«Aquí nos han robado a casi todos»

Antón Olarieta, junto a otros vecinos del barrio, cerca del lugar donde ocurrió el doble crimen. /Fotos: Ignacio Pérez
Antón Olarieta, junto a otros vecinos del barrio, cerca del lugar donde ocurrió el doble crimen. / Fotos: Ignacio Pérez

Los vecinos de Otxarkoaga denuncian que los robos y asaltos se han disparado en los últimos meses: «De un año para aquí, la cosa se ha puesto superturbia»

CARLOS BENITO

Con la excepción obvia de los residentes en la zona, hay pocos bilbaínos que pongan alguna vez el pie en Otxarkoaga. La mayoría maneja ideas de segunda y tercera mano sobre el barrio, extraídas de una leyenda negra que se ha perpetuado a través de las décadas, y seguramente se asombrarían si se animasen a dar un paseo por la Otxarkoaga actual: al emerger del metro, uno se encuentra espacios abiertos y un urbanismo amigable, alejado de la frialdad de bloques desangelados que sirve de estereotipo al barrio. Los vecinos solían afirmar con cierto alivio que Otxarkoaga estaba viviendo una de sus mejores épocas, como si hubiese logrado desencadenarse por fin del cliché negativo, pero en los últimos meses el ambiente ha experimentado un brusco cambio a peor. El crimen del jueves, un mazazo para todos, ha servido también como constatación definitiva de que hacen falta medidas para atajar de una vez la delincuencia y evitar que se reavive el viejo estigma.

La calle Zizeruena desciende por una ladera hacia la parroquia de los Santos Justo y Pastor. Al pasar por el lugar del suceso, separado de la vía principal por rampas y escaleras, los vecinos se detienen a mirar la casa y entablan breves tertulias. Todos coinciden en destacar que la situación se ha vuelto insostenible: no se trata de un problema crónico del barrio, como puede sospechar el forastero poco informado, sino de un fenómeno nuevo, una intensa sucesión de asaltos que se registra desde hace algo más de un año. «Hay muchos robos en las casas, sobre todo en los primeros y segundos pisos, y también en la calle: se llevan las carteras, las cadenas... Cada día está peor. Vemos poca policía. Ahora habrá más una temporada, pero eso no nos sirve ni a mí ni al barrio», lamenta Ana Curiel, que nació aquí, vivió dos décadas fuera y ha vuelto hace cuatro años. «Este era un barrio muy tranquilo», insiste varias veces. «Ves a los chavales en la plaza, al despiste, para ver si los mayores salen de la BBK con la pensión y darles el palo», apunta Antón Olarieta. «¡Es una vergüenza!», le apoya Josefina Urquijo, una señora que vive sola y estrenó la alarma de su casa la noche del jueves, tras enterarse de lo ocurrido. «Me dijo mi hijo que la pusiera».

Más información

Van pasando más vecinos y hacen comentarios al vuelo: «Dice el alcalde que Otxarkoaga es seguro: ¡será si llevas dos pistolas en el bolsillo! Aquí nos han robado a casi todos», grita una. «¿Por qué vendrán aquí a matar y robar, si somos tan pobres como ellos?», plantea otra. Da la impresión de que cualquier residente puede enumerar una larga serie de conocidos que han sufrido robos, si es que no han sido víctimas ellos mismos. En el Mercado Chino, el complejo comercial situado a escasos metros del lugar del crimen, se pueden encontrar ejemplos como el de Mari Carmen Sevillano, la propietaria de la librería Irune: «De lo mío hace un año, no quiero ni acordarme: me entraron dos, se llevaron la caja registradora de cuajo, me empujaron con violencia y, sobre todo, me dejaron con el susto», evoca. Aquel asalto fue motivo de una manifestación de protesta. «Ayer subía yo con otras dos chicas y a las tres nos habían robado. Aquí nos sentimos abandonados de toda la vida, pero yo llevo en el barrio desde los 5 años y nunca había oído algo como lo que ha pasado ahora», comenta Mari Carmen. Entra una clienta a comprar un libro de Marimotots y asiente: «A mí me entraron en casa hace nada. Vivo en un octavo, a mitad de bloque, pero me abrieron la puerta. Mi madre tiene 87 años y ahora he tenido que ir a verla, porque no se puede quitar de la cabeza lo que ha pasado, dice que siente ruidos».

«En la comisaría no hay un administrativo para poner denuncias»

Resulta difícil cuantificar con exactitud la delincuencia en Otxarkoaga, porque muchos hechos ni siquiera llegan a conocimiento de la Policía. "Tenemos una comisaría, pero no hay un administrativo para poner denuncias, de manera que mucha gente mayor lo deja pasar", destaca Pablo Herrán, de la Asociación de Familias de Otxarkoaga, que este año cumple medio siglo. "Lo que ha pasado ahora es excepcional –añade–, pero la sensación de inseguridad existe, y da la impresión de que las instituciones no están haciendo lo que deben".

