El Correo
Soldados checos adpatados a las duras condiciones climatológicas de Siberia.

La leyenda de la legión checoslovaca

  • Salió de una guerra para meterse en otra, controló la línea del Transiberiano, conquistó y gobernó inmensos territorios de los Urales, se apoderó del fabuloso tesoro del zar y nunca fue derrotada

La Anábasis y Trafalgar, en los libros de Historia; la Odisea y la Ilíada, en la Literatura son gestas que todos conocemos desde nuestra más tierna infancia y que acabamos mitificando. Pero apenas si hemos oído hablar de una de las hazañas más solemnes de la Gran Guerra, quizá por el desarraigo de los protagonistas, en sus inicios un ejército de desarrapados que acabaron por componer la tropa más experimentada de la contienda. Entre sus acciones más significativas figuran el control total de la línea del Transiberiano, la conquista de inmensos territorios de los Urales y la captura del tesoro del zar. Conocida como la legión checoslovaca, dio pie a una de las pocas leyendas que ha generado el siglo XX.

Nunca un ejército ha protagonizado una gesta similar. Ni tan siquiera la Anábasis (400 aC) llega a superar una proeza tan memorable. La expedición militar de Ciro el Joven contra su hermano el rey de Persia Artajerjes II, y el posterior intento de retorno a la patria de los 10.000 mercenarios griegos que estaban a su servicio, tras la derrota y muerte del mismo, ha sido glosada en decenas de libros y ha inspirado a autores de todas las épocas. La aventura de las tropas de Masaryk sólo la conocen los entusiastas de las hazañas bélicas.

Lejos de lo que cree la mayor parte de la gente, el Transiberiano no es un tren, sino una red ferroviaria que conecta la Rusia europea con las provincias del Lejano Oriente ruso, Mongolia y China. La ruta principal fue inaugurada, tras trece años de intenso y difícil trabajo, el 21 de julio de 1904. Con una extensión de 9.288 kilómetros, el tendido férreo une Moscú con la costa rusa del Pacífico -más concretamente, con Vladivostok (en el mar de Japón)- y cruza la mayor parte de la que fue la Asia soviética. Esta vía, que atraviesa ocho husos horarios y cuyo recorrido conlleva siete días de viaje, constituía por aquel entonces el servicio continuo más largo del mundo (Duisburgo-Chongqing lo es actualmente). Vio la luz tras una obra titánica que tuvo que salvar tres de los ríos más grandes del planeta, la mayor zona boscosa y el lago más extenso, el Baikal; todo ello, agravado por uno de los climas más duros.

Checos y eslovacos contaban con un acervo cultural imponente y numerosas señas de identidad propias, pero carecían iniciado el siglo XX de una patria. Al explotar la guerra, se vieron involucradas todas las grandes potencias industriales y militares de la época, divididas en dos alianzas opuestas. Por un lado, los Aliados, cuyo núcleo lo componía la Triple Entente, formada por Reino Unido, Francia y el Imperio Ruso; por otro, las Potencias Centrales, el Imperio alemán y Austria-Hungría. Italia, que había sido miembro de la Triple Alianza junto a Alemania y Austria-Hungría, no se unió a las Potencias Centrales, pues Austria, en contra de los términos pactados, fue la nación agresora que desencadenó el conflicto. Ambas alianzas sufrieron cambios y fueron varias las naciones que acabarían ingresando en las filas de uno u otro bando según avanzaba la guerra: Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos se unieron a los Aliados, mientras el Imperio Otomano y Bulgaria se aliaron con las Potencias Centrales. Más de 70 millones de militares -60 millones de europeos- se movilizaron y combatieron en la guerra más grande de la historia.

El 14 de agosto de 1914, dos semanas después de iniciado el conflicto, se formó con 720 hombres el primer batallón checoslovaco integrado en el Ejército del zar y comandado por oficiales rusos. A medida que transcurría la guerra, los voluntarios checos fueron aumentando en las unidades rusas, ganando prestigio en sus campañas contra el enemigo. Mientras, un profesor de Filosofía de la Universidad de Praga, Thomas Masaryk, que había convencido a Nicolás II para que les dejara engrosar sus filas, negocia clandestinamente con el servicio secreto inglés a través del diario londinense 'The Times', al que informa de los deseos de independencia. A finales de septiembre de 1917, unos 40.000 hombres bien armados formaban ya el ejército de Checoslovaquia, un país que no aparecía aún pintado en los mapas. Y pocos días después Rusia firmaba la paz con Alemania.

