Pagar o no

Comienza la huelga de la OTA

Pagar o no
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El año comienza con una huelga en la OTA. No es una huelga cualquiera. El servicio afectado es un servicio peculiar. Sus usuarios nunca están más satisfechos que cuando se suspende: los sábados de julio, las tardes de agosto. En esas fechas, tras aparcar el coche, acordarse de que no hay que poner ticket es uno de los dones que reserva la vida urbana. Una alegría similar a la de encontrar un billete en el bolsillo de una chaqueta vieja. Una alegría perfecta. Pese a que la teoría nos indica que la OTA funciona como un instrumento clave para la movilidad, el instinto nos dice que su naturaleza es también bastante extractiva. Que al ir los trabajadores a la huelga lo que se le complique al usuario no sea aparcar, sino pagar, o ser sancionado, parece darle la razón a nuestro instinto. Va a ser curioso comprobar cómo buena parte del paro que ayer comenzó se disputará en un terreno inusual: la conciencia del conductor. La pregunta que estos días va a multiplicarse por la ciudad suena como una variable concreta y municipal del imperativo categórico: ¿Cuánto debo esforzarme yo por pagar la OTA?

Ayer ya se veían parquímetros apagados, o neutralizados con pegatinas. Del mismo modo, el número de trabajadores que controlaban ayer los estacionamientos era, incluso en la versión más optimista de la empresa, una mínima parte del dispositivo habitual. Estando así las cosas, sin ni siquiera haber apagado el motor tras aparcar, ya habrá quien decida no pagar la OTA. Unos por solidaridad con los trabajadores y otros por solidaridad con su propio bolsillo. Habrá también, por supuesto, quien sea partidario de cumplir sus deberes ciudadanos. Otra cosa es cuánta gente seguirá siéndolo después del segundo parquímetro que no funcione. Es justo camino del tercer parquímetro, y llegando ya tarde a una cita de trabajo, cuando uno encadena juramentos, no solo muy blasfemos, sino también abiertamente incompatibles con el orden constitucional.

También por eso sorprende que el Ayuntamiento se acoja al clásico de la no intervención. Si el conflicto laboral no es de su incumbencia, sí lo es que los contribuyentes, mientras buscan un parquímetro, regresen al estado de naturaleza. Piensen que de ahí uno escora enseguida al libertarismo radical, tras descubrir que tampoco pasa nada por aparcar sin pagar, como en los viejos tiempos salvajes.

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