En Otxarkoaga vive mucha gente mayor: son aquellos jóvenes que llegaron a Bizkaia hace más de medio siglo en busca de un porvenir y decidieron establecerse aquí, en la periferia sin urbanizar de la villa, con poco más que la ilusión. «Yo atravesaba las chabolas y no se oía ningún robo ni nada. Pero ahora, como no pongan un poco de mano...», se queja una de aquellas pioneras.

Cuatro niñatos

Carmen Jiménez, con su familia, asomada a la ventana por donde intentaron robarle. El pescadero Sergio López analiza la situación en su puesto del mercado. Julián Jiménez explica lo ocurrido el miércoles en su sede.

Los ancianos son quienes sufren de manera más acusada el actual clima de inseguridad. «Aquí hemos tenido diez años que se ha vivido de puta madre, una gozada, pero de un año para aquí la cosa se ha puesto superturbia –resume con vehemencia el pescadero Sergio López–. Si te fijas, ninguna señora mayor lleva oro, porque les dan el palo. ¡Son cuatro niñatos! Hace un par de semanas, a una le pillaron con 250 euros y le jodieron el mes. Y lo peor no es lo que les roban: después salen locas, con el bolso agarrado, con miedo... Les amargan la vida. Mi abuela vive sola y esta noche se ha quedado mi primo a dormir con ella». El propio Sergio recuerda aquella vez que fue a la tienda fuera de hora, para recoger unas kokotxas, y se topó con un ladrón dentro: «Lo conocía, claro que lo conocía. Entonces era aún menor, pero ahora es mayor de edad y está preso. Muchos son del barrio: el último que guindó aquí vive ahí, en el rascacielos», dice el pescadero, que se queda meneando la cabeza: «¡Podría haber sido mi abuela...!».

Angustia entre los ancianos

En el Salón del Reino de los Testigos de Jehová, Julián Jiménez y un compañero de congregación están haciendo reparaciones: el miércoles intentaron robar en el templo y, de una patada, les abrieron un boquete en el tabique de pladur. Ocurrió en plenos oficios, cuando estaban reunidos allí los feligreses del grupo de Trauko. Al parecer, los ladrones pretendían acceder al vestidor, donde se depositan las prendas de abrigo. «Es la primera vez que nos pasa algo así, y estamos aquí desde el 78 –se asombra Julián, que es del barrio–. Otxarkoaga siempre ha tenido mala fama, pero aquí hemos vivido gente corriente, normal, obrera. Ahora es cuando tenemos un poquitín de miedo». ¿Y ya les abren la puerta cuando van a predicar por las casas? «A nosotros sí, porque nos conocen y saben que somos gente de paz: el día de este conato de robo, pegaron a un miembro de la congregación y él ni siquiera respondió».

Buena parte de la leyenda negra del barrio se suele atribuir a los gitanos, pero también los hay entre las víctimas. «En verano intentaron entrarme en casa. Lo pilló mi yerno cuando ya tenía medio cuerpo dentro», relata Carmen Jiménez asomada a la ventana de su bajo, desde el que se ve la casa del matrimonio asesinado. La mujer, nacida en Otxarkoaga hace 57 años, emprende la inevitable enumeración de casos recientes, ese recuento casi obsesivo al que se entregan estos días los vecinos: «En el bloque de atrás, estando ella dentro, le entraron a una señora y le sacaron la tele por la ventana. ¡Hasta se comieron la fruta que tenía! Y aquí delante dieron un tirón, los pillaron y a las tres horas los vi en la parada del autobús. Serían menores, claro, pero algo habrá que hacer, no vas a dejarlos por ahí robando y matando».

«Hace falta policía de proximidad: con tres paseos cubren el barrio»

Las asociaciones de Otxarkoaga asumen la difícil tarea de alertar sobre el repunte de criminalidad a la vez que tratan de combatir esa mala fama que arrastra el barrio. "Llevamos tiempo denunciando la falta de seguridad, que del verano aquí ha ido a más, pero nunca pensamos que se podía llegar a este nivel", explica Álvaro Pérez, de la Asociación de Vecinos. ¿Qué se puede hacer? "Hay que tener un plan de acción con los jóvenes: no puede ser que por las mañanas haya chavalitos rondando por la calle. Y hace falta policía de proximidad: no podemos tener una comisaría con los coches aparcados e impolutos. Con tres paseos, cubren el barrio".

El portavoz vecinal insiste, no obstante, en que la imagen conflictiva del barrio es errónea, o quizá desfasada: "Yo tengo 32 años y no he vivido nada malo. Veo con sorpresa que gente más joven que yo habla de Otxarkoaga con connotación negativa, cuando el 90% ni siquiera ha estado aquí. No conozco a nadie que haya venido a estudiar o trabajar y no se haya quedado encantado".

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos