El Correo

Cuando el pádel nació en Bizkaia

Julio Alegría con Ian Macdogall y Marcus Ludlow y los hermanos Sartorius en la primera pista que estaba en el golf de La Galea.
Julio Alegría con Ian Macdogall y Marcus Ludlow y los hermanos Sartorius en la primera pista que estaba en el golf de La Galea. / JULIO ALEGRÍA
  • Hace 25 años Bizkaia oficializaba la primera federación de pádel del mundo. Y alguno sin saberlo

Han pasado 25 años. El pasado 17 de enero fue la fecha exacta. El día en que la primera federación del mundo de pádel era oficializada por un gobierno. Algo que se recordará este domingo, cuando se celebren las finales del Master de Bizkaia. De ahí que sea este un fin de semana especial. Porque deja claro que no hay certeza sobre dónde nació el pádel, pero todos saben en qué lugar renació. En nuestra tierra. Fue pensado en Bilbao y parido en Getxo. Y dado que alguno suele obviarlo, servidor insiste en subrayarlo. Para ello he llamado a uno de sus padres. Julio Alegría. Hablar con él es abrir un cajón de sastre. Nunca mejor dicho. Así que, antes de pillar la pala y la pelota, hablaremos del curioso origen del asunto.

«No está claro cómo empezó este deporte», advierte Julio. Y hace bien. Creíamos que era cosa de Acapulco y del 69. Pero este botxero de pro nos apunta más lejos y hacia tierra de nadie. De hecho, sin tierra bajo los pies. «Creo que viene de los ingleses, que en los barcos ponían en las cubiertas redes de pescado y sacaban unas pelotas de tenis, las pinchaban para que se desinflaran un poco y jugaban allí», apunta tras explicar que ha leído mucho y variado sobre el tema, pero nadie puede confirmar su origen. Tan sólo están confirmados detalles de cuando atracó al otro lado del Atlántico. «En New Jersey montaron una pista que les dejaron hacer con red de gallinero. Y Corcuera, un millonario mexicano, hizo por entonces una pista de pádel». Quizá de ahí viene lo de la conexión con el país que ahora tiene entre ceja y ceja Donald Trump. Sea como fuere, también llegó a otras costas. Entre ellas, la marbellí.

«En Marbella había gente de Bilbao que practicaba todos los deportes que podían. A poder ser, novedosos. Y el pádel fue uno de ellos», cuenta y al hacerlo recordamos que estamos hablando con un paisano singular. Si algo caracteriza a Julio Alegría es que se apunta a un bombardeo. «Montamos el equipo de Hokey de Jolaseta y no sabía ni patinar. De hecho, aunque iba como delegado, en un partido me tocó salir a jugar y me pusieron de delantero. Estuve todo el rato en el suelo», evoca entre risas. Pero ese atrevimiento también le deparó medallas. En concreto de atletismo. «Con 13 años logré el mejor salto de longitud de España y con 15 fui campeón de Bizkaia de 100 metros lisos pese a que competía contra chavales de 18. Pero ser pequeño nunca me preocupó. Hasta jugué a baloncesto...». De nuevo afloran las risas. No exentas, eso sí, del orgullo de quien sabe que no hay mayor reto que desafiar a lo convencional. Quizá por ello, quienes estaban detrás de otorgar al pádel acento de nuestra tierra fueron gentes a las que es mejor no decirles aquello de «¿A que no hay un par?». Porque lo hay.

«Tras verlo, como decía, en la Marbella de los años 70 unos cuantos nos fuimos a Jolaseta y les propusimos construir una pista. Pero a los tenistas el pádel les pareció una porquería», rememora y al hacerlo nosotros también recordamos lo que se decía por entonces de esta disciplina que ningún gobierno, en ningún país, quería oficializar. «Pero en el golf de Neguri acabaron haciendo una pista. Para ello hubo que poner 10.000 pesetas de entonces, que nos devolverían en tickets. Se apuntaron más de 90. Pero al final fuimos unos cincuenta y tantos los que acabamos pagando». Sea como fuere, la semilla estaba sembrada. A lo que hay que añadir otras iniciativas particulares como la de Emilio Ibarra. «Luego hicieron la pista del restaurante El Chalet, después otra en Jolaseta...». Julio salta de un lado a otro, pero parece que no salga de ciertos ámbitos. Y no sería justo para el pádel. Porque ni tiene madre conocida ni apellido de relumbrón. O al menos no siempre. «Es más igualitario que otros deportes. Tanto por el material que necesitas como por lo que te exige. Se puede jugar siendo muy niño y siendo un abuelo. Y no te pasa como en otros deportes que se aburre el que gana o abandona el que pierde. Las diferencias se llevan mejor», sentencia Julio y damos fe de ello. De hecho, hay otro interesante dato. «Pocos deportes han tenido una incorporación tan grande y tan progresiva de mujeres». De ahí que las finales del domingo tengan tanto interés la masculina como la femenina. Lo que nos lleva al principio. La razón de por qué somos la primera federación oficial de pádel.

«El 11 de noviembre del 91 el Gobierno vasco lo reconoció como deporte. Y fue pionero. La española, por ejemplo, fue 9 años después», concreta Julio Alegría. Y lo sabe bien, porque fue presidente de la Federación Internacional. Por eso recuerda que el golf de Neguri, Jolaseta, Laukariz y el Marítimo del Abra fueron pilares fundamentales de su asentamiento. Y que Menditeguy lo exportó a su tierra argentina. De hecho admira la habilidad de ese país a la hora de evolucionar y crear las pistas de cristal. También puede explicar al detalle cómo las pistas eran antes de 9,80x20,40 y ahora de 20x10. O que al principio la red era mas baja en algunos lugares y tras un acuerdo se subió un poco. Detalles que a los neófitos nos suena tan lejanos como curiosos. Pero saber que fuimos pioneros en poner sello al asunto hace que, al menos un servidor, mire de otra forma esta disciplina.

Esperen que no pille una pala y empiece a darle a la pelota. Si es verdad que puede jugar todo el mundo, lo mismo he encontrado mi hueco. En fin, de momento, disfrutaremos del juego ajeno. Se suda menos y puedes tomar mientras tanto un vermut. Por ejemplo, este fin de semana en Fadura. Y así, además de ver el desenlace del Master, celebrar algo especial. Que el pádel nadie sabrá donde nació, pero está claro dónde renació. Y ese tanto, digan lo que digan, es nuestro. Punto y partido para Bizkaia. Se acabó.

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