El Correo

El hervidero nazi en España

Franco y Hitler en Hendaya.
Franco y Hitler en Hendaya.
  • Franco facilitó que la península se convirtiera en un nido de espías del Tercer Reich que actuaron contra los aliados con el beneplácito del régimen y constituyeron un entramado empresarial sin igual en el país

La Segunda Guerra Mundial también se combatió en España. Este siempre ha sido un país de cotillas y durante la contienda que se prolongó en casi todo el planeta ente 1939 y 1945 además fue un hervidero de espías. Aquí actuaron agentes británicos, americanos, franceses y hasta japoneses. Pero los que contaban con ventaja en la batalla encubierta eran los nazis.

Miembros del servicio de inteligencia del Tercer Reich, de la Gestapo, de la Abwehr o de la SD campaban a sus anchas, a su antojo, por todo el territorio nacional amparados por Franco, que facilitaba sus actividades hasta con la concesión de pasaportes pese a declararse neutral en la contienda. Era una conjunción de intereses entre dictaduras mesiánicas. Por contra, el régimen fue poco permisivo –hasta estrictamente severo– con los aliados.

Eran personas con identidades ocultas y manos libres, capaces de guardar o descubrir los secretos más importantes, con libertad para decidir sobre la vida o la muerte de sus semejantes, y que manejaban grandes cantidades de dinero sin tener que rendir cuentas. Eran superhombres que jugaban al ajedrez en partidas de espionaje y contraespionaje, pero a la vez tremendamente vulnerables. Si resultaban descubiertos les eliminaban, bien los enemigos o bien los suyos. Por ello, estaban obligados a hacer la guerra desde la oscuridad.

No todos se adentraron en la trama de forma voluntaria. La mayoría fueron fuertemente presionados. De hecho existía un convenio entre Madrid y Berlín que contemplaba que cualquier alemán residente en nuestro país y sospechoso de no apoyar a la causa nazi podía ser detenido y repatriado de inmediato. Los agentes de la Gestapo en Madrid eran los encargados de velar por la ortodoxia. Algunos empresarios alemanes establecidos en el País Vasco, emprendedores que llegaron aquí tras la Primera Guerra Mundial, se vieron obligados a involucrarse.

Todo comenzó poco antes de la Guerra Civil. Fue entonces cuando ya se establecieron los lazos entre los protagonistas del alzamiento contra la Segunda República y el sistema totalitario que Adolfo Hitler había implantado en Alemania al aprovechar el descontento generado por las humillantes condiciones que impusieron los vencedores de la Primera Guerra Mundial.

Franco buscó ayuda en el eje germano-italiano y sus avances en armamento bélico. El führer y Mussolini no dudaron en apoyarle con material bélico, pertrechos, equipos y hasta soldados. Según algunas fuentes, alrededor de 5.600 militares nazis, con sus esvásticas y sus uniformes, y más de cien aviones de la Legión Cóndor arribaron a España para apoyar el alzamiento nacional.

A cambio de ese respaldo extranjero, el general golpista otorgó ciertas 'licencias'. No es cuestión de profundizar, pero bastaría con recordar que los campos de batalla españoles se convirtieron en laboratorios de pruebas para la nueva estrategia bélica de la Wehrmacht o la Luftwaffe. En territorio peninsular se probaron armas, técnicas, bombas, aviones... La población civil indefensa se convirtió en cobayas, como se pudo comprobar en nuestra Gernika aquel fatídico 26 de abril de 1937.

Fue un negocio redondo para los nazis. La deuda que contrajo el régimen vencedor fue grande y el Tercer Reich se encargó de cobrarla con suculentos intereses. El pago fue monetario, pero también se saldó con minerales, materias primas o alimentos. Y sobre todo con manga ancha para que los agentes teutones utilizaran España como escenario de sus argucias diplomáticas o de sus confabulaciones. También como plataforma privilegiada para observar lo que ocurría en el Mediterráneo o en el norte de África, zona por aquel entonces totalmente dominada por los aliados. Hay que recordar que el sur de la península constituye el paso más cercado al continente negro y además la salida hacia el Atlántico.

Alemania se aprovechó de las necesidades de Franco para hacerse con fértiles compensaciones y para asegurar la lealtad de los nacionales a la mano que les ayudó. El servicio de espionaje nazi apostó por los insurgentes y obtuvo importantes beneficios. Por ejemplo, exigió que Franco aportara tropas a la campaña de Rusia –la Operación Barbarroja– y así se creó la División Azul. También se enviaron obreros españoles a las factorías bélicas alemanas. A esta mano de obra se les prometía una vida mejor, pero en la mayoría de los casos fueron tratados como esclavos. Los españoles, al fin y al cabo, no pertenecían a la raza superior.

