Repartidores de magia

Sin ellos, la Navidad no sería lo mismo. Tres Reyes, dos Olentzeros y un Papá Noel cuentan detalles de su tarea

Bien avenidos. Los Reyes y Olentzero charlan con una residente de La Misericordia./Ignacio Pérez
Bien avenidos. Los Reyes y Olentzero charlan con una residente de La Misericordia. / Ignacio Pérez
CARLOS BENITO

Al crecer y hacernos adultos, solemos perder el contacto con la magia de la Navidad. Las fiestas se van volviendo cada vez más complicadas, con sus obligaciones y sus compromisos, su gente que falta y su gente que sobra, y a menudo añoramos aquella fascinación de cuando éramos pequeños, tan parecida a la felicidad pura. Pero hay una manera de recuperarla, un truco fácil para despertar la ilusión dormida: basta vestirse de alguna de las figuras propias de estas fechas (de Reyes, de Olentzero, de Papá Noel) para que se nos vuelvan a abrir de par en par las puertas de la infancia. Encontrarse con la mirada de los niños maravillados, distinta a todas las demás, produce algo así como una conmoción emocional y nos enseña que los críos son los verdaderos repartidores de la magia.

Los protagonistas de este reportaje conocen bien esa sensación de que, durante un rato, los contemplen como si fuesen lo más importante de este mundo. Siempre con el permiso reglamentario de los Reyes, de Olentzero y de Papá Noel, a los que no les viene nada mal una ayudita en estas jornadas de tanto ajetreo, Marino, Josu, Isidro, Jesús, Igor e Inma han asumido la responsabilidad de ejercer de representantes suyos en algunas de sus citas vizcaínas.

Marino, Josu, Isidro y Jesús Los Reyes y el Olentzero de La Misericordia «Al vernos, les viene un golpe de memoria»

A diferencia de otros animales, el cerdo no tiene un papel muy relevante en el relato bíblico del nacimiento de Jesús, pero resultó crucial a la hora de establecer el vínculo de los Reyes Magos y Olentzero con la residencia de La Misericordia. Todo viene de los años en los que la Academia del Cerdo Txarriduna recuperó la rifa navideña de un cochino, castiza costumbre bilbaína que en su momento había impulsado la institución benéfica. Como reconocimiento a la tradición, los académicos llevaban el animalito a La Misericordia y le sacaban una foto con los ancianos. Y a finales de los 90, el año que ‘Tiberio VIII’ no le tocó a nadie, lo convirtieron en chorizos (‘tiberitos’ los llamaron) y recaudaron 400.000 pesetas que sirvieron para pagar el salón de actos del centro.

Esa alianza festiva entre La Misericordia y Txarriduna es la que transforma a cuatro miembros de la singular academia en Reyes y Olentzero. Marino Montero lo tiene fácil como Melchor, porque solo ha de soltarse la eterna coleta y ya parece un canoso monarca de baraja. Josu Samaniego es Gaspar, con las facciones perdidas en un revuelto mar de postizos. Isidro Elezgarai es el Baltasar suplente, ya que el papel lo asumen habitualmente personas de raza negra: él se ocupa de cubrir las bajas imprevistas, una tarea de mucho mérito en alguien alérgico al maquillaje. Y Jesús Zabala es Olentzero, o eso dicen, porque, con esa estampa y esa barba sin afeitar desde octubre, más parece que sea el carbonero auténtico quien ha cometido la travesura de suplantar a Jesús Zabala. El efecto que causa la presencia de los cuatro por los pasillos no es muy diferente al que podrían tener en un colegio: muchos ancianos -sobre todo, las señoras- se acercan a abrazarlos y retratarse junto a ellos.

«Es bonito hacer algo por la gente mayor, devolver algo a los que han trabajado toda la vida por nosotros. La monotonía mata y nosotros les alegramos un poco el día», explica Gaspar. «Es hermoso y muy duro a la vez. El primer año me puse a llorar. Le dije a una señora: ‘Hola, abuelita, el rey Baltasar quiere darte un beso y un abrazo’. Y ella me respondió: ‘Ay, hijo, hace mucho tiempo que nadie me da besos ni abrazos’. Yo soy un llorón, así que...», recuerda Baltasar. Según detallan los trabajadores de la institución, hay residentes que solo reaccionan durante la visita de los Reyes. «Les viene un golpe de memoria, de recuerdo de su infancia. Es el ciclo de la vida, acabas siendo niño», reflexiona el rey negro, ya con los primeros escozores en la cara.

