Las mascotas de...

«Donde no pueden entrar mis perros tampoco entro yo»

Patxi Ortún, sentado en la escalinata del Palacio de Justicia junto a Perico y Duncan./JORDI ALEMANY
Patxi Ortún, sentado en la escalinata del Palacio de Justicia junto a Perico y Duncan. / JORDI ALEMANY

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Cuando Patxi Ortún se trajo a Bilbao su primer crestado chino, allá por 1990, no le quedó más remedio que acostumbrarse a las preguntas y los comentarios sin fundamento: «La gente lo veía sin pelo y se pensaba que estaba enfermo», recuerda. Él se había enamorado de esta raza al ver un ejemplar en un cuadro, pero entonces no resultaba nada sencillo hacerse con uno: «A Picasso lo conseguí en Washington a través de un amigo. Este es un perro difícil, caro, que te obliga a meterte en un mundo de criadores específicos. Yo soy especial, odio la vulgaridad y me identifico con lo distinto», argumenta. Juntos, Picasso y él, formaron una pareja chocante en aquel Bilbao más loco y espontáneo que el actual: «En la época techno, me teñí el pelo de naranja y le teñí a él la cresta. ¡Era un espectáculo! Yo soy un provocador y estos perros me han dado mucha marcha».

Patxi Ortún

Relaciones públicas. Su primer perro fue Laguntxo, un pastor alemán: «En aquellos años, había pastores alemanes en las casas», evoca, con cierto asombro por cómo han cambiado las costumbres. De su infancia también recuerda «las tortugas, los periquitos, aquellos pollitos y patitos que te regalaban... Cosas comercialmente indignas de la época franquista»

Con Picasso, que vivió 15 años, aprendió los cuidados extra que requiere esta raza singular, como la crema solar de bebé para protegerles la piel durante el verano, e incluso experimentó una transformación profunda que perdura hasta hoy: «Yo iba mucho a los toros porque me gustaba el entorno social, eso de ver juntos a gitano y señorito. Pero llegó Picasso y empecé a entender el sufrimiento del toro, que me recordaba a mi perro. Ahora soy bastante animalista y jamás volveré a una corrida», explica. Su siguiente crestado fue Lucky y el tercero, el actual, se llama Duncan y acompaña a su dueño con la elegante timidez de un joven modelo. Seguro que, con un dueño tan apasionado por las tendencias, tiene un guardarropa bien surtido y con algún conjunto disparatado, ¿verdad? «¡Todos son disparatados! Este abrigo se lo hicieron a medida en Derby. También tiene uno de Gucci y ahora le he traído un abrigazo increíble de Milán: los perros son como mis hijos, mis sobrinos, parte de mi familia, ¿cómo no voy a tener detalles con ellos?».

Traición y viagra

Desde hace año y medio, la familia cuenta con un tercer miembro. El vínculo entre Patxi y Perico tuvo en su origen un aire de traición sentimental: «En realidad, era de mi mejor amiga. Vivía en una finca de Palma de Mallorca, pero se enamoró de mí», relata su nuevo propietario, con sonrisa de triunfador en un triángulo amoroso. ¿Y cómo se ha tomado Duncan la llegada de este compañero? «No ha habido ningún conflicto, porque lo hicimos poco a poco, hasta que se dieron cuenta de que su destino era estar juntos. Eso sí, Duncan tiene el poder absoluto, es el presidente de la casa: si él le ladra a otro perro, Perico se lo quiere comer». El aire mandarín y casi gatuno del crestado blanco ha encontrado su contrapunto en el hedonismo glotón del Norfolk terrier: «Perico, ante todo, se muere por la comida, aunque tiene un problema cardiaco y lo han puesto a dieta, con un cóctel de medicación que incluye viagra».

Duncan y Perico

Raza
Duncan es un crestado chino blanco. Perico, un Norfolk terrier.
Edad
7 años Duncan y 9 Perico.
Peso
«Duncan pesa 5,80 kilos y Perico, 10,90», explica Patxi. ¿Y esa exactitud? «Es que acaban de tener revisión».
¿Alguna manía?
A Duncan le fascina la tele. «No puedo ver 'El encantador de perros', se vuelve loco».

Duncán.
Duncán.

Perico.
Perico.

Patxi Ortún también tuvo un par de gatos, pero prefiere sin ninguna duda la camaradería que brindan los perros: «Me aportan tantas cosas... Yo soy 'single' y los perros son mis colegas y me dan momentos maravillosos. Viajo con ellos, salgo con ellos: ya se saben la ruta del aperitivo, dónde tienen que ir y cuál es el camarero que les da algo. Donde no pueden entrar ellos tampoco entro yo. ¡Hasta voy a cambiar mi cuenta de banco porque, en el actual, no les dejan entrar a la oficina!».

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