Lichterfelde, Suner y Heinrich Himmler.

Lichterfelde, Suner y Heinrich Himmler.

Pero tampoco fue un mal negocio para los nacionales. Documentos desclasificados recientemente en Estados Unidos han demostrado que los nazis tuvieron mucho que ver con el levantamiento. Incluso pudo existir un plan autorizado por el propio Heinrich Himmler para conseguir en España un régimen "pronazi y fascista" que sustituyera al "procominista y proestalinista" republicano y que apoyara los intereses germanos en el sur de Europa.

Para ello en 1936 se desplazó a Madrid Hans Hellermann, quizás el primer espía nazi que actuó en nuestro territorio. Debía seguir una premisa concreta: prestar ayuda a los militares falangistas. Trabajó bajo el amparo de una empresa de importación y exportación, desde cuyas instalaciones participó en la organización del alzamiento con el amparo de algunas de las principales fortunas españolas y de la jerarquía eclesiástica.

Pronto encaminó la constitución de un entramado empresarial llamado Sofindus que incluía alrededor de 350 firmas y sumaba unos 1.000 millones de pesetas de aquella época en capital social. La trama funcionaba gracias a una red de testaferros que permitía eludir la ley de bloqueo y posibilitaba conspirar contra la República, como descubrió el periodista navarro José María Irujo en su documentado libro 'La lista negra'.

De forma paralela, durante la contienda mundial, sus labores se ampliaron al secuestro de algunos compatriotas judíos, la eliminación de condenados por los tribunales nacionalsocialistas creados por Himmler para juzgar cuestiones de disciplina de residentes germanos en nuestro país, el contrabando de armas, la propaganda, facilitar el trabajo de la Gestapo...

Otro personaje fundamental en la estructura fue Friedhelm Burbach, muy vinculado con nuestro Bilbao, donde ocupó la plaza de cónsul durante muchos años. Gracias a él los contactos de Franco y su equipo con Hitler fueron factibles. Era el encargado de dirigir la red de espionaje en Bizkaia y, para muchos, todo el imperio económico y empresarial bien camuflado que tenía Hitler en la provincia.

Asimismo, fue muy fructífera la intervención de Johannes Bernhardt, general de las SS, quien medió entre Franco y Hitler para la consecución de ayuda material para el levantamiento del 18 de julio de 1936. "Consígueme doce bombarderos y acabaré con la República en una semana", dicen que fue la petición de nuestro dictador. Más tarde se descubrió la carta que el general que desafió a la República envió al cabo que estremeció al mundo. Realmente reclamaba "diez aviones de transporte, seis cazabombarderos, veinte baterías antiaéreas, fusiles ametralladores y munición".

El hervidero nazi en España

/ Johannes Bernhardt, general de las SS y mediador entre Franco y Hitler.

Junto a Bernhardt, para intermediar viajó a Berlín también Adolf Langenheim, quien desde Marruecos –especialmente en el protectorado de Tetuán el general de las SS– favoreció el surgimiento del movimiento falangista y la insurrección, al respaldar las iniciativas del entonces joven general Francisco Franco. La intervención germana en el golpe de Estado fue tal que hasta los enlaces telefónicos entre el mando sublevado y las tropas se realizaron gracias a técnicos alemanes llegados sólo para ese fin.

Estos mismos especialistas instalaron también en Andalucía y Galicia una serie de antenas que posteriormente se utilizaron para transmitir órdenes y datos de radionavegación a aviones, barcos y submarinos nazis durante la guerra mundial, mensajes secretos cifrados o encriptados con la mítica máquina Enigma. Algunas de estas infraestructuras incluso sobrevivieron a la dictadura franquista.

Franco miraba más allá y pensaba que cuando él venciera en nuestra contienda fratricida y Hitler dominara el mundo, la recuperación de la colonia británica de Gibraltar sería un hecho, al igual que el control de los dominios de lo que hoy conocemos como el Magreb. Sin embargo, sus ansias nunca llegaron a materializarse por la derrota alemana.

Sí consiguió que la Gestapo localizara y repatriatara a los refugiados y huidos españoles en Francia. Vivos o muertos, daba igual. Si eran repatriados con vida, su destino casi siempre sería el pelotón de fusilamiento.

Modus operandi

En la mayoría de los casos, los espías actuaban bajo la identidad de hombres de negocios y utilizaban importantes grupos empresariales como tapaderas. Los sectores más atractivos eran el agrícola, el del transporte –sobre todo naviero, ya que el pabellón neutral de España permitía navegar con libertad por cualquier mar u océano– y la minería. Pero realmente los nazis penetraron en casi todos los campos, incluida la cinematografía, donde estuvieron muy vinculados al NODO, como descubrió el escritor José Manuel García Bautista en su obra 'Nazis en Sevilla'.

