Nada que pagar

Más de 2.000 mujeres requieren protección en Bizkaia

Nada que pagar
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Una mujer maltratada explica cómo reunió el valor para denunciar a su expareja, cómo siguió resistiendo el acoso y aprendió a vivir con la escolta que le asignó un juez. Hizo lo que se repite que hay que hacer: denunciar, buscar apoyo, confiar en la Justicia. Esa mujer sigue explicando cómo desea que sus hijos crezcan sin violencia a su alrededor, cómo evita salir a la calle cuando se ha olvidado de algo para no obligar a su escolta a regresar. Y de pronto, sin apenas énfasis, una frase. «Lo voy a terminar pagando».

Esa mujer es profesora en un colegio, cuenta con el respaldo de familiares y amigos, ha hecho lo correcto y, sin embargo, sigue teniendo la certeza de que en las manos de su maltratador no está solo su vida, sino también la de sus hijos. «Le veo capaz de hacer daño a los niños por hacérmelo a mí, sabe dónde me duele y esto me lo va a guardar».

Al leer testimonios tan terribles, no es difícil acordarse de la vieja reivindicación de las asociaciones de mujeres destinada a que el peso de la vigilancia caiga sobre el maltratador y no sobre su víctima. La idea es comprensible desde un punto de vista humano, pero complicada desde un punto de vista legal. Defender a alguien, protegerlo, es garantizar sus derechos, mientras que por contra la custodia constante de alguien que no ha sido enviado a la cárcel es una restricción de derechos quizá difícil de argumentar.

Aun así, hay en Bizkaia diecisiete maltratadores obligados por los jueces a llevar una pulsera electrónica que alerta a la Policía en caso de que se acerquen a su víctima. Que en Bizkaia haya más de dos mil mujeres que cuentan con protección de la Ertzaintza muestra la magnitud del problema. Al mismo tiempo, impresiona pensar en las mujeres que están siendo maltratadas y no han denunciado a sus agresores.

Ojalá días como el de hoy sirvan para que algunas de ellas den el paso. Ojalá el resto de la sociedad asuma la gravedad de la situación y los agresores sientan que el rechazo que provocan es colectivo. Pero no debemos olvidar lo que repiten jueces, fiscales, asistentes, policías: las campañas y los símbolos están bien, pero se necesita presupuesto, protocolos, personal, formación. Formas reales de enfrentarse a una lacra que, como vemos con dramática frecuencia, no puede ser más real.

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