Así se limpian las playas de Bizkaia

Gorka Urtiaga y Esther García cambian las bolsas de las papeleras el pasado jueves en la playa de Bakio. / BORJA AGUDO

Los trabajos duran cuatro horas y, según la época del año, comienzan a las 6, las 7 o las 8 de la mañana

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Llegar el primero a una playa, nada más amanecer, es uno de esos privilegios que no sabemos valorar como se merecen. En Bakio, a eso de las siete menos diez, se escucha el mar con una intensidad que pronto quedará ahogada por el rumor de la gente y de los coches. Las dueñas de la arena son las gaviotas, que han dejado por todas partes el gracioso pespunte de sus huellas y ahora están reunidas cerca de la orilla. Y el panorama desde el paseo es un auténtico placer, como si la naturaleza hubiese reclamado sus dominios durante la noche y ahora los estuviese exhibiendo, un poco chula ella.

Pero, ay, uno pone el pie en la arena y se topa con toda la basura, un supermercado de la suciedad que hace que el hechizo inicial se desvanezca: allí hay botellas de agua, latas de refresco y de cerveza, incontables envoltorios (galletas ‘Príncipe’, ‘Weikis’ de chocolate con leche, palitos de cereales con queso ‘Snatt’s’...), peladuras de naranja, globos de agua reventados, paquetes de tabaco y una constelación de colillas. Algunos de estos desperdicios están a un par de palmos de las papeleras, incluso da la impresión de que podrían haberlos tirado dentro sin levantarse siquiera de la toalla, solo con estirar el brazo.

Por suerte, los primeros que llegan suelen ser los operarios de Bizkaiko Hondartzak, la UTE encargada de la limpieza de las playas -excepto de las de Getxo- en nombre de la Diputación. De la de Bakio y la vecina cala de Peñas Rojas se ocupan cinco personas. Joseba Elordui maneja el tractor, que arrastra una cribadora de la marca francesa Canicas: su cuchilla penetra unos veinte centímetros en el suelo y levanta la arena hasta una cadena, que retiene los residuos (botes, tapones, plumas...) y los almacena en el contenedor trasero. Además, una hoja metálica con una goma va peinando la arena, la alisa, la deja tan bien planchada que da cierto apuro pisarla. Los otros trabajadores recogen a mano la basura de mayor tamaño, utilizan salabardos para la suciedad menuda, cambian las bolsas de las setenta y tantas papeleras y realizan otras tareas que pasan desapercibidas, con un mimo propio de camareras de hotel: por ejemplo, nivelan con arena el perímetro de las duchas para que ningún bañista se tropiece.

En cifras

2.381
toneladas de residuos se retiraron el año pasado de las playas vizcaínas. En las atendidas por la Diputación (en Getxo, se encarga de la limpieza el Ayuntamiento) se computaron 957 toneladas de residuos dejados por el mar y 610 toneladas de desperdicios depositado s en las papeleras o abandonados por los usuarios. De ellos, 41 toneladas correspondieron a material reciclable (papeleras amarillas).
75
personas trabajan en la limpieza en verano. El resto del año son 26. Cuentan con 10 tractores, 6 ‘pick-ups’, 9 cribadoras remolcadas y 7 manuales.
7
personas se ocupan del mantenimiento. El resto del año son solo una o dos, excepto en los periodos de montaje y desmontaje, cuando la cifra se eleva a trece.
27,5
toneladas de residuos se han retirado de La Arena en junio y julio de este año. En Bakio, la otra playa donde se ha elaborado este reportaje, han sido 19,6 toneladas.

Su trabajo compite con las mareas y las gaviotas. «A veces hay que recordar a la gente que hay dos pleamares y dos bajamares. Nosotros acabamos a las 11 y la marea puede favorecernos o perjudicarnos: puede haber una pleamar que traiga residuos o que nos impida limpiar parte de la playa», detalla Raúl Urigüen, director del Servicio de Limpieza y Mantenimiento de Bizkaiko Hondarzak. En cuanto a las gaviotas, hay que entender que contemplan la basura como un tentador bufé: «Lo picotean todo, lo desmenuzan y luego es más difícil limpiarlo: no es lo mismo recoger un papel que mil cachitos de papel», resume Gorka Urtiaga, uno de los operarios, que con un buen grito y unos aspavientos acaba de exiliar a cientos de aves hacia Peñas Rojas. Gorka ha veraneado 32 años en Bakio, así que conoce al dedillo las costumbres de las gaviotas y también las de las personas: «La parte de la playa que pega al muro siempre está sucia: se ponen arriba a comer y a fumar y todo cae aquí».