Su objetivo no era la obtención de beneficios. Las pérdidas eran debidamente cuadradas. El único interés era el traspaso del wolfranio español a Alemania. Este mineral era imprescindible para los blindajes y fuselajes de tanques y aviones. La producción nacional se hacía necesaria para el Tercer Reich, sobre todo porque Alemania tenía vetado el acceso a productores como China e India. Otros productos deseados por los germanos eran el hierro, el plomo, el cuero, el aceite de oliva y la fruta. Fueron la principal manera de abonar la deuda contraída.

Disponían de contacto directo con la administración y las élites franquistas. De hecho, funcionarios, diplomáticos o periodistas trabajaron en silencio para el eje a través de las distintas ramificaciones de la red empresarial que estableció Berlín en España. Además, captaron muchos 'oídos' españoles, a veces simples trabajadores que les informaban.

Todo se vio favorecido por la llegada de Ramón Serrano Súñer al Ministerio de Asuntos Exteriores. El presidente de la Junta Política de la Falange Española Tradicionalista de las JONS puso la red de embajadas nacionales al servicio de Berlín y numerosos diplomáticos españoles actuaron como espías nazis en los países aliados.

La situación de confianza –y hasta de prepotencia– de los nazis en nuestro país era tal que ni siquiera hacían demasiados esfuerzos por disimular. En una España de postguerra con mucha hambre, hicieron ostentación de su opulencia tanto en Madrid como en Barcelona. Frecuentaban los mejores hoteles, como el Ritz y el Palace, asistían a cacerías organizadas por aristócratas y consumían en los locales de moda en la época. Uno de los más visitados por los espías era el restaurante de Otto Horcher, enfrente de El Retiro.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial –e incluso antes, cuando la derrota nazi era ya evidente– Franco comenzó a coquetear con los aliados. Ello evitó que sufriera excesivas represalias por su apoyo a Hitler. El régimen permitió que los vencedores depuraran responsabilidades con algunos alemanes establecidos en España –los menos– y evitaran la fuga de capitales. La red empresarial del Tercer Reich fue liquidada y se colocó al frente de las principales firmas que la componían a miembros de la agencia fiduciaria aliada.

Sin embargo, de forma paralela a esta colaboración con los aliados, la dictadura también dio amparo a infinidad de nazis en su huida para evitar sus responsabilidades ante la justicia militar. Organizó rutas de escape para el éxodo de los agentes de espionaje y los oficiales nazis que pretendían establecerse en Sudamérica.

Aunque no todos los nazis de España escaparon. La mayoría no tuvo que hacerlo porque el régimen franquista les protegió. España era un lugar cómodo para ellos y también para los que llegaron de otros lugares de Europa una vez finalizada la guerra. La red se encargaba de acogerles.

Pero los aliados tampoco se quedaron de brazos cruzados e insistieron en la famosa 'lista negra', que incluía a los nazis que operaron en España y que sumaba alrededor de un centenar de nombres de 'imperdonables'. Eran personas que, en su opinión, debían ser detenidas para ser juzgadas en la nueva Alemania.

Hans Hellermann, primer espía nazi en España.

Hans Hellermann, primer espía nazi en España.

Con el fin de conseguir la colaboración del Gobierno español, los vencedores de la Segunda Guerra Mundial le ofrecieron repartir el holding empresarial alemán, el más importante que existía en la península por aquella época. Ni aún así lograron que Franco traicionara a los nazis. Las firmas acabaron por ser embargadas. Incluso se limitó la posesión de dinero a las familias germanas que nada tuvieron que ver con el Tercer Reich.

El entramado de espionaje de Berlín fue descubierto por el barcelonés Eduardo Castelltort, que pertenecía a la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) norteamericana, la predecesora de la CIA. Trabajó en el consulado estadounidense de la Ciudad Condal y desde allí pasaba a los aliados informes de importancia estratégica.

Además de información militar, también se hizo con datos sobre los envíos de minerales a Alemania, el material de guerra suministrado a cambio a España, las fábricas que trabajaban para el ejército nazi y, sobre todo, los integrantes de la red del espionaje del Tercer Reich, tanto militares como de la Gestapo. Todo los agentes estaban fichados. Conocía sus domicilios, sus puestos de trabajos, sus aficiones...

Pero el propio Castelltort fue finalmente descubierto por la Policía franquista allá por 1944. Él y su equipo acabaron en la Cárcel Modelo de Barcelona acusados de realizar actividades contra el régimen.