Contra el olvido

Se desvanece la memoria de la Guerra

Contra el olvido
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La memoria también es un asunto aritmético: una progresión decreciente. Piensen que, si han sido capaces de imponerse con la misma fortuna a la historia y a la biología, los adolescentes de 1936 hoy son ancianos que frisan los cien años. Son los últimos protagonistas de la Guerra Civil. Cada vez quedan menos. Sus hijos, la generación que escuchó los testimonios directos y creció en hogares marcados de un modo u otro por lo ocurrido, también se han incorporado a la férrea burocracia de la muerte. Cuánto se perderá con ellos. No hay español que ronde los setenta años y no tenga referencias directas del frente y la represión, del miedo y las bombas, del hambre y del silencio. Para sus hijos, la guerra es ya, en el mejor de los casos, una batalla del abuelo. Imaginar cuántos miembros de la siguiente generación podría situar en el bando correcto a Miaja y Moscardó o tener una idea de lo que ocurrió en Paracuellos o la carretera de Málaga no es muy esperanzador.

En 2011, se le preguntó en un concurso televisivo a una joven en edad universitaria en qué año terminó la Guerra. «Mil ochocieeeentos….», comenzó a responder la muchacha, como queriendo ser exacta.

Y al mismo tiempo la Guerra Civil ocupa un protagonismo constante en el debate público. La calidad de ese protagonismo es interesada y deplorable. La Guerra funciona como un resorte que activa el estruendo y genera los réditos sin riesgo que tanto desea la peor política. Mientras ocurre, los últimos protagonistas de aquellos años desaparecen, llevándose consigo sus historias y las de aquellos a quienes ya solo ellos recordaban. No parece haber más interés en evitarlo que el de particulares que van de los libros a los caminos. Por ejemplo, José Antonio Larriona, un jubilado de Alonsotegi que se empeñó en averiguar el paradero del cuerpo de su tío Juan, teniente de la UGT que murió en Ampuero en 1937. Pese a las dificultades, lo ha encontrado. Y su esfuerzo ha servido para identificar a los 73 combatientes que comparten con él en una fosa del cementerio de Limpias.

Produce estupor que esta clase de hallazgos puedan depender de que los ciudadanos tengan la suficiente paciencia y pericia. Sientes lo mismo cuando llega un amigo extranjero y te pregunta muy ilusionado dónde debe ir para ver el gran museo español sobre la Guerra Civil.

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