Sus mensajes son plebiscitos digitales distintos de los discursos radiofónicos de Churchill. La gente los ha empezado a comparar con la novela '1984', de George Orwell.

Churchill era curioso y autodidacta, lo absorbía todo como una esponja.

Churchill era curioso y autodidacta, lo absorbía todo como una esponja.

Retrocedamos, pues, a la época de Orwell; al periodo de entreguerras y al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Winston Spencer Churchill (1874-1965) acaba de tomar las riendas del Reino Unido, un país atemorizado, pero razonablemente unido en torno a sus instituciones. Ha reemplazado al primer ministro electo (Neville Chamberlain) y se enfrenta a Adolf Hitler, un maestro en el manejo de la propaganda. No es un buen actor, como el dictador alemán, pero conoce la oratoria, es minucioso al redactar los discursos, los memoriza cuidadosamente. En su cabeza resuenan las frases de Edward Gibbon en 'La historia de la decadencia y caída del Imperio Romano'.

Resurgir de sus cenizas

El 13 de mayo de 1940, el primer día que Churchill compareció en la Cámara de los Comunes como jefe de Gobierno, confesó: «No voy a durar mucho». No era el líder carismático que conocemos hoy, sino un político discutido. A lo largo de cuatro décadas había sido parlamentario conservador, luego liberal y nuevamente tory. Lo habían nombrado secretario y ministro en diferentes gobiernos. Había conocido sonados fracasos como el desastre militar de Gallipoli en la Primera Guerra Mundial (quedó marcado como el culpable de la operación), pero pudo resurgir de sus cenizas.

El premier británico también había publicado innumerables libros. En una ocasión dijo: «Escribir un libro es una aventura. Al principio es un juguete y una diversión. Luego se trueca en una amante, luego en un amo, y luego en un tirano...». Sabía de qué hablaba porque antes de entrar en política había sido periodista, escritor y conferenciante, oficios que nunca abandonó. Su meta no era literaria (sólo escribió una novela en su vida, en su juventud), sino procurarse un generoso sustento; pero le dieron el Premio Nobel de Literatura después de publicar sus memorias de la Segunda Guerra Mundial.

Por supuesto, escribiendo consiguió algo más que el Nobel. Logró notoriedad y echó carbón a la hoguera de su ego. Lo necesitaba porque los inicios de su carrera no fueron prometedores. Fue un estudiante mediocre y no acudió a la universidad, sino a la academia militar de Sandhurst, donde alcanzó el grado de oficial de caballería, un logro pobre dentro del ejército. Pero tenía un don que le fue de gran utilidad. Era difícil encontrar un alumno de Oxford que hubiera leído más que él; sobre todo clásicos de historia que devoró en las horas muertas del servicio militar en la India, a finales del XIX.

Churchill era curioso y autodidacta, lo absorbía todo como una esponja. Desde el principio escribió en los periódicos para cubrir los gastos de la milicia. Por eso buscaba buenos teatros de operaciones, lugares donde ocurrieran cosas interesantes. Había cumplido esa máxima, la de estar presente en lugares interesantes, desde el instante mismo en que nació, en el palacio de Blenheim, en el seno de una familia singular. Su madre era la atractiva Jennie Jerome, hija de un acaudalado estadounidense accionista del 'New York Times'. Su padre era lord Randolph, un parlamentario tory cuyo linaje se remontaba al primer duque de Marlborough. Winston no heredó por poco ese título, instituido por un noble inglés del siglo XVIII que se llamaba John Churchill y había luchado en la Guerra de Sucesión (en España es conocido por la canción: 'Mambrú se fue a la guerra').

Churchill en una imagen de joven.

Churchill en una imagen de joven.

Lord Randolph siempre dudó de que su hijo llegara a sobresalir en nada, pero no pudo comprobar si estaba en lo cierto porque murió pronto. Fue la madre la que procuró al joven Winston las conexiones necesarias para que el ejército lo movilizara durante tres años frenéticos (1895-1898), en los que intentó llamar la atención a toda costa.

Años frenéticos

A los 21 años, enterrado su padre, Churchill aparece en la guerra de Cuba. En la India combate a los pastunes afganos, antecesores de los talibanes. En ambos casos aprovecha la doble condición de militar y de reportero contratado por periódicos de la metrópoli. Con esas credenciales se sumará a la expedición del general Kitchener contra el Madhi, el líder musulmán de Sudán a quien hoy emulan Al Qaeda y del Estado Islámico. Más adelante, a Churchill lo harán prisionero en la guerra de los bóers en Suráfrica, durante el asalto de una partida de afrikaners a un tren británico; pero escapará a Mozambique (no está claro si dejó a unos compañeros en la estacada), y la fuga lo catapulta a la fama en el Reino Unido. Llegará a pasearse en bicicleta por Pretoria cuando todavía merodean los bóers.

De todas esas peripecias, Churchill dejó una estela de crónicas periodísticas y ensayos que, además de componer un fresco de la era victoriana, fueron su trampolín para saltar a la política. A partir de ese momento no habrá episodio histórico de relieve en el siglo XX en el que él no esté presente, unas veces como héroe, otras equivocándose.

Esa nueva etapa comenzó en 1900, cuando Churchill tenía 26 años y ganó un escaño tory en el distrito de Oldham. Desde el principio le reprocharon su ambición, y no sin motivos, ya que en 1904, en cuanto los conservadores perdían apoyos electorales, no dudó en pasarse a los liberales. Antes ya se había codeado con un puñado de tories rebeldes conocidos como los 'Hughligans' (por uno de sus miembros, Hugh Cecil). Los biógrafos de Churchill han trazado paralelismos entre ese grupo y una corriente díscola que en su día creó su padre dentro del partido conservador. Cuando a Lord Randolph le preguntaron en qué consistía su ideario reconoció que se trataba de oportunismo. A su hijo lo criticarían por lo mismo.

Sin embargo, el oportunismo de Churchill no era el de la derecha populista de nuestros días. No se puede negar en 1904 se mudó de partido cuando se convenció de que con los liberales le iría mejor. Pero discrepaba del proteccionismo que defendían los tories y siguió rechazándolo décadas después. Su visión del mundo y el apoyo que dio a la construcción europea en los años cincuenta del siglo pasado están, a pesar de las reticencias británicas a la UE, en las antípodas de Nigel Farage y de Trump, por mucho que estos intenten aprovecharse ahora de un viejo busto de bronce.

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