La melé nocturna de Bilbao

Aficionados al rugby abarrotan las calles de Bilbao./FERNANDO GÓMEZ
Aficionados al rugby abarrotan las calles de Bilbao. / FERNANDO GÓMEZ

Miles de 'supporters' disfrutaron de la primera noche bilbaína de las finales. La calle Licenciado Poza y la carpa de Doña Casilda presumieron de ambiente

EVA MOLANO

El tercer tiempo, dicen, es una tradición única. Los equipos rivales beben juntos tras el encuentro y así liman las asperezas que han surgido en el terreno de juego. No importa la sangre derramada en el campo: ahí, compartiendo pintas del tamaño de un tanque, se tejen los lazos de amistad y de camadería que hacen del rugby un deporte honorable. Bilbao se convirtió esta noche en un gigantesco escenario en el que tuvo lugar esa suerte de ritual de hermandad. A lo grande. Lo mismo dio juntar a los seguidores del Cardiff Blues, con los derrotados del Gloucester, con franceses, irlandeses o con locales que solo salieron a tomar los potes de rigor. Lo que reinó fue el buen ambiente.

Desde que San Mamés se fue vaciando de forma ordenada y comenzó a llenarse la fan zone anexa de 'supporters' de diverso pelaje. Pasadas las once de la noche varias cuadrillas hacían ya acopio de comida en los food trucks y de litros de cerveza. Allí comenzaban la fiesta ocho chicos belgas del equipo Hesby Rugby Huy, que se hospedaban en Vitoria por 300 euros la noche y que llegaron a la capital vizcaína en dos coches alquilados, dispuestos a ver buen rugby y a animar al Leinster. Trevor Wakeman, de Oxford, apoyó al Gloucester. «Para consolarse, habrá que beber», decía risueño, mientras caminaba entre la marabunta que se había adueñado de Licenciado Poza. Quince grados calentaban el ambiente y miles de personas tomaban la calle, bebían y charlaban. Apenas se podía caminar.

«Todo puede pasar»

Aun así, los locales de hostelería esperaban más. «Está siendo más flojo de lo que pensábamos, porque las 'fan zones' se están llevando un buen cacho. Hemos comprado 2.000 litros de cerveza, pero todavía no hemos vendido la mitad», apuntaba Ramón Euba desde la barra del pub Gales. «Pues hay mucho ambiente. La calle está demasiado llena», apostillaban Eneko Holgado, Juan Barrenetxea y Txopo Olaran, de 27 años, 'habituales' de Pozas. «Hoy no hay hora. Todo puede pasar», advertían. Aunque a las doce y media, había quien ya estaba de retirada en el Molly Mallone, en la calle Particular de Estraunza.

Mark Synnott, un irlandés de 32 años, había llegado para apoyar a Leinster con su padre y sus amigos. «Yo es que ni sabía que Bilbao existía», explica. Como la cuadrilla de Michael Cleveland, de 59 años, vecino de Cardiff, todos los años van a las finales de rugby, no importa dónde. Estos se hospedan en Mungia, donde «la gente es maravillosa. No saben inglés, ni nosotros español, pero son muy amigables. Esto nos está gustando tanto que hemos pensado en volver con nuestras mujeres», lanzaba.

A pocos minutos de allí, había un fiestón montado en la carpa de Bilbao Rugby en el parque de Doña Casilda, llena de jóvenes. «Ha habido muchos turistas, muchos matrimonios y gente joven. Estamos muy contentos», explicó Koldo Gómez, que gestionaba las dos barras. Hoy (sábado) le llegarán otros 200 barriles de cerveza, con tantos litros como para parar un tren.

Wayne Newton (Blackpool, del noroeste de Inglaterra) y sus amigos forman una encantadora cuadrilla de entre 60 y 70 años. Han llegado el jueves, visitado San Juan de Gaztelugatxe y visto el partido por la tele, aunque al Leinster sí le animarán en vivo y en directo. El domingo visitarán San Sebastián. Beben pintas en una solitaria Kale Barria, cerca de su hotel de un desangelado Casco Viejo, mientras la Plaza Nueva ya está cerrando. Explican que van a todas las finales juntos, no importa dónde. «Éste de aquí tiene las pelotas como balones de rugby», señala.

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'Obrero' de la barra

Somera ofrece el paisaje que cualquier otra noche de viernes sin lluvia y se oye inglés y francés a algunos grupos. En el restaurante Bikandi están encantados. «No ha sido tanto como decía el Ayuntamiento, pero sí que ha habido gente. Pero no beben solo cerveza, beben de todo. La verdad, son muy majos», apunta José Fernández, que se define como un 'obrero' de la barra. En Barrenkale, la fauna local se mezcla con la extranjera. Allí están Clement Duquenox, de Rennes, y sus amigos, disfrazados de pollos, las rondas saliendo sin parar. ¿De despedida de soltero? «No. Somos de un equipo de rugby, el de La Salle Beauvais, pero nos hemos disfrazado para la ocasión», explica, cubata de vodka en mano frente al Soiz. Se hospedan en Kobetamendi, en autocaravanas. «Yo estoy celebrando aquí mi 40 cumpleaños a lo grande. Ya había estado en Bilbao, como turista, y me encanta la comida, el vino... El País Vasco es diferente al resto de España», decía Maurice Ryan, de Dublín, en una también abarrotada calle Ledesma.

Los'supporters' se hicieron de rogar en Mazarredo, aunque algunos sí que se dejaron caer. Sobre las dos y media, una cuadrilla de tiarrones, tan guapos como actores, hace su aparición estelar en el Mystic. «De momento está siendo un viernes normal, no es para tirar cohetes», explica uno de los socios, Sergio González. A unos metros, en el, cercano Galeón, hay extranjeros y un grupo que celebra la jubilación de la secretaria a ritmo de reggaeton. De regreso a Pozas, la noche va cerrando. Tres chicas de 18 años charlan en un inglés inteligible para un bilbaíno de a pie con un joven que las llama 'ladys'. «No hemos venido a ligar», explican. Son estudiantes universitarias y viven en el Colegio Mayor de Deusto. «Hoy hay más ambiente que otros días, pero tenemos los exámenes la semana que viene, así que nos vamos y mañana volveremos».

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