Los primeros 'sin techo' con casa de Bizkaia

Sonja Niederhöfer, en la cama de su nuevo piso, junto a un vaso de vino y varios envases de medicamentos./IÑAKI ANDRÉS
Sonja Niederhöfer, en la cama de su nuevo piso, junto a un vaso de vino y varios envases de medicamentos. / IÑAKI ANDRÉS

La Diputación se suma al 'Housing First', que propugna los beneficios de ofrecer un hogar a quienes viven en la calle. Dos de los primeros 14 inquilinos cuentan su experiencia

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

Cuando se licenció en Trabajo Social y Pedagogía «con las mejores notas», cuando su opinión decantaba la selección de profesores universitarios en Hannover, cuando era una joven turista alemana que recorría los Pirineos, nadie, absolutamente nadie, habría podido imaginar que Sonja acabaría aquí una mañana. Nos atiende sentada en su cama, sin alejarse demasiado de un vaso de vino que parece haber rebajado con agua y paquetes de tabaco de liar medio vacíos que se entremezclan con la última remesa, desmedida, de medicamentos. Sonja Niederhöfer llevaba 17 años en la calle cuando, hace mes y medio, la Diputación le ofreció este piso. Es del programa 'Habitat', la adaptación vizcaína a una corriente pionera que se resume en la expresión inglesa 'Housing First', la vivienda primero. ¿Qué sucede cuando a las personas sin hogar les ofrecemos un piso donde vivir? ¿No es ese un buen comienzo?

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Casi dos décadas sin tocar unas sábanas, sin agua caliente. Casas okupas, pabellones industriales, cinco años en las cuevas de Granada, cualquier rincón de Portugal. La lista es larga y los amigos, pocos. «Llevaba una buena temporada en un piso abandonado y un día llegaron tres tíos, me echaron y me robaron todo. Dejaron libre una habitación pequeña y sin luz. Y allí me quedé. Todos los días les pedía que me pasaran la electricidad. Nunca me la dieron».

Pagar, no causar líos en el vecindario y abrir a los educadores

Los requisitos del programa son pocos y muy claros. Pagar un alquiler –el 30% de sus ingresos, si los hay–, abrir la puerta a los educadores cada semana y no causar problemas en el vecindario. La inmensa mayoría de los usuarios cumple con nota. Pueden tener mascotas –si lo permite el propietario, ya que hay inmuebles municipales y privados–, llevar a amigos, y no está prohibido expresamente el consumo de drogas. Sonja quizá busque otro de esos siete perros callejeros que le han acompañado sin pedir nada a cambio. «Les digo ‘hola’, sin darles comida, y se quedan conmigo. Está bien, les digo, pues quédate».

Sonja habla despacio, con un tono monocorde, como si acabara de recibir un golpe en el estómago y estuviera conteniendo un dolor inimaginable. Conoce bien la dureza de vivir al raso. «No me gusta el ambiente de la calle en Bilbao. Hace unos meses, cuando dormía en Zorrozaurre, unos individuos me atacaron. Me rompieron dos huesos del tobillo y dos dientes. Luego destrozaron toda mi casa. Teníamos una cocina y una tele que habíamos reciclado un chico y yo. Sabían que allí no podrían quedarse porque me tuvieron que llevar en ambulancia y había venido la Policía. Así que lo quemaron todo». No modula su voz cuando se agrava la historia. Sólo enciende un cigarro de liar y aspira con fuerza.

La frase

Sonja Niederhöfer. 17 años en la calle
Nacida en Hannover y licenciada en Pedagogía y Trabajo Social. Militó en grupos antifascistas. Pasó casi dos décadas en casas okupas y pabellones. Dejó la heroína hace una década y lucha con el alcohol. Tiene 45 años.
La crudeza del asfalto
«Me atacaron cuando vivía en Zorrozaurre. Me rompieron dos huesos y dos dientes»

¿Cuándo se fue todo al carajo? La pregunta cala en unos ojos azules que suavizan su labio partido y le confieren una belleza rota. «Me propuso venir a España un novio que vivía en la Alpujarra». Hoy le describe como «un drogadicto que enseguida me trató muy mal». Él estaba enganchado a la heroína, un caballo que a ella también le hizo perder las riendas durante una década. Todavía acude, diariamente, al módulo social donde le entregan su dosis de metadona. «Me enganché mucho, mucho, mucho. Ves que la gente que te quiere está triste y te alejas. Dejé de consumir a diario en 2001 y luego pasé una temporada tomando un gramo al día. Hace muchos años que lo abandoné del todo. Es más difícil salir del alcohol. La heroína te engancha, pero no te mata de este modo. Tengo el hígado y el estómago hinchado. La heroína no hace eso. Pero el alcohol es más barato. Y es legal, trae menos líos».

Los sueños de Sonja son pequeños. Le obsesiona que alguien repare esa cerradura de su nueva casa para salir con tranquilidad y no atisba más horizonte que un rato de lectura y algo de tele. «Un educador me perdió un par de libros al trasladarme y había uno de Harry Potter que era de la biblioteca. Ahora no puedo coger más», se lamenta. Son cosas que no se arreglan fácilmente cuando uno sólo recibe los 120 euros mensuales del proyecto 'Habitat'. «En breve cumplirá tres años de padrón y podrá pedir la RGI», explica Lorena Rabal, la educadora que le acompaña. Hasta ahora, sus exiguos ingresos –tocaba la flauta por plazas céntricas de Bilbao– se iban en alcohol y tabaco. Hoy, como todos los días, beberá tres litros de vino.

