Los otros reyes de Bilbao

Antolín, primero por la derecha, con compañeros de la mili/E. C
Antolín, primero por la derecha, con compañeros de la mili / E. C
EL PISCOLABIS

Se llamaba Antolín y fue el tío de Melchor, Gaspar y Baltasar

JON URIARTE

Conocí la historia hace años. Tantos, que la había olvidado. Pero regresó por sorpresa a mi mente ayer por la tarde. Fue al contemplar a un niño, camino de la cabalgata, con cara de llevar tanta ilusión como pecado. Los Reyes Magos llegaban en unas horas y quizá no había sido del todo sincero al asegurar al paje real que había sido bueno todo el año. «¿Por qué se llaman Melchor, Gaspar y Baltasar?», soltó de sopetón, quizá para borrar de su mente esas dudas. Y la madre le respondió como solo lo hace una madre. «Porque sí. Y no te metas en todos los charcos que te estás poniendo perdido». Imposible no sonreír al verles partir hacia la Gran Vía. De hecho, sentí ganas de acercarme para contarles que existieron otros tres seres llamados así. Y que debieron su nombre a un valiente señor de Bilbao.

Allá por 2002 publiqué una historia en papel que merece hoy versión digital. Porque no hay mejor cuento que la propia vida. Así que vamos a regresar al Uruguay de 1907. En ese pequeño y orgulloso país había llegado desde nuestra villa un muchacho llamado Antolín Larrinaga. Tenía 18 años y todas las ganas del mundo por labrarse un futuro. A ello se puso hasta que, cuatro años después, recibió una demoledora carta. Era de su madre. En aquellos tiempos pocas misivas llevaban alegrías. Y aquella no fue una excepción. En ella le decía que su hermano pequeño, Francisco, pese a ser hijo de viuda, no se iba a librar del servicio militar. La razón de la negativa era que, estando el mayor en el extranjero, el menor no tenía excusa. Un drama. Porque no se trataba de ir a la mili. Sino a Melilla y luego al Rif. Es decir, a la guerra.

Antolín no se lo pensó. Hizo el petate y regresó a casa. Por poco tiempo, eso sí. El justo para besar a su madre, abrazar a su hermano y partir hacia África. Nada más llegar le hablaron de los 'cadí' que lideraban la rebelión marroquí y contaban con fama de sanguinarios. Era tal el terror que algunos de sus compañeros intentaban evitar el frente escondiéndose en los féretros vacíos que aguardan a los soldados muertos. Por suerte nuestro paisano, pese a combatir largo tiempo, logró sobrevivir. Años después regresaba a Bilbao y se instalaba en Cruces. Trabajando en los Astilleros Euskalduna de Olabeaga logró ganarse dignamente las alubias y, fruto de su tesón, acabó siendo jefe de operarios. Podríamos contar más cosas de Antolín, pero si recordé su historia no fue por sus andanzas. Sino por algo que hizo su hermano Francisco.

No está claro cuándo tomó la decisión. Pero sí la razón. Una fecha. El 5 de enero de 1911. Poco antes de la media noche, Antolín llegaba desde Uruguay. Su regreso, como decíamos, suponía que Francisco no tenía que ir a África ni ser novio de la muerte. Por eso, pasados los años y recordando aquél día, bautizó a sus tres hijos como Melchor, Gaspar y Baltasar. Porque jamás existió en el mundo un regalo tan grande. Ni tan inesperado. El de un hermano que arriesgaba su vida para que él no lo haga. Cuenta Javier, nieto de Antolín, que su abuelo rara vez contaba sus aventuras de juventud. Pero las noches en que la bruma entraba por el Abra y cabalgaba sobre la ría, su voz se escuchaba por toda la casa.-¡Qué buena puntería tenían los moros con sus espindargas!-declamaba, más que contaba, ante sus atónitos nietos. Pero jamás presumió de valentía. Y aún menos de lo que hizo por Francisco. Para él era algo normal.

Siempre fui de Melchor. No pregunten la razón. Preferir a un Rey es como elegir equipo de fútbol. Es algo que haces de pequeño de manera irracional y te pasas el resto de tu vida intentando explicarlo de manera racional. Si no recuerdo mal mis hermanos son de Baltasar. Y hay gente en la familia y entorno que prefiere a Gaspar. Nada que no suceda en todas las casas. Incluidas, como la nuestra, aquellas en las que también tiene vigencia y poder el señor Olentzero. Que una cosa no quita la otra. Pero algo me dice que en el hogar de Francisco había un rey más. No llevaba corona. Ni capa. Y tampoco aparecía en camello. Pero cierto 5 de enero llegó por sorpresa a casa de los Larrinaga. No venía de Oriente. Sino de Occidente. De Uruguay para ser exactos. Se llamaba Antolín. Y por su honor y en su memoria, tres hombres llevaron con orgullo los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar.

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