Navajas en el metro

Los menores, en aparente estado de embriaguez, esgrimen una navaja delante de los demás usuarios. / E. C.

La Fiscalía imputa a los cinco menores que aparecen en un vídeo viral

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Se titula 'Los duendes del flamenco'. Me refiero a la canción que cantan en el metro los cinco jóvenes que aparecen en un vídeo que se hizo viral el mes pasado. Por desgracia, su éxito no tuvo que ver con el talento musical de los intérpretes: un grupo humano que, además de alguna clase de intoxicación, parecía soportar un claro desorden estético. Cantaban aires del sur y llevaban ropas del este. Del este de Harlem, concretamente. Escondidas entre esas ropas, varias navajas y un destornillador. Todas surgieron con la concreta pericia necesaria en una reyerta y fueron exhibidas de un modo amenazante frente al teléfono de un compinche. Uno de los protagonistas, navaja en mano, dice no sé qué imitando a Pablo Escobar en 'Narcos'. Poco antes otro de ellos se lleva el puño al estómago, al pecho y al cuello, chas, chas, chas, dando a entender que esas cuchilladas puede pegárselas él a cualquiera.

Tan luminoso e inofensivo, el metro de Bilbao siempre ha tenido algo de juguete perfecto. Resultó muy extraño verlo transformado en un lugar peligroso por la acción de cinco indeseables. Y, bueno, durante unos días casi no vimos otra cosa: los navajeros cantores del metro aparecieron en todas las televisiones y saltaron de móvil a móvil, entre el morbo y el escándalo, generando esa clase de indignación combustible. En algunos foros de internet se los identificaba con asombroso detalle, lo que hacía pensar que aquellas imágenes no eran un borrón en unas trayectorias ejemplares. La Policía tampoco ha tenido que recurrir al FBI para averiguar la filiación de los matones. Habrá sido cosa de un segundo. Ese agente mirando de refilón el vídeo y encadenando apodos como quien recita una letanía, mientras aprovecha para ordenar el escritorio.

Ahora la Fiscalía ha imputado al grupo del metro por alteración del orden público. Tras la racha de graves delitos con menores involucrados, la decisión quizá puede entenderse como la voluntad de no dejar sin respuesta una amenaza.

Por otro lado, es probable que lo único bueno de todo esto sea el entusiasmo con que cierta gente ha comenzado a encargarse de la grabación y difusión de sus propias fechorías. La necesaria aleación de vanidad y estupidez terminará funcionando mejor que las cámaras de seguridad.

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