Las normas de los albergues

Jesús Salcedo se tiró en la calle cuatro años. «He trabajado siempre de vigilante de seguridad. Un día me dio algo, no sé explicar qué, y no podía salir de casa. Me pasé año y medio así. Mis padres intentaban ayudarme, pero era imposible. Desde chaval he tenido problemas por un trastorno de la conducta; tengo reconocido un 66% de discapacidad. Con 15 años estuve ingresado en el centro de salud mental de Uribe Kosta. Pero estaba bien hasta aquella desconexión, que rompió todo. Me echaron del trabajo y ni siquiera fui a por el finiquito. Al final, decidí marcharme para no hacerles más daño a mis padres», recuerda.

La frase

Jesús Salcedo. 4 años en la calle
Nacido en Bizkaia, trabajó como vigilante de seguridad. Padece una discapacidad del 66% por un trastorno de la conducta. Vivió en albergues y durmió «mucho» en la calle. Tiene 43 años.
Un nuevo comienzo
«Llamé a mis padres y vinieron a ver el piso. ¡Lo que habrán llorado!»

Salió con el dinero justo para un billete de metro a Bilbao. Tenía 39 años. «Los tres primeros días los pasé en el albergue de Etxebarri, luego Mazarredo y el refugio invernal. He dormido mucho en la calle, con una manta». Su prioridad era mantenerse «fuerte, ser positivo, y alejarme de los líos». Evitaba roces y situaciones conflictivas. Nunca consumió drogas ni alcohol en exceso. «Yo curraba de vigilante. No he tenido ni tengo antecedentes penales. Por estar en la calle no iba a convertirme en un delincuente». Aún así, «vi alguna situación bien gorda, como un acuchillamiento».

Jesús Salcedo ve la televisión en su hogar.
Jesús Salcedo ve la televisión en su hogar.

Buscaba la tranquilidad durmiendo alejado del resto. «Una noche me vinieron dos y me robaron. Algunos ven que estás peor que ellos, pero les da igual. Se llevaron la manta y la ropa». Jesús cobraba una pensión no contributiva de 149 euros por su discapacidad mental con la que hacía milagros. «Me duraba dos semanas. Lo gastaba en comida y en calzado, que es lo que más hace falta en la calle. Abrigos te dan en muchos sitios, pero zapatos es muy difícil encontrar».

Programa 'Hábitat'

14
personas han entrado en el programa ‘Hábitat’ de la Diputación. Diez hombres y cuatro mujeres, con edades comprendidas entre los 28 y los 52 años. Tres de esas catorce personas han llevado a algún familiar. En uno de los casos, es su hijo.
¿Cuánto pagan?
La cantidad que abonan por el piso asciende al 30% de sus ingresos, si es que los tienen (RGI, prestación complementaria de vivienda o pensiones no contributivas, fundamentalmente). En tres de los casos no hay ingresos, y ‘Habitat’ les ayuda con una beca de unos 120 euros mensuales.
¿Cuándo empezó?
Las primeras llaves se entregaron el 28 de noviembre de 2016. Jesús Salcedo y Sonja Niederhöfer son las dos primeras personas que han accedido a contar su experiencia públicamente.

Tiene grabados los nombres de las personas que le ayudaron. «Una asistente, dos policías municipales y, siempre que andaba por allí, las monjas del Puerto Viejo, especialmente sor Ascen, que era maravillosa y me he enterado que ha fallecido hace poco». También personajes anónimos que dan rienda suelta a la solidaridad cuando menos te lo esperas. «Una madrugada de sábado estaba pasando la noche en un cajero de la plaza Indautxu y me tocaron a la puerta. Yo me hice el dormido, como siempre, pero insistieron. Era una pareja de chavales muy jóvenes que me trajeron unas bandejas con comida y zumos. Había de todo, qué maravilla. Aquel mismo día, a las seis de la mañana, me vino otro con veinte copas encima –ríe mientras lo cuenta– y arrastrando una especie de manta enorme. La había sacado de un contenedor para que me tapara».

Como a la inmensa mayoría de los 'sin techo', a Jesús y a Sonja los albergues se les hacían cuesta arriba. No es sólo que no se puede beber, ni fumar ni consumir drogas, sino que «hay horas fijas para levantarse, desayunar, irse a la cama...». Demasiado orden, demasiadas normas. «Yo necesito mi espacio. Lo que más me gustó al llegar a este piso es que aquí podía estar solo, tranquilo y seguro». Jesús fue de los primeros del programa, hace casi un año. Sólo unos días después, levantó el teléfono y llamó a sus padres. «Fue una ilusión muy grande. Estoy bajo un techo. Tomo la medicación, todo está bien. No van a llamarles cualquier día porque me ha pasado algo. Ahora están tranquilos. Sé que mi madre ha llorado mucho cuando yo estaba en la calle». Sus padres no tardaron en visitarle. «Esto les ha dado mucha seguridad». No sólo a ellos. «Ahora voy a los sitios con otra confianza, y no apagado, como antes. Una casa hace que te sientas digno y que veas que confían en ti».

Sonja está en otra fase, haciéndose todavía a estas cuatro paredes. «Tengo mi propia llave. Y me sorprende. Me parece genial». Ha empezado a cocinar algo de arroz y verduras, poca carne y pescado. Está dejando atrás unas pesadillas de las que ha borrado la palabra miedo: «Era agobio, mucho agobio». Hay quien nunca conoció otra cosa, pero ella añora «la vida de joven, que me gustaba y que he perdido». Uno intenta buscar en ella a aquella trabajadora social que ayudaba a drogodependientes en un albergue de Hannover. A ratos, regresa la mujer que sufrió dos sobredosis años después. Apetece soñar con que esta casa se convierta en uno de esos cruces de caminos que lo cambian todo.

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