Con la Revolución de Octubre, y la rúbrica en marzo de 1918 en Brest Litovsk del tratado que ponía fin a la participación rusa en la Gran Guerra, Masaryk acuerda con las autoridades bolcheviques la evacuación de los soldados checos que luchan en el frente ruso. Los planes trazados con los aliados planteaban el envío de la legión a Francia y continuar la guerra contra los alemanes. Para ello se pondría a disposición de los checos una flota de barcos de transporte en el puerto que se indicara. La vía más cercana era el embarcadero de Arcángel, en el Mar Blanco. El coronel Husak, con 1.100 hombres, consiguió llegar a su destino y salir de Rusia. Serían los primeros y los únicos legionarios en hacerlo por aquel fondeadero. La ruta hacia el norte se hizo impracticable, al ser bloqueada por los alemanes. Sólo quedaba la alternativa más alejada, llegar a Vladivostok. Eran 9.600 kilómetros de viaje por Rusia, 8.800 de ellos en el Transiberiano, una gesta que nunca antes había realizado ningún ejército.

La legión decidió concentrarse primero en la localidad de Penza. Situada a orillas del río Sura, esta ciudad de Rusia central era un importante nudo ferroviario y centro industrial. Luego viajarían hacia el Este, hasta Vladivostok, donde tomarían los barcos rumbo a Estados Unidos para desde allí llegar de nuevo a Europa y meterse otra vez de lleno en la guerra.

Según lo pactado con los bolcheviques, la evacuación debía de realizarse de la siguiente forma: cada tren transportaría 600 hombres con 168 fusiles y una ametralladora; el resto del armamento debería quedarse en Penza. Pero había un problema. Por la misma línea y en vía opuesta, unos 450.000 prisioneros alemanes y austro-húngaros liberados viajaban hacia ellos, con lo que los enfrentamientos en las distintas estaciones de la línea estaban asegurados.

El encontronazo era inevitable. Uno de los trenes donde viajaban los checos paró en la estación de Chelyabinsk (Urales) y al poco tiempo llegó otro convoy cargado con soldados húngaros que iba en sentido opuesto y estacionó junto a ellos. Los abucheos, insultos y amenazas entre unos y otros no se hicieron esperar. La tensión en el ambiente se encontraba al máximo. Y se armó. Una piedra cayó sobre uno de los legionarios, impactando en su cuerpo e hiriéndole de gravedad. Sus compañeros no se lo pensaron. Saltaron del tren hacia los húngaros y mataron al imprudente lanzador. Las tropas blocheviques, testigos del conflicto, en vez de rebajar la tensión, arrestaron a varios de los checoslovacos, lo que desembocó en una ola de protestas. El descontento fue en aumento hasta que la división entera asaltó la estación ferroviaria, reduciendo a los rusos y liberando a sus compañeros para más tarde adueñarse de la ciudad. El comisario jefe bolchevique telegrafió inmediatamente a Moscú señalando que se trataba de una rebelión total de la legión. Al cabo de unos días, León Trotsky, comisario general de guerra, ordenó mediante telegrama el desarme total de la legión y el fusilamiento de los que se negaran a entregar sus armas.

El tesoro del zar

La guerra estaba servida. Las fuerzas de la legión se repartieron por el territorio y tomaron las principales ciudades de la región, como Perm, Samara, Ufa, Orengurg y Syzran, casi soprendiendo a los soldados de la revolución todavía muy desorganizados. Los éxitos en los Urales y Siberia ayudaron a que apareciera con fuerza el movimiento blanco. Los anticomunistas comandados por el almirante Kolchak, que se oponían al gobierno central ruso, se unieron a la legión checa.

Las tropas checoslovacas, que para entonces ya suman 60.000 hombres, se despliegan a lo largo de la línea del Transiberiano. En un extremo, cuatro regimientos del ‘grupo de Penza’ controlan el funcionamiento del ferrocarril; otros tantos lo hacen por el Este. Todas las posiciones del Volga y los Urales acaban por quedar en manos de la legión. Para el 29 de junio de 1918, se completa el control sobre la red ferroviaria más larga del mundo al tomar Vladivostok, y unos días después la costa del Pacífico. Y con el ferrocarril se remata el dominio del telégrafo y las comunicaciones.  La  legión checa reunió en el extremo más oriental ruso 259 trenes con 531 coches de pasajeros y 10.287 vagones. También defendían la línea con un tren blindado artillado llamado Orlik (‘Pequeña Aguila’, en checo) que habían capturado a los bolcheviques en Simbirsk, que constaba de una locomotora ‘Zaamurets’ blindada y dos carros de artillería ‘Khunkhuz’.

Poco a poco los soldados se asientan en la vasta zona que controlan y compaginan los servicios de vigilancia con la vida social. Crean servicios postales, forman una red de intendencia e incluso editan un periódico. Muchos de ellos contraen matrimonio con mujeres rusas, que luego se llevarían a su país. Surgieron los oficios necesarios y no faltaron artistas para decorar los vagones de tren.

Los historiadores creen decisiva la presencia de los checoslovacos en la suerte del zar y su familia, y su posterior asesinato por agentes del soviet en Ekaterimburgo (Urales). Los carceleros pensaban que el objetivo de los legionarios, que se encontraban a dos días de marcha sobre la ciudad donde permanecía recluido Alejandro II, era la liberación de los Romanov, y presos de pánico acabaron por la vía más rápida con sus vidas.  Lo cierto es que las tropas de Masaryk desconocían lo que se estaba cociendo en Ekaterimburgo.

