El Correo

Los topos del franquismo

Manuel Cortés, último alcalde de Mijas, permaneció en una habitación dieciocho años.
Manuel Cortés, último alcalde de Mijas, permaneció en una habitación dieciocho años.
  • Cientos de republicanos españoles optaron por vivir ocultos tras la Guerra Civil para escapar de la represión de los vencedores

Protasio Montalvo fue el último. Permaneció escondido en la localidad madrileña de Cercedilla desde 1939 hasta 1977. Había sido su alcalde. Él, como otros muchos, fue protagonista de una historia de miedo, del gran miedo. El que produce el odio, la incultura, la falta de libertad... Porque fue el miedo el que condenó a estos hombres a vivir como topos, siempre en las tinieblas.

Al final de la guerra civil, entre represiones, venganzas y detenciones arbitrarias, algunos de los derrotados optaron por el camino del exilio. Pero para otros, muchos más, el destierro lo constituyó un agujero que ellos mismos habían construido en un patio, un pozo, un pequeño espacio en un palomar, una galería subterránea o hasta un ataúd donde esconderse.

Un confinamiento que en algunos casos sería de más de treinta años. Se escondieron de la furia de los ganadores. Fueron los topos del franquismo y constituyeron la cara oculta de la Guerra Civil y la postguerra. Sin ocultarse no hubieran sobrevivido a los llamados 'comités de exterminio', que recogían a sus víctimas y les invitaban a un 'paseo' hasta su último destino.

Bajo el amparo de la Ley de Responsabilidades Políticas, durante los años inmediatamente posteriores al final del enfrentamiento bélico fueron fusiladas casi 165.000 personas, en un ensañamiento sin parangón en otras guerras anteriores.

¿De qué se escondían en realidad durante esos treinta y más años de emparedamiento? ¿Cómo funcionaron los mecanismos del miedo, del instinto de conservación, del temor a las represalias para llevar a unos hombres a abandonar el mundo de los vivos y refugiarse en la oscuridad de la inexistencia? ¿Por qué? Simplemente porque aunque los libros de historia cuentan que la contienda acabó en 1939, el último parte de guerra no significó el final de la violencia. Los tiros continuaron y muchos cargos públicos y simpatizantes de la vencida república tuvieron que esconderse para preservar sus vidas. ¿Fueron sólo ellos o fue España entera la que estuvo bajo tierra durante cuarenta años?

Manuel Cortés Quero, el último alcalde republicano de Mijas, que permaneció oculto en una habitación durante dieciocho años; Ángel Blázquez, veinte años escondido en Béjar con la sola compañía de tres libros que se aprendió de memoria; Saturnino de Luca, que tuvo que volver a aprender a andar tras pasar 33 años en un hueco de 63 centímetros de altura que no le permitía ponerse de pie; Juan Jiménez Sánchez 'El cazallero', Eulogio de Vega, exregidor de Rueda que estuvo oculto hasta 1964; Manuel Corral, que tembló durante décadas tumbado sobre un saco de paja; o Andrés Ruiz, veinte años recluido en un agujero por el pecado de haber votado al Frente Popular, dan nombre a un ejército de vivos de cuerpo presente que desde su clandestinidad pusieron de relieve los límites de la resistencia humana. Sobrevivieron alimentados por familiares o por amigos, por su círculo más cercano. Pero, incluso para los suyos, eran fantasmas. No para la Guardia Civil, que periódicamente preguntaba por ellos y hasta ofrecía recompensas a los allegados si los delataban.

Apenas queda ninguno para contar su experiencia. Por ello hay que recurrir a testimonios pasados. La mayoría de ellos negaron sentir rencor y culparon de sus años de oscuridad "al modo de pensar de la gente de derechas". Incluso justifican con neutralidad sus dolorosas experiencias. "Siempre tiene uno un enemigo, alguien que intenta hacer daño. Soy una víctima de esa clase, una persona a la que un chivato peligroso trató de hacer daño. Estuve doce años escondido en casa de mi novia, María Teresa, en el hueco de un poyete que había en el patio. Es triste que sin meterte con nadie, se metieran con uno", relataba en 1977 'El cazallero' a un medio de comunicación.

El último hombre de las partidas de la sierra malagueña puede ser el arquetipo de los protagonistas de este relato de las dos Españas. "Era sargento de la quinta brigada de carabineros cuando me hicieron prisionero. Al terminar mi campaña, me lancé a la guerrilla. Cuando nos disolvieron, solo y enfermo, decidí, junto con mi novia María Teresa, esconderme por el peligro que me acechaba", prosigue 'El cazallero'.