Labores de limpieza en la playa de La Arena. A la derecha, Luis María Pérez examina los residuos en el contenedor de la cribadora / JORDI ALEMANY

Algas y dunas

Las playas se limpian todo el año, aunque en verano el dispositivo se amplía (funciona también en domingos y festivos y el número de operarios se multiplica por tres) y se adelanta (en junio y julio empieza a las 6; en agosto y septiembre, a las 7; el resto del año, a las 8). «En invierno, los usuarios son sobre todo paseantes y surfistas y traen cuatro cosas. El 90% lo dejan las mareas, mientras que en verano la proporción es la inversa», analiza Urigüen. Si hace bueno, al día siguiente las papeleras amanecerán llenas y la arena estará salpicada de desperdicios; si hace malo, los arenales se librarán de ese penoso rastro que deja la avalancha humana.

Es lo que ocurre otro día de esta semana en La Arena, donde ocho empleados se esmeran en rebuscar hasta el residuo más minúsculo. Entre ellos están los hermanos Luis María y Carlos Pérez, dos veteranos que conocen la playa como si fuese su casa: llevan 28 años limpiándola, pero es que además nacieron y se criaron en el barrio vecino. «¡Se me ha ido la juventud aquí! -bromea Carlos, mientras cambia las bolsas de las papeleras-. A los 15 años, cuando dejé de estudiar, empecé a recoger algas, de esas rojas, que ahora han desaparecido. Entonces esto era totalmente salvaje, con dunas inmensas», evoca.

Los hermanos, memoria viva de La Arena, comparten tareas con debutantes como Pedro, que lo observa todo con ojos nuevos: «No somos conscientes de la suciedad que generamos», lamenta este hombre, que se ha dedicado toda la vida al comercio y ahora filosofa sobre su cometido actual: «La playa tiene una doble vida, de día y de noche, y los residuos narran esa vida de la playa en todas sus facetas. A medida que los recoges, te vas montando la película de lo que ha pasado aquí». Lo cierto es que algunos de esos vestigios no dejan mucho espacio a la interpretación: hay una zona de aparcamiento que los operarios conocen como ‘el condonero’ y en ocasiones, sobre todo en fiestas, los limpiadores se convierten en testigos involuntarios de chocantes escenas de porno en vivo.

En clave

Origen de los residuos
«En invierno, el 90% de la basura lo dejan las mareas y el resto, los usuarios. En verano es al revés»
Horarios
La limpieza dura cuatro horas y, según la época del año, comienza a las 6, las 7 o las 8 de la mañana

A las nueve, La Arena ya no es la playa desierta de dos horas antes. Es el momento de los caminantes, que van deshaciendo esa maravilla efímera de la arena planchada. Ellos son los que, a diario, disfrutan de la playa en su momento de máxima pulcritud: «Y qué limpia les queda, hay que decirlo. Porque, aparte de las porquerías que trae el mar, hay mucho cerdo», reprocha Rafael San Martín, un santurtziarra de 77 años que serviría como reloj público de la playa: todas las mañanas coge el autobús de las ocho menos diez, se hace sus idas y venidas por los 966 metros de La Arena y se marcha en el autobús de las diez y diez. Andarín entusiasta, Rafael ha completado un surtido admirable de caminos de Santiago («el aragonés, el sanabrés...») y aprovecha para asesorar a los peregrinos que pasan junto a la playa, siguiendo la ruta del Norte.

En Bakio, ya hay veinte surfistas probando suerte con las olas. Los operarios se disponen a pasar a la cala: «Nadie se imagina cómo estaría esto si lo dejásemos sin limpiar, sería la leche -comenta Esther García, miembro del equipo-. Lo mejor de este trabajo es que al final, cuando miras hacia atrás, lo ves todo bonito y curioso. ¡Eso da mucha satisfacción!».

Pintadas y grifos de lavapiés robados

El teléfono de Raúl Urigüen no deja de reclamar su atención, porque le van avisando de imprevistos que requieren la presencia de las brigadas de mantenimiento. El miércoles, lo más urgente son unas pintadas en Laida; el jueves, el robo de dieciséis grifos de lavapiés en La Arena. «Ya lo intentaron hace tres semanas y los dejaron desenroscados, pero se ve que han mejorado el procedimiento», comenta. Por robar, alguna vez hasta se han llevado papeleras para mezclar dentro el kalimotxo.

También el mar puede dar sorpresas y deposita en la orilla bidones de sustancias peligrosas, cadáveres de ganado arrastrados por algún río o cetáceos muertos. «El último fue en Laga. Hay que organizar un operativo bastante complicado para retirarlos».

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