«Me quieren quitar la escolta y sé que mi expareja me va a matar cuando esté sola»

Ana, con la sombra de su guardaespaldas detrás, vive con protección desde que su expareja salió de la cárcel./JORDI ALEMANY
Ana, con la sombra de su guardaespaldas detrás, vive con protección desde que su expareja salió de la cárcel. / JORDI ALEMANY

Una víctima de violencia de género de riesgo extremo con cinco hijos pide a la Ertzaintza que le mantenga la protección permanente o le dé «una solución»

David S. Olabarri
DAVID S. OLABARRI

«Mi nombre es Ana y soy madre de 5 hijos fruto de un matrimonio de 10 años. Un matrimonio marcado por la violencia psicológica, física, sexual y económica. Diez años en los cuales lo más bonito fue el nacimiento de mis hijos, tres de los cuales fueron concebidos por violaciones -de su propia pareja-». Así comienza la carta que esta vecina de Bilbao ha escrito a las instituciones pidiendo ayuda. Ana (nombre ficticio) se ha animado a redactarla porque tiene miedo. En realidad, lleva con esa sensación metida en el cuerpo desde que su exmarido le metió la primera paliza porque ella, en un bar casi vacío, se despistó y se metió sin querer en el baño de los chicos. De aquellos primeros golpes han pasado 20 años. De la primera vez que se atrevió a ponerle una denuncia, diez. Se decidió a ir comisaría cuando este individuo, al ver que ya no podía hacerle nada más, agredió a uno de sus bebés.

En este tiempo ha experimentado todo tipo de sensaciones: desde el terror de salir a la calle sabiendo que tú y tus hijos estáis en peligro, hasta la relativa paz con la que se puede dormir cuando sabes que la persona que te ha intentado asesinar en dos ocasiones está encerrado en la cárcel y no te puede hacer daño. En este tiempo ha tenido mucho miedo y ha estado más que triste. Otras veces ha sentido que le abandonaban las fuerzas ante la dificultad que supone sacar adelante a cinco hijos ella sola. Pero siempre se reconfortaba con una idea, que ella misma se repetía una y otra vez. Como un mantra. «Todo esto lo he hecho para poder vivir. Yo y mis hijos».

Lo que Ana no esperaba era que, después de 20 años peleando, después de dos décadas desde aquellos primeros golpes e insultos, se iba a volver ver a sí misma como al principio: paralizada por el miedo; pensando que su expareja puede aparecer en cualquier momento para cumplir las amenazas con las que lleva tanto tiempo atormentándola. Un sentimiento que no se puede sacudir desde que hace unas semanas recibió una llamada telefónica del agente de la Ertzaintza que supervisa su caso. «Me dijo que mi expareja llevaba seis o siete meses sin acercarse a mí y que, por tanto, según su protocolo, tenían la idea de rebajar mi nivel de riesgo y quitarme la escolta. Me dijo cuatro veces que fuese haciéndome a la idea. Desde entonces no duermo bien. Porque yo sé que me sentenció a muerte en febrero de 2009, cuando entró por primera vez a prisión. Lo vi en su mirada. Y, en cuanto esté sola, me va a matar. No tiene nada que perder. ¿Cómo me pueden hablar de protocolos cuando sabes que eso va a ocurrir?», relata.

Ana es una de las cerca de 50 mujeres que tienen que ser escoltadas de forma permanente en Euskadi para evitar que sus exparejas las agredan. Estos casos son los más extremos dentro de las cerca de 4.500 víctimas de violencia de género que reciben algún tipo de protección por parte de la Policía vasca, que establece diferentes medidas de seguridad para cada caso concreto.

Volver a nacer

Ana vive con escolta desde que su exmarido salió por última vez de la cárcel el verano pasado, después de cumplir una condena siete años y medio de prisión. Aquellos años fueron un paréntesis de paz. «Mis hijos volvieron a nacer. Podían andar libremente y sin miedo», explica.

El Gobierno vasco insiste en que se le mantendrá la vigilancia por ahora

Fuentes del Departamento vasco de Seguridad insistieron en que las medidas de protección que se establecen a las víctimas de violencia de género son de carácter individual y se encuentran, además, sujetas a «valoraciones periódicas». Es decir, cada cierto tiempo los especialistas de la Ertzaintza evalúan la situación de las mujeres maltratadas para determinar, en función de una serie de parámetros, si es necesario incrementar o rebajar los niveles de seguridad. Las mismas fuentes insistieron en que quitar una escolta no significa eliminar la protección, sino que existen otro tipo de medidas de seguridad intermedias -como las contravigilancias- que se pueden seguir manteniendo. En todo caso, recalcaron que a esta víctima se le mantendrá por ahora la escolta permanente, aunque advirtieron que su situación podría variar en los próximos meses.

Pero todo cambió cuando salió en libertad y se fue a vivir a su casa, a sólo «200 metros» de ella. A finales del pasado año, los jueces volvieron a ponerle una orden de alejamiento respecto a Ana y sus 5 hijos después de que fuese a buscarles a un bar «todo borracho». Desde entonces, muchas veces abre la puerta a su hijo mayor con un cuchillo en la mano por si acaso él está allí escondido. Y, desde entonces, se sorprende a sí misma recordando cosas que preferiría haber olvidado.

Su expareja se escondió debajo de una cama y la atacó con un cuchillo cuando estaba dormida

Después de 7 años y medio encarcelado, su exmarido vive a 200 metros de ella y sus cinco hijos

Tiene muchos recuerdos horribles. Por ejemplo, cuando se arrancó de alguna forma la pulsera electrónica que se le impuso para asegurarse de que no se acercaba a ella. Y, sobre todo, cuando intentó asesinarla por segunda vez. Fue poco después de poner la denuncia. Él se lo llevó todo y Ana no tenía dinero «ni para cambiar la cerradura». Un día llegó a casa con sus niños y se sorprendió porque le parecía percibir su olor. Miró en algunos rincones de la casa, pero pensó que quizá se estaba obsesionando. Entonces cerró la puerta por dentro como le habían enseñado, acostó a los pequeños y se fue a dormir. Él estaba escondido debajo de una cama. A las tres de la mañana, Ana notó una mano que le tapaba la boca y la punta de un cuchillo en el cuello. Le dijo que se callara y que fuera con él al salón, que había llegado el momento de «terminar con todo». Ana tuvo la suerte de que su hijo mayor, que entonces apenas tendría 7 años, escuchó lo que ocurría y se abalanzó sobre la espalda de su padre. Ana consiguió entonces zafarse y su exmarido salió corriendo de casa. En el salón encontraron dos hachas de grandes dimensiones.

«Sólo pido una solución, que me escuchen. Vivir con escolta es muy duro, pero tenemos seguridad. No soy un número. No quiero ser la víctima x que muere a manos de su expareja. Quiero vivir para seguir criando a mis hijos. ¿Quién se hará cargo de ellos si yo no estoy? Y quiero vivir para poder disfrutar de la vida que años atrás me quisieron arrebatar», resume.

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