En propia meta

En propia meta
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Crisis industrial, autogobierno, recortes en la RGI... El pleno de control en el Parlamento vasco transcurría ayer con normalidad. Pero subió al estrado Miren Larrion -que no solo es de Vitoria, sino que cualquier año de estos gobierna Vitoria- y empezó su intervención de un modo iconoclasta, tremendo, antisistema: «Quiero comenzar felicitando a Bilbao por el premio que recibió la semana pasada a la mejor ciudad».

Ahí mismo crujieron los engranajes de la política vasca, que se sostiene también sobre el odio feroz entre las capitales. «Tiene que venir ahora un sarcasmo enorme», pensé yo tras esa primera frase de Larrion. Pero no, la parlamentaria de Bildu iba a preguntarle a la consejera Tapia por el BRT de Vitoria y estaba poniendo a los vecinos del noroeste como ejemplo: «El Ayuntamiento de Bilbao ha apostado por un modelo de ciudad, por su rehabilitación, dándole importancia al transporte público para su modernización. Eso nos recuerda por qué estamos en política...»

Lo que debió de crujir entonces fueron las mandíbulas de los concejales de Bildu en Bilbao, que, como es natural dado su ámbito de actuación y su instinto natural, denuncian con frecuencia las deficiencias del transporte público en la ciudad, al tiempo que reprochan al Ayuntamiento su apuesta insuficiente en este campo.

El episodio es paradójico, pero no es inusual. El elogio en propia meta. Se han dado casos gloriosos. Las pasadas Autonómicas, Pablo Iglesias llegó a un mitin en Barakaldo «poniendo en valor» las políticas sociales del PNV. Imagínense la cara de Nagua Alba, que igual se hizo allí mismo errejonista por no hacerse el harakiri. Pero es que el elogio al sistema de protección vasco era un clásico de Iglesias. Le servía de fábula en el debate nacional, dando por hecho que el PNV no tenía posibilidades (aún) de gobernar en toda España. Si lo piensan, el trasfondo es trágico: no hay sitio para la generosidad en la contienda política. Todo es prejuicio y demagogia. Decía Scott Fitzgerald que una inteligencia de primera puede conjugar dos ideas opuestas sin colapsarse. El debate público debería ser una inteligencia colectiva capaz de tomar en consideración, cuando menos, lo que dice y hace el adversario. De ese modo se evitaría también algo muy molesto: que nos tomen por tontos a los demás.

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