Poco tiempo después, en agosto la legión se apodera de Kazan (Tartaristán), una de las ciudades más importantes del sur ruso, donde se custodian las reservas del zar, que los bolcheviques habían trasladado meses antes. Allí se almacenan 8.399 cajas de lingotes de oro, casi 2.500 sacos de piezas de plata y divisas en papel, y una veintena de sacos con piezas de oro y diamantes. Un fabuloso tesoro de 670 millones de rublos (18.134 millones de euros), cuyo destino aún hoy sigue sin esclarecerse. La tendencia a fabular se hace carne cuando se carecen de testimonios fidedignos.

Hay constancia de que el tesoro del Estado había disminuido prácticamente a la mitad cuando los bolcheviques vuelven a tomar el control del dinero. Según cifras oficiales, dos firmas estadounidenses de San Francisco, Remington Arms y Union Metallic Cartridge, ingresan en un solo verano 125 millones de rublos en oro. La versión más aceptada sobre la historia del oro defiende que sólo siete de los ocho vagones que cargaban la Reserva Imperial de Kazán fueron devueltos al Gobierno de Moscú. Hay quien asegura, aunque sin demasiadas pruebas, que con el vagón restante la legión se aseguró la repatriación, comprando o alquilando barcos en Vladivostok. El valor del contenido se sitúa en torno a los 89,36 millones de euros (trasladado a cifras actuales habría que multiplicar esa cantidad por diez). También hay quien mantiene que con ese dinero fue posible fundar en Praga el Legiobanka (banco de la legión), pero tampoco existen documentos que certifiquen tal aseveración.

Parece más que evidente que el oro sirvió como arma de negociación ante los soviéticos para poder abandonar Rusia y embarcar en las naves sin sufrir el hostigamiento ni la presión de las tropas ‘rojas’. El tesoro se reparte en diferentes trenes (supuestamente los vagones de carga llevan el distintivo de la Cruz Roja para evitar los ataques) que parten en dirección a Omsk. Y este viaje despierta más rumores que alimentan la leyenda. Se llega a asegurar que los checos hacen descarrilar uno de los convoyes a su paso por el lago Baikal y se hunde irremediablemente. O que los oficiales deben usar toda su fuerza para evitar que los soldados de escolta se hagan con parte del botín. A estas alturas de la guerra, todo el mundo conoce que el tesoro del zar permanece en manos de la legión. Aunque por poco tiempo. El 7 de febrero de 1920 se firma una tregua con los bolcheviques en la estación de Kujtun con la condición de que, después de pasar todos los trenes, el oro sea entregado al Consejo de Comisarios del Pueblo.

Masaryk utilizó las acciones de la legión checoslovaca en sus negociaciones con los aliados. La ayuda que proporcionaban con el control del Transiberiano y el apoyo a las fuerzas rusas antibolcheviques facilitó un acuerdo para conseguir el deseado reconocimiento a la independencia del pueblo checo. Antes de que capitulen los alemanes, y con ello se dé por finalizada la guerra, en septiembre de 1918, Robert Lansing, secretario de Estado de Woodrow Wilson, reconoció el pueblo checoslovaco y en octubre de ese mismo año se proclamó la República Checoslovaca.

Evacuación de las tropas

Las tropas de la legión habían consolidado sus posiciones desde el Volga a Irkutsk, conquistando un territorio inmenso, más que ninguna otra potencia militar en toda la Gran Guerra. Pero en 1919 la causa de los rusos blancos se había estancado  y los comunistas se hacían más fuertes, en número y organización. Trotsky se había ocupado del adiestramiento y organización de los tropas rojas, que progresivamente conseguían más éxitos bélicos y reconquistaban el territorio. Los checos comenzaron a pensar más en el regreso a su nueva patria que en la guerra con los antiguos bolcheviques.

Tras varias negociaciones, en octubre de 1919 Masaryk consiguió por fin el visto bueno de los aliados para la evacuación de los checos y su vuelta a casa. A principios de enero de 1920, los barcos estadounidenses de la Cruz Roja empiezan a llegar a Vladivostok. Los primeros en partir serían los heridos. Antes de embarcar, los checoslovacos entregaron sus armas al movimiento independentista coreano, en guerra con los japoneses. Entre el 15 de enero y el 2 de septiembre de 1920, fueron evacuados 56.459 soldados y 11.271 civiles -incluyendo a unas 1.600 esposas rusas de legionarios- en 42 buques. Dejaron en Rusia a 4.112 compatriotas muertos. La mayoría viajó por mar a la costa oeste de EEUU, luego en tren por Norteamérica y de vuelta a Europa a través del Atlántico. Otros se fueron al oeste por el Océano Índico y el Canal de Suez.

A finales de 1920, todos los legionarios habían llegado a Checoslovaquia, un país que no existía en los mapas cuando partieron. El recibimiento fue tan caluroso como el honor que les reverenció la nación. Ese mismo año, Thomas Masaryk se convirtió en el primer presidente de la república.