¿Quién recuerda a los miñones de Bizkaia?

Imagen de los Miñones vizcaínos en el siglo XIX. / ARCHIVO HISTÓRICO DE ÁLAVA

Jorge Cabanellas, miembro de este cuerpo, rescata en un libro la historia de esta Policía foral desparecida durante la Guerra Civil

MARTÍN IBARROLA

Muy pocos saben que en el mismo momento en el que comenzó el bombardeo de Gernika, un convoy local entraba a la ciudad bajo las órdenes del comandante Ignacio de Anitua. Esquivaron los proyectiles de los aviones y evacuaron a la población «en shock» para que se guareciesen en los refugios antiaéreos. Aquellos hombres eran algunos de los 128 miñones de Bizkaia, la última Policía foral que tuvo el territorio. «Lucharon sin éxito contra un destino sumamente adverso. Eran apolíticos y representaban los valores más nobles de nuestra cultura. Franco dio la orden de eliminarlos y los sumió en el más completo de los olvidos. En Álava sobrevivieron porque no era una provincia ‘traidora’», explica Jorge Cabanellas, vizcaíno que ahora trabaja en Vitoria como miñón y acaba de publicar un libro donde recupera este trozo de historia perdida.

Cabanellas comenzó a indagar en el asunto al encontrar una de las chapas que los miñones colgaban en el ribete de su boina azul. Acabó atesorando tanta información que solo él era capaz de indicar quiénes posaban en las fotos de archivo. «Tuve que hablar con muchos familiares y amigos. Algunos archiveros los confundían con la Ertzaintza del 36, que entonces ni siquiera eran funcionarios públicos, así que me esmeré en poner nombre a cada uno».

También visitó los pocos resquicios históricos que evidencian este pasado. El azulejo con la placa del Cuartel Foral en Gordejuela, el hotel de Arakaldo, el edicio de Maskuluetxi en Ondarroa, la antigua comandancia frente a la Alhóndiga... El origen de esta Policía se remonta a 1784, cuando crean un cuerpo especial para el territorio de Bizkaia, que entonces sufría terribles índices de criminalidad. Son las llamadas Partidas Volantes, que pronto se vuelven un foco de corrupción y mafias internas.Un siglo después, en 1877, adoptan el nombre de «miñones» y consiguen un aparatoso despliegue de recursos y agentes mejor preparados.

El último alavés al mando

Cobran portazgos en los margenes de la provincia y arbitrios entre las localidades (un impuesto para los que llevaban mercancía de un pueblo a otro). También se encargan de la seguridad general de los ciudadanos,evitando las numerosísimas violaciones o persiguiendo a salteadores y contrabandistas. «No estaban marcados por ninguna ideología, como los anteriores cuerpos, que tenían un claro acento absolutista a favor de los ejércitos reales. Se les exigía estar limpios políticamente y debían superar diferentes pruebas en concurso público. El pueblo los quería», dice este escritor novel, cuyo máximo deseo sería que alguien les hiciera un «merecido» homenaje.

Dos agentes forales controlan los arbitrios en 1897. / ARCHIVO HISTÓRICO DE ÁLAVA

Mientras investigaba para su libro, Cabanellas logró un puesto como policía foral en Vitoria. El hecho de que el autor –un bilbaíno de 42 años– acabara siendo un miñón alavés recuerda a la historia del último comandante que quedó al mando de este cuerpo en 1937. Se trata de Ignacio de Anitua, un vitoriano que comandó el convoy durante el bombardeo de Gernika y después lideró una resistencia suicida en la villa.

Superviviente de África

Al estallar la guerra, los miñones aseguraron el Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación para evitar que los ‘alzados’ tomasen la ciudad. Esto acabaría condenando a muerte a una docena de ellos y mandaría a la cárcel al resto. Anitua quedó al mando del cuerpo cuando su superior se cambió de bando.

El veterano policía aguantó en la capital vizcaína hasta que la Guardia Civil, la Falange y los requetes los encarcelaron en 1937. Gracias a sus contactos en el ejército, este vitoriano, que ya combatió en África y en Jaca, consiguió evitar la muerte y reducir su condena a seis años. Según Cabanellas, Anitua siguió portando la txapela ladeada el resto de su vida.

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