Los Reyes visitarán La Misericordia el 4 de enero: como siempre, junto al grupo de gaitas gallegas Os Agarimos, un fondo musical que «completa el rollo esotérico», según comenta un sonriente Melchor. Olentzero ya pasó por allí este viernes, con su habitual acompañamiento de txistu, y presidió el festival de villancicos, al que también acuden nietos de los mayores: es un evento un poco imprevisible, en el que ya ha sucedido que un participante se arranque a cantar ‘El tamborilero’ y acabe empalmando lo de ‘ropopompón’ con ‘El porrompompero’.

El Olentzero de La Misericordia es un veterano que también ejerce en Getxo y en la fiesta de La Gota de Leche, así que ha aprendido un montón sobre magia y sobre niños: «Muchos se te acercan con los padres y te dan el chupete, porque saben que les vas a regalar algo. Al de media hora, siempre viene algún padre con el niño llorando para pedir por favor que le devuelvas el chupete. A lo mejor tengo treinta chupetes distintos, pero el niño siempre sabe al momento cuál es el suyo. ¡No dudan!».

Igor Espeso. Olentzero en Zubiarte «No paro de reírme, desde el principio hasta el final»
¿Has sido buena? Igor atiende a una niña en su trono del centro comercial Zubiarte.
¿Has sido buena? Igor atiende a una niña en su trono del centro comercial Zubiarte. / Borja Agudo

Igor era un candidato improbable a transformarse en Olentzero. Él mismo se mira al espejo y no acaba de verse las hechuras de carbonero fabuloso: «Soy pequeñito, ¡si no llego a 1,60!», se ríe. Pero es que, además, de toda la vida ha sido muy poco amigo de los atuendos extravagantes: «Yo creo que no me he disfrazado nunca. De chaval cogía unos berrinches tremendos para no hacerlo». El caso es que el mercado laboral nos empuja a veces por caminos inesperados. Igor trabajó de electricista y ahora está en una empresa de maderas, pero seguía apuntado a una ETT para días sueltos y el año pasado le llamaron para cubrir la vacante de Olentzero en el centro comercial. Con la tripa postiza, la barba de tres días y un poco de maquillaje se obró la prodigiosa metamorfosis.

«Yo no había hecho nunca nada parecido, pero es verdad que siempre me ha gustado mucho tratar con los niños. Es más difícil de lo que parece: crees que les has pillado el punto con uno, pero te viene el siguiente y es radicalmente distinto. Los más pequeños se suelen quedar paralizados y solo dicen ‘kaixo’. Algunos te miran muertos de miedo. Otros ven la cesta de piruletas y pierden inmediatamente la vergüenza», repasa. Eso sí, la conversación suele seguir unos cauces invariables, según marca la tradición: «Yo les pregunto si se han portado siempre bien y ellos siempre, pero siempre, me dicen que sí, así que tengo que echar un vistazo a la madre para ver si está de acuerdo».

La experiencia le gustó tanto que, este año, deseaba el trabajo como si fuese un regalo de Navidad. «Unos días antes se lo decía a un compañero: ¡Ojalá me llamen! Es que el año pasado no paré de reírme, desde el principio hasta el final». Ha tenido suerte y ahí está de nuevo, con la delicada tarea de decidir si los niños se merecen lo que le piden («sobre todo, juguetes electrónicos y móviles») o un pedazo de carbón. Por cierto, con 26 añitos, ¿ya ha tenido alguna vez contacto con el carbón? «Ja, ja... Sí, cuando vas a hacer una barbacoa y lo compras en la gasolinera, nada más».

Inma Munarriz. Papá Noel «Es un traje supercalentito, nunca se pasa frío»
La mirada de los niños. Inma recorre el Casco Viejo de Bilbao con zancadas de Papá Noel.
La mirada de los niños. Inma recorre el Casco Viejo de Bilbao con zancadas de Papá Noel. / Ignacio Pérez

El pobre Papá Noel no tiene mucho mercado en Euskadi. Él finge que le da igual, le quita hierro al asunto con un despreocupado ‘ho, ho, ho, ho’, pero lo cierto es que pinta poco en nuestras navidades: en la votación on line que organiza estos días la agencia de publicidad Ros, solo el 5% de los participantes se declara ‘de Papá Noel’ frente a los Reyes y Olentzero, esa cuadrilla de acaparadores. Pero la encuesta también sirve para demostrar que algún partidario ya tiene, especialmente en fiestas infantiles de empresa -donde sirve de opción neutral entre las otras dos- y en familias de origen extranjero.

Pues bien, cuando se necesita un Papá Noel, ahí está Inma Munarriz, que se asegura las barbas a base de horquillas, se ciñe el cinturón negro «con la hebilla de oro macizo» y avanza a grandes zancadas hacia su destino. «Es un traje supercalentito, Papá Noel nunca pasa frío», agradece. Lo cierto es que a Inma también podríamos encontrarla vestida de payaso, de pirata, de superheroína, de princesa de ‘Frozen’ o, en Halloween, de «cualquier cosa horrorosa pero sin pasarse». Desde Semana Santa del año pasado, forma parte del equipo de Animaciones AEIOU, una empresa especializada en fiestas infantiles que tiene a Papá Noel en su catálogo.

«Vayas de Papá Noel o de cualquier otra cosa el secreto es dejar que los niños cojan confianza sin forzarles. Y, después, tratarlos de tú a tú, porque si no recelan y ya no se dejan -explica-. Otra clave es no tener vergüenza, saber salir de las situaciones». Lo más triste de todo es que el propio Papá Noel prefiere a la competencia: «Yo soy de Olentzero, como buena bilbaína. Soy muy básica: Olentzero, el Athletic y el chuletón. Llevo desde los 6 añitos en txistu y tocamos al Olentzero en el pasacalles de Astrabudua. Y en mi casa, desde pequeños, hemos sido siempre de los Reyes. ¡Les seguimos poniendo zapatitos y todo!», apostilla.

La chimbera, el ‘Quién es quién’ y la bici que no llega

Hoy en día, preguntarle a un niño qué regalos quiere por Navidad puede ponernos fácilmente en evidencia: la inmensa mayoría de las respuestas resultan desconcertantes o sencillamente incomprensibles para cualquier interlocutor mayor de 15 años. Hace unas cuantas décadas, cuando los Reyes que acuden a La Misericordia eran chavales, todo era mucho más sencillo. «El juguete más valioso de mi infancia fue la bici, sin duda. Y luego, los patines: de cuatro ruedas, claro, no estas maravillas de ahora. Mi mayor disfrute era bajar las rampas de Uribitarte con patines», evoca Isidro Elezgarai. «Yo me acuerdo sobre todo de la chimbera, ya sabes, la carabina de aire comprimido que dispara perdigones», dice un Josu Samaniego nostálgico de la niñez, de la escopeta y de los propios chimbos. Y Marino Montero no tiene que echar la vista muy atrás, porque es uno de esos tipos que siguen arrastrando las obsesiones de la infancia: «Mi juguete eran los trenes, y lo siguen siendo. Me encantaban. Recuerdo que mi abuelo me llevaba a la estación y me sentaba en un tren parado, no sé con quién hablaría para que nos dejasen hacerlo. A lo largo de la vida me han seguido regalando trenes y tengo muchos; lo que no tengo es espacio».

El caso de Jesús Zabala es peculiar: «Yo quería la bici, pero nunca me regalaron ninguna. Y también quería un balón, pero el primero que me regalaron fue ya de casado, ¡Me lo compró mi mujer!». Alguna vez llegó a hacer pedazos los obsequios de un tío suyo, por rabia de que no fuesen la bici anhelada. ¿Y qué hay de los más jóvenes? Inma Munarriz se acuerda, sobre todo, del ‘Quién es quién’, aquel juego de adivinar personajes a través de preguntas: «No sé cuántas partidas pude echar con mi hermana».

Y a la memoria de Igor Espeso acude inmediatamente un juguete que nadie en su familia ha podido olvidar: «¡La batería! Con 5 o 6 añitos me regalaron una batería, de juguete pero completa. Años después, mi ama me apuntó a música y me preguntaron qué instrumento quería tocar. Cuando respondí que la batería, mi madre dijo que ni loca, así que me tuve que conformar con la trikitixa y el saxofón».

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