El Correo

El dragón de Mondarrain

Hayedo mágico.
Hayedo mágico. / FOTOGRAFÍAS: M. VILLOTA Y J. RUBINES
  • Paseo por el hayedo de Pekoinburua, un lugar en el País Vascofrancés de formas imposibles para descubrir la leyenda de Herensuge. Se encuentra bajo el Mondarrain o Montaña de las Águilas es, con sus 749 metros de altitud, una de las cimas incluidas en el catálogo para el concurso de los 100 montes de Euskal Herria

El Mondarrain o Montaña de las Águilas es, con sus 749 metros de altitud, una de las cimas incluidas en el catálogo para el concurso de los 100 montes de Euskal Herria. Desde su pico rocoso las vistas son incomparables. Al este, el golfo de Bizkaia, al sur, el entramado montañoso vasco, al oeste, la columna vertebral pirenaica y al norte, las llanuras de la cuenca del Adour. Bajo su cumbre rocosa se esconde un sombrío hayedo que no deja indiferente al visitante, y abriga como si fuera una bufanda, la cabeza de la montaña dejando al descubierto su capirote desnudo.

Partimos de Pekoinburua, un conjunto de caseríos dispersos con profundo aroma identitario. Junto al conocido frontón existe un parking habilitado. Tomamos la carretera "Gerastoko bidea" que asciende hasta tomar un desvío a la derecha, a unos 100 metros del parking. El camino forestal entre fincas de pastos y helechos va cogiendo altura progresivamente dirección suroeste, hasta que acaba súbitamente y debemos realizar un giro a la izquierda en forma de zigzag. En cada giro de vista el paisaje es una realidad diferente: campiña, agua, roca y gentes. Llegamos a campas con grandes rocas.

A nuestra izquierda, un sendero formado por el paso de montañeros se adentra en el hayedo, tímido, con el respeto que merece penetrar en la centenaria selva. El sombrío bosque marca la frontera imaginaria entre la realidad y el mundo mágico, como una muralla orgánica que sólo el paso del tiempo ha visto aparecer. El contraste entre el espacio abierto y panorámico y el hayedo cerrado y espeso es tan patente que las sensaciones se agudizan. La temperatura se atempera y el viento cesa, la luz pasa tímida entre hojas y ramas y crea una atmosfera calmada, el olor se vuelve intenso a madera y el tacto al pisar cambia constantemente entre piedras y hojarasca, ralentizando nuestra marcha.

Cesan los sonidos, como si de repente nos obligara a hablar más bajo y escuchar atentos. Las hayas, totalmente recubiertas de musgo, se retuercen, enroscan y curvan creando una foresta de ensueño. Al parecer, en su cima, Basandere, la señora del bosque, peinaba su enmarañado cabello con un peine de oro. No cuesta imaginarse al ser mitológico escondiéndose entre los monumentales troncos.

Laberinto

Avanzamos entre las mágicas formas como si se tratara de un laberinto, buscando aquellos pies de mayor tamaño o de formas inverosímiles. Las trasmochas distan mucho de la imagen típica de un hayedo trasmochado, ya que su estructura, lejos de ser armónica y compensada, crea siniestras hechuras sin orden, tuberculosas, nudosas y exageradas. Troncos, raíces y roca forman un tapiz verde, donde lo animado y lo inanimado se confunden generando un espacio sin barreras, como si el hayedo fuera un único ser vivo inmenso y continuo.

Nos acercamos al macizo rocoso. En su cima se encontraron restos de una antigua fortificación romana y posteriormente se ubicó un castillo que defendía el Reino de Navarra. En una de sus simas vivía, según la leyenda, el Dragón de Mondarrain, una serpiente de siete cabezas que llamaron Herensuge. El monstruo solicitaba cada año una joven como precio para no sembrar de muerte los pueblos de la zona, y cada año se sorteaba entre todas las jóvenes quién iba a ser entregada, resultando elegida en una ocasión la hija de Rey. Este aceptó el sorteo pero ofreció como recompensa la mano de la princesa a quien la librara de su cruel destino.

Un pastor que pasaba por allí la vio atada al árbol frente a la guarida de Herensuge donde estaba convenida la entrega. Preguntó a la joven qué hacía allí y esta le contó la historia instándole a que desapareciera pronto. Comenzó, sin embargo, a desatarla cuando comenzaron a oírse los rugidos del terrible monstruo. Con la ayuda de su fiel perro dieron muerte al dragón, cortándole las lenguas de sus siete cabezas como prueba de su hazaña.

Bajamos de la altiva cumbre por su vertiente este, pensando en los rincones donde Basandere y Herensuge buscaban refugio entre riscos y árboles. Nos adentramos de nuevo en el hayedo bordeándolo hasta tomar un camino a la izquierda que rodea la peña caliza y nos devuelve al camino de ascenso.

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