El ex alcalde de Rueda Eulogio de Vega, que durante veintiocho años se ocultó en un huerto de Valladolid, aislado como un ermitaño, culpa de sus largos años de soledad "al convencimiento de que tenían los franquistas de imponerse y hacer víctimas. Era su idiosincrasia. Si me cogían me hacían salchichas", comentó con la llegada de la democracia.

El récord de ocultamiento está en manos de Protasio Montalvo, con 38 años. Fue primer edil de Cercedilla. Abandonó su escondrijo con 77 años. No quiso hacerlo hasta que algún dirigente del PSOE le devolviera su nuevo carné. "Entonces tendré la seguridad de que nada me podrá ocurrir", dijo momentos antes de recobrar la libertad. Una comitiva encabezada por Gregorio Peces Barba y Javier Solana tuvieron que trasladarse hasta su domicilio de Collado del Hoyo, donde se escondía entre conejos, para hacerle entrega del documento de su filiación socialista. Sólo entonces quedó convencido de que Franco había muerto.

Secundino Angulo, apodado 'Tifón' y burgalés del Valle de Losa, era una labrador socialista, 'fichado' por uno de los 'comités' el verano de 1936. Pero pudo escapar del camión en el que se le trasladó al alto de la Horca, donde fueron 'ejecutados' sus compañeros de viaje. Luego permaneció hasta diez años escondido en un agujero que él mismo cavó en una cuadra de ovejas. Cuando se producían en su casa las periódicas visitas de la Benemérita, su padre cubría el foso con estiércol. Sólo abandonaba su refugio por las noches.

Como era de prever, pronto cogió una infección de orina. Como no se podía llamar al médico, su padre se hizo pasar por enfermo y la medicación que le recetaban la consumía el hijo.

Los hubo también con menos suerte y que fueron descubiertos pronto. Fue el caso de Manuel Montes, secretario de la CNT en La Coruña. Durante dos años estuvo oculto en un doble fondo de la cocina de su casa hasta que fue descubierto por un descuido. Forma parte de la relación de desaparecidos.

Y hasta se produjeron casos esperpénticos como los protagonizados por 'topos' que dejaron embarazadas a sus esposas. Ellas tuvieron que añadir a su condición de 'enemigas' del régimen la condena de ser madres solteras en una sociedad nacional católica como la española de la dictadura. Eran consideradas 'viudas' ligeras y, por supuesto, sufrieron la persecución de la Iglesia y de sus vecinos.

La mayoría de los topos salieron como hongos después de la lluvia tras el decreto de amnistía concedido por el dictador en 1969, pero también fueron muchos los que desconfiaron de ese ejercicio de bondad de Francisco Franco Bahamonde y decidieron seguir sin ver el sol. Tuvieron que esperar a la muerte del Generalísimo escondidos en los sitios más inhóspitos.

El libro 'Los topos', de Jesús Torbado y el siempre añorado colega periodista Manuel Leguineche, tras ocho años de investigación desafió hasta amenazas de muerte para trasladar en 1977 a lectores todavía impregnados del miedo postbélico estremecedores testimonios de quienes fueron perseguidos por un enemigo invisible que los enterró en vida. También el hispanista Roland Fraser ahondó en el tema con su obra pionera 'Escondido', de 1972.

El cine español hace poco que ha comenzado a reflejar la realidad de la Guerra Civil y sus consecuencias. Hasta ahora no había pasado el suficiente tiempo desde el fin de la dictadura para que la imparcialidad pudiera trasladarse al celuloide con el fin de contar historias presas del silencio, que no del olvido.

Hace tres años el director onubense Manuel H. Martín rindió homenaje a los topos en su ópera prima '30 años de oscuridad', una novela gráfica llevada a la gran pantalla. El protagonista es Manuel Cortés, el anteriormente referido alcalde de Mijas, que no pudo huir al extranjero al acabar la Guerra Civil.

Sabedor de que era candidato al fusilamiento, ayudado por su esposa Juliana, decidió ocultarse en su propia casa, que se convirtió en un zulo. Construyó un pequeño hueco detrás de una pared y allí vivió escondido hasta marzo de 1969, cuando escuchó en la radio que el Gobierno concedía el perdón para los delitos cometidos del 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939. Las pocas veces que abandonó su cárcel particular, lo hizo disfrazado. Sabía que no podía encontrar ayuda en nadie, ni en sus propios familiares.