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La Diputación quiere unificar sus sedes

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Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Piensa uno por lo que sea en la ubicación física de la Diputación y visualiza el palacio de la Gran Vía, tan sólido y majestuoso, tan ecléctico y alfonsino, con su balconada, sus tapices, su escudo en todo lo alto y sus bares de acrisolada solvencia en la calle homónima y adyacente. Los bares, claro, no forman parte del organigrama foral; pero es que tampoco resulta fácil pensar mucho rato seguido en un palacio de piedra de sillería. Como todos, el pensamiento huye hacia eso que los expertos llaman la zona de confort.

En cualquier caso, en el palacio del 25 de la Gran Vía está la Diputación. Aunque la Diputación, por supuesto, no cabe allí dentro. Tal vez lo hizo en 1900, cuando el gobierno foral (que no era entonces muy foral) se mudó buscando espacio, dejando atrás el edificio de la Plaza Nueva que hoy ocupa Euskaltzaindia. Pero piensen que en 1900 Bizkaia tenía 300.000 habitantes y el Conde Aresti no necesitaba equipos trabajando, qué sé yo, en el Bizkaia Tourism Action Group.

Hoy la Diputación es una maquinaria compleja y omnipresente que requiere espacio y se reparte por más de treinta edificios en Bilbao. A veces son grandes sedes y a veces son oficinas más manejables. A veces los inmuebles son de propiedad foral y a veces son alquilados. Además de un gasto, el despliegue supone un cierto lío y la centralización de las sedes es un proyecto antiguo. Josu Bergara quiso llevarlo a cabo en la Torre Iberdrola y José Luis Bilbao se apresuró en cuanto juró el cargo a detener la mudanza, ocasionando un memorable ruido de sables y makilas.

Quizá en un futuro no demasiado lejano veamos las sedes forales reunidas en algún lugar que lleve un friso para la historia: «Rementeria fecit». Ayer la Diputación informó de que retoma la aspiración de agrupar a sus efectivos en el lugar adecuado y estudia para ello tres opciones. Dos de ellas son contundentes y tienen que ver con construir un edificio, que debería ser lo suficientemente grande y céntrico, o con comprarlo directamente, si lo hubiera disponible en el mercado. La tercera opción, más conservadora, tendría que ver con rehabilitar algunas de las sedes existentes y conectarlas en una especie de circuito propicio a la administración y el papeleo. Sí, yo también he pensado lo mismo: cualquiera de las opciones garantiza una mudanza aterradora.

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