«Si los perros hablaran, ¡lo que podrían contar!»

Ana y Kirra disfrutan de la mañana de invierno en la playa de Bakio. / Maika Salguero

La periodista de ETB, Ana Urrutia, de niña se manifestaba en casa junto a un hermano suyo: «Hacíamos carteles de 'queremos un perro', pero mi madre nos contestaba que ni lo soñáramos, porque ya tenía bastante con seis hijos». No pudo cumplir su sueño hasta la universidad

CARLOS BENITO

Kirra tiene nombre de ola, uno de los referentes de la geografía del surf en Australia, y la verdad es que hace honor a ese espíritu marinero e incluso un poco anfibio. En cuanto pisa la playa de Bakio, la perra abandona su serena formalidad y se transforma en un animal juguetón e inquieto, embriagado de libertad. «Al principio no podía bajarla, porque es muy protectora y se metía al agua conmigo. ¡Le encanta! Yo estaba surfeando y de pronto me aparecía la perra nadando en el pico de la ola. Ahora ya ha aprendido a esperarme tranquila, jugando con los palos que encuentra en la playa», explica Ana Urrutia. Cuando le arroja un trozo de madera depositado por el mar, Kirra sale pitando detrás, pero después no devuelve el trofeo: «Los palos no los trae, de eso ya he desistido», se ríe la presentadora de ETB.

Kirra

Raza:
hija de una hembra de labrador y un macho mestizo.
Edad:
6 años.
Peso:
unos 30 kilos.
Caracter:
dócil, vivaz, inteligente, un poco glotona.
¿Alguna manía?
Le encanta ir a buscar los palos que le arroja Ana, pero no los devuelve.

Antes de Kirra estuvo Txakal, «otro milracillas» con el que Ana convivió diecisiete años. Se lo encontró de cachorrito, perdido entre dos coches, y se lo llevó al piso que compartía con otras cinco universitarias en Pamplona. «Si los perros hablaran, ¡lo que podrían contar! Con Txakal viví diecisiete años de cambios brutales: era el compañero pegado a mi pierna que lo veía todo. Ese perro lo sabía todo sobre mí». La despedida se hizo muy dura: «Llegó un momento en el que era egoísta tenerlo vivo. Un día empezó con temblores, le vi la mirada y me di cuenta de que había que darle la inyección. Es una decisión terrible», recuerda.

Un punto de loba

Al cabo de un año de duelo, la avisaron de que en un caserío de Zabalondo había nacido una camada mestiza. «Son cachorros difíciles de encajar, porque no hay raza y no sabes cómo van a ser. Con todos los perros que hay por ahí, yo no pagaría por uno de raza», comenta Ana, que se quedó con la hermana más clara del lote: es negra, sí, pero tiene unas vetas de color chocolate «como mechas de surfista». La periodista elogia su pelaje, «un abrigo natural maravilloso», y también esos ojos anaranjados como relucientes piezas de ámbar. ¿Qué más rasgos le gustan de Kirra? «Aúlla mucho, tiene ese punto de loba. No es perra ladradora, pero aúlla, y eso me parece un puntazo. Basta con decirle una vez que no puede estar en un sitio, porque ya no vuelve a entrar, y no necesita premios para entender el no. Y estoy muy contenta de que sea hembra, porque he descubierto una conexión diferente: es muy tranquila, tiene ese punto de protección y somos las dos cíclicas, nos identificamos más la una con la otra».

Fuera de la playa, Kirra recupera el gesto serio, pero tampoco hay que exagerar: «Los amigos de mi hija la llaman ‘Shakirra’, por su manera de mover las caderas cuando está contenta», desvela Ana, que admira la capacidad de los perros para compartir las alegrías y las tristezas de los seres humanos. «A veces, quieres contarle algo a una persona y el otro interviene, te da su punto de vista o empieza una historia suya y se convierte en protagonista. Los perros, en cambio, siempre te escuchan y siempre empatizan, tienen esa percepción de lo que estás sintiendo. No te pueden decir 'tranquila, Ana, no te preocupes', pero te acercan la cabecita, te miran con esos ojos y te están diciendo 'aurrera'. Es muy difícil que lo entienda alguien que no tenga perro».

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