El Correo

La oportunidad holandesa

La derrota del populista Wilders en las elecciones holandesas supone un respiro para la Unión Europea, pero no resulta tan tranquilizadora como sería deseable. El justificado miedo que inspiraban esos comicios, el avance de la extrema derecha, que parecía imparable, y la reacción a última hora del VVD, el partido que representa el centro derecha liberal, han resultado más que aleccionadores. Si Rajoy debería haberle dado las gracias a Cameron por convocar su referéndum del ‘Brexit’ sólo tres días antes de las generales españolas del 26-J, haciendo que el pavor a caer en el abismo populista, como Gran Bretaña, frenara el voto de Podemos y reactivara el de nuestro electorado conservador, Rutte debería darle también las gracias a Erdogan por haber tensado en plena campaña las relaciones entre Turquía y Holanda, como lo ha hecho. Creo que no hay analista que no coincida en valorar el dramatismo de esa crisis, y la manera en que Mark Rutte se ha sabido crecer ante ella, como un factor determinante para arrebatarle a Wilders la patente de la resistencia ante el integrismo islámico. Frente a la belicosidad histérica de la extrema derecha, Rutte ha representado la firmeza de la sensatez que no se sobreactúa pero tampoco se achanta.

Lo aleccionador, lo pedagógico, lo que nos debe hacer pensar es que el desafío del autocrático presidente turco sólo ha resultado útil porque la derecha democrática holandesa ha sabido aprovechar esa oportunidad impagable, lo cual suscita a su vez algunas preguntas inquietantes: ¿Qué habría ocurrido en esas mismas elecciones si esa derecha no llega a reaccionar a tiempo? ¿Por qué ha necesitado de una oportunidad semejante para dicha demostración de fuerza? ¿No será que la impostura gritona del populismo crece para llenar el vacío que deja el silencio, igualmente impostado, de la clase política supuestamente cabal ante problemas realmente acuciantes? ¿No serán la inercia, la resignación, el apoltronamiento, la grisura, la mediocridad, las recetas aprendidas o el buenismo de los demás partidos y líderes democráticos ante cuestiones como la globalización o el descontrol de la inmigración, los que traen con su simple falta de respuesta y de iniciativa a los Trump, los Farage, las May, los Wilders o los Pablos Iglesias?

Si escuchamos a las gentes que ceden y se dejan seducir por esas desesperadas y extravagantes opciones, lo primero que dicen, lo que aducen, lo que argumentan parece más un reproche implícito a la política tradicional que una declarada exaltación de las ‘ventajas’ populistas que se erigen como alternativa a aquélla. Lo que repiten unánimemente a favor de estos nuevos inquisidores y profetas es que, por lo menos, parece que están vivos, que se indignan, que quieren cambiar las cosas. Una razón que conlleva la convicción de que los otros no quieren que cambie nada.

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