El Correo

Cómo hacer el roscón en casa

¿Cómo hacer el roscón en casa?
/ Julia Fernández.
  • Elaborar uno mismo este tradicional dulce del día de Reyes es posible. Solo requiere de un poco de organización y ganas de meter las manos en la masa

Mañana hay una cita a la que nadie puede faltar. Bueno, en realidad son dos citas porque a la de los Reyes Magos se une otra, gastronómica. El 6 de enero se impone desyunar el típico roscón, que cada año multiplica su paleta de sabores y los premios que lleva dentro.

Desde hace días no es raro ver colas en las pastelerías para aprovisionarse de roscón. Y eso que barato, barato, no es. Por eso, muchas familias optan por comprarlo en panaderías o en el súper, donde el precio es más bajo. Hay algunos de buena factura, pero hay que andar con ojo para que no nos den gato por liebre y el roscón no sea un simple bollo suizo o un bizcocho dulce con forma de rosquilla gigante.

Ahora bien, para comer un buen roscón no es necesario hacer cola durante horas. También se puede hacer en casa. Está claro que los artesanos tienen buena mano y por eso les sale delicioso, pero al calor del hogar se puede convertir en una actividad divertida. No hace falta ser un experto repostero. Ni siquiera tener demasiada experiencia. Basta con dejarse guiar por una buena receta para obtener un buen resultado. Y claro, no se puede describir esa sensación de orgullo y satisfacción que da sacar el roscón, ver las caras de disfrute de la familia y decir: «Lo he hecho yo» cuando asombrados preguntan: «¿Dónde lo has comprado?».

El ingrediente principal de un roscón no es la harina ni la leche, sino el tiempo. No es que haya que estar amasando horas y horas, pero la mezcla necesita reposo para el levado (que suba, que engorde), y lo tiene que hacer tres veces. Para hacernos una idea, si nos ponemos manos a la obra desde bien prontito por la mañana, lo podremos tener recién hecho para merendar. Si lo queremos para desayunar, habrá que ponerse un poquito antes de comer del día anterior. Así podrá enfriar toda la noche.

Una vez que nos hemos organizado, tenemos que saber qué ingredientes necesitamos. No son ni muchos ni raros. Empezamos por la harina: se necesitan unos 400 gramos y debe ser de fuerza, que tiene más contenido en gluten, para que el producto salga esponjoso. Y no hay que tamizarla, como a la hora de hacer bizcochos. No solo no es necesario, sino que además no es adecuado.

Lo siguiente que tenemos que comprar es levadura. Aquí es muy importante que sea fermento fresco, de los de hacer pan. Desde hace ya algún tiempo es fácil de encontrar en la sección de refrigerados de cualquier supermercado, aunque también podemos hallarla en panaderías. Este elemento es insustituible. No podemos usar levaduras en polvo como las que utilizamos para los bizcochos. Respecto a este tema, no vale la regla de cuanta más, mejor: abusar del fermento fresco no va a hacer que nos quede más rico el roscón. La masa subirá más rápido, pero el producto quedará con una textura similar a la del pan y ese no es el objetivo. Con 15 gramos de levadura fresca tendremos suficiente.

También hace falta leche. Y debe ser entera. Lo ideal es aromatizarla con canela y piel de naranja y limón. Para ello, lo ponemos todo junto al fuego y cuando rompa a hervir, lo quitamos y dejamos que temple. Es importante que este ingrediente no esté muy frío ni muy caliente. Una vez tenga una temperatura correcta, añadimos tres cucharadas de ron (también lo podemos hacer sin él) y dos de otro ingrediente fundamental y sin el que no podríamos hacer la rosca, el agua de azahar. Este último lo podemos encontrar en el supermercado sin problemas durante todo el año, pero más en estas fechas. Es un clásico de repostería.

Por último, necesitamos dos huevos, 70 gramos de azúcar blanquilla (la normal, la que usamos para el café), mantequilla (de la buena) y ralladura de la piel de un limón. Para decorar, usaremos huevo batido, frutas escarchadas (las que más nos gusten, pero lo mejor son naranjas y guindas que, por cierto, podemos hacer en casa si nos gusta enredar en los fogones), azúcar húmedo y láminas de almendra (aunque podemos prescindir de estas últimas).

Y con masa madre

Una vez que tenemos todo lo que vamos a necesitar es el momento de ponerse el delantal. Lo primero que hay que elaborar es una masa madre. El nombre asusta porque se supone que es el secreto del pan-pan, pero en este caso no tiene tanto misterio. Mezclamos 90 gramos de harina con 50 de leche (sin aromatizar, pero a temperatura ambiente) y 2 gramos de levadura. Amasamos bien hasta que todo se integre (si queda muy seco, añadimos un poco más de leche, pero con mucho cuidado) y formamos una pelota. Lo ponemos en un bol, tapado con papel film y lo dejamos que leve. Tardará al menos tres horas hasta que doble su volumen y en la masa veremos que se hacen agujeros pequeños.

Una vez que la masa madre ha levado, la mezclamos con 340 gramos de harina, 10-15 gramos de levadura fresca, la ralladura de limón, 70 gramos de azúcar, dos huevos, una pizca de sal y la leche aromatizada. En total, de esta última necesitaremos uno 120 mililitros, aunque no la añadiremos de golpe, sino que echaremos unos 90-100 al principio y el resto, solo si lo necesitamos. Amasamos muy bien. Se puede hacer perfectamente con la mano: al principio nos costará mucho porque será un engrudo pegajoso, pero según la trabajamos, se irá poniendo más elástica.

Luego, añadimos la mantequilla fría en dados y seguimos trabajándola bien con las manos. Tardaremos unos diez minutos (o algo más) en que ésta se integre y la masa deje de estar pegajosa nuevamente. Lo importante es trabajarla con la palma de la mano extendiéndola y recogiéndola con cariño, pero con firmeza hasta lograr que vuelva a tener la textura adecuada.

Una vez que hemos logrado una masa lisa y firme, formamos otra pelota y la dejamos en un bol grande tapada con papel film al menos una hora. Pasado este tiempo, habrá doblado su volumen y veremos que tiene como agujeritos. Está perfecta. Es el momento de volverla a trabajar. La sacamos con cuidado y la volvemos a amasar ligeramente. Dejamos que repose 10-15 minutos y le damos forma.

Para ello, hacemos un agujero en el centro de la pelota y metemos las manos. Mientras la sujetamos, movemos la rosca en el aire poco a poco para que por su propio peso se modele: puede ser circular u ovalado. Lo importante es que el agujero central sea amplio. Ponemos la rosca sobre papel de hornear en la fuente en la que vayamos a utilizar luego. También es el momento de esconder las sorpresas y el haba, aunque, ojo, si lo hacemos, tenemos que asegurarnos de que son de materiales que resisten el calor y que no contienen materiales tóxicos. Para hacerlo, basta con introducirlas levemente en la masa por debajo. Con el levado quedarán más ocultas.

Pintamos con huevo batido toda la superficie (así quedará muy brillante cuando lo hayamos cocido) y dejamos reposar una tercera vez. Esperaremos al menos otros 60 minutos hasta que haya engordado. Entonces, volvemos a pintar con el huevo y decoramos con las frutas escarchadas, azúcar húmedo y almendra, si queremos. Es el momento de meterlo al horno, que debe estar precalentado. Lo dejamos a 180 grados entre 15 y 20 minutos. A partir de los primeros diez minutos, controlamos cómo está de dorado por encima. Si se ha tostado mucho, lo tapamos con papel de aluminio y dejamos que termine de cocerse.

Y ya está, solo hay que dejar templar el roscón para hincarle el diente. Si nos gusta relleno, una vez que haya enfriado, podemos cortarlo al medio y ponerle nata montada, crema pastelera, crema de chocolate o, incluso, cabello de ángel. Si no, bastaría con acompañarlo de un buen chocolate. Desayunar o merendar un roscón el día de Reyes hecho con nuestras propias manos sí que no tiene precio.

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