El Correo

'La Tigresa' sale de la cárcel obsesionada por ocultar su imagen

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Idoia López Riaño, tras salir de la cárcel . / IGOR AIZPURU

  • Idoia López Riaño, la exetarra que ha cumplido 23 años por otros tantos asesinatos, abandonó la prisión de Zaballa disfrazada, protegida por un cerco de familiares y en una moto que conducía su novio para no ser perseguida

La exetarra Idoia López Riaño, 'La Tigresa', ha abandonado hoy la prisión alavesa de Zaballa con la intención de convertirse en invisible. La terrorista, condenada a más de quinientos años de prisión por 23 asesinatos de los que ha cumplido 23 años, ha dejado la cárcel protegida por un paraguas con el que se ha cubierto la cara para no ser reconocida; ataviada con una gorra y gafas de sol y realizando cambios de vehículos casi en marcha -se pasó de una furgoneta a una moto en una curva- para evitar ser perseguida. Además, se ha rodeado de una 'guardia de corps' de familiares que buscaban que la icónica imagen de una de las mujeres más sanguinarias de ETA pasara desapercibida.

Aunque la terrorista ha pedido perdón por sus crímenes y la propia banda le ha expulsado de la organización, esa obsesión por que su imagen se borre de la actualidad revela el temor de Idoia López Riaño, de 53 años, a que se la vuelva a relacionar con un pasado por el que fue temida en todo España. Un pasado en el que su pelo rizado y sus ojos verdes amenazaban desde los informativos de televisión y los carteles de alerta de las comisarías de todo el país.

Hoy a las doce del mediodía, 'La Tigresa' -el apodo por el que le conocían las fuerzas de seguridad- salió de la prisión de Zaballa con un gran carro amarillo en el que llevaba sus pertenencias y varias bolsas. Vestía unos pantalones negros, una cazadora de rojo chillón y calzaba unas deportivas blancas. Antes de ser flanqueada por su círculo de familiares sonreía y no se cubría su inconfundible pelo moreno.

Cristales tintados

En el aparcamiento de la cárcel -una zona de seguridad a la que sólo se pueden acceder los familiares de los presos y las visitas- le esperaban sus primos y su novio, el también antiguo miembro de ETA Joseba Arizmendi Ohiartzabal, de 46 años. Este terrorista fue condenado por dos asesinatos cometidos en la década de los 90 y cumplió 23 años en la cárcel. En prisión conoció a López Riaño. Ambos iniciaron una relación -ella tenía un anterior matrimonio con el también etarra Ramón Rojo del que se separó- y decidieron a la vez dejar la disciplina de la organización terrorista. Fueron expulsados de la banda en el mismo comunicado difundido por la cúpula de la banda.

Arizmendi salió de la cárcel hace cuatro años y desde entonces se ha dedicado a gestionar la situación de su esposa. Hasta la prisión alavesa viajó en una moto roja de gran cilindrada, mientras que el resto de familiares se desplazó en una furgoneta 'Citroën' gris con los cristales tintados y otro par de vehículos. Se habían acercado al centro penitenciario la noche anterior y durmieron en un hotel de Vitoria en previsión de que se adelantase la excarcelación de 'La Tigresa', lo que finalmente no sucedió. Se pasaron la mañana en el aparcamiento, esperando la hora de salida sin dejar de fumar nerviosamente y buscando una sombra para protegerse del sol que fundía el asfalto.

Cuando la exterrorista se reunió con sus allegados, a unos metros de la garita de la Ertzaintza, apenas hubo gestos de alegría. Ella sonreía pero no hubo abrazos ni apretones de manos. Uno de los familiares desplegó un paraguas gris para evitar que los fotógrafos pudieron obtener imágenes del rostro de López Riaño. Otro le entregó una gorra negra y unas gafas de sol que ella corrió a colocarse. En la mano derecha ella llevaba el bolígrafo azul con el que acababa de firmar todos los documentos que certificaban que se encontraba ya en libertad definitiva.

Cuidadora de enfermos terminales

Los hombres de la familia se situaron a su alrededor y la acompañaron hasta la furgoneta. Allí cargaron las pertenencias de la exetarra y charlaron con ella unos minutos. Luego cerraron el portón del vehículo para que ella pudiera cambiarse de ropa y partieron en una comitiva que avanzaba lentamente entre las sinuosas curvas que conducen a la cárcel de Zaballa. En una de ellas, 'La tigresa' bajó del automóvil -vestida ahora con una cazadora oscura y un casco- y se pasó a la moto de su novio. Habían tapado la matrícula del vehículo con un trapo. En la siguiente curva los etarras dejaron que la furgoneta les adelantase para colocarse delante de los fotógrafos que aguardaban en la carretera de acceso a la prisión e impedir así que obtuvieran imágenes de ella. López Riaño y Arizmendi aceleraron y su moto se perdió en la A-1 en dirección a Gipuzkoa.

Según fuentes próximas a López Riaño, ella pretende ahora rehacer su vida y teme que sea imposible si se le sigue relacionando con los 23 asesinatos que cometió y con su militancia en el 'comando Madrid'. En prisión ha sido cuidadora de perros, ha atendido a enfermos terminales, trabajó de camarera, se sacó el carné de conducir y escribió una carta en la que lamentaba su pasado etarra, texto que para sus víctimas es insuficiente. Su detención tuvo lugar en 1994 y desde entonces el mundo ha cambiado. ETA ha dejado las armas y una nueva generación de jóvenes ha accedido al voto. Pero a ella sólo le obsesiona que su famoso rostro se olvide.

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