El Correo

Cuatro días raros

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Miembros del grupo de rescate se preparan para bajar a la cueva. / Luis Calabor

  • Javier Gambino, hermano del espeleólogo vizcaíno fallecido la pasada semana en una cueva de Galdames, escribe una emotiva carta en la que agradece las muestras de pésame y glosa la figura de su hermano. «La mejor muerte para un guerrero es morir luchando», subraya

(Se suponía que iba a escribir en representación de mi familia una nota de agradecimiento. Pero una nota más o menos formal sería algo demasiado frío para lo que la ocasión merece. Así que lo que me ha salido es algo más personal que espero que, aunque seguramente con muchos matices, será compartido por ellos.)

Me siento raro. Hace cuatro días que me siento raro. Debiera estar desgarrado por la muerte de mi hermano pequeño, a la inconveniente e inapropiada edad de 37 años. «¡Qué incorrección, Jose!», que diría el capitán Garfio. Y sin embargo llevo cuatro días dando las gracias a propios y extraños, consolando a mis familiares, dando ánimos a amigos y compañeros de Jose, y hasta a desconocidos que por uno u otro medio se han acercado a mí para darme el pésame.

Y me he empezado a preguntar por qué. Por qué en cuatro días no he llorado, por qué no me he enfadado, por qué no siento rabia, por qué no he gritado y por qué no he tenido una mala palabra para nadie. Por qué no estoy roto, y por qué estoy en paz con el mundo, cuando acabo de perder a uno de mis dos hermanos.

La primera razón, creo que es que no hay culpables. Los mismos procesos naturales que crean los minúsculos recovecos y las grandiosas cavidades en las rocas que a Jose le gustaba explorar, cartografiar, fotografiar… Son los que han provocado que ya no pueda seguir haciéndolo. De nada sirve culpar al mar por llevarse a un marinero en medio de una tempestad, e igualmente sería un sinsentido culpar a una montaña por hacer lo que lleva haciendo desde que las fuerzas naturales la elevaron desde el fondo marino, mucho antes de que el hombre existiese para explorarla.

La segunda, es que su muerte no ha sido absurda. Y me explico. Jose vivía, literalmente, para la espeleología. Trabajaba lo necesario y en lo que fuera necesario, le gustase o no, durante el tiempo imprescindible para poder costearse los viajes y los materiales, herramientas, aparejos y artilugios varios que le servían para adentrarse en la corteza de nuestro planeta allá donde hubiese un agujero; desde Galdames a Papúa, pasando por México o muchos otros lugares en los que yo ni sabía que había estado.

Haciendo aquello para lo que vivía es como la muerte le ha encontrado y le ha reclamado para sí. Claro que podía haber tenido algo de paciencia y concederle algunos –muchos– años más, pero ¿acaso hay muerte más digna, más honrosa y más apropiada que esa que te alcanza haciendo –qué pocas veces lo hacemos– justo eso que queremos hacer? ¿Eso que nos hace vibrar y sentirnos vivos, que nos hace felices?

La mejor muerte para un guerrero es morir luchando, y para un cuevero, como he leído a uno de ellos llamarse a sí mismo, seguramente será adentrándose en lo desconocido y llevando la luz de su frontal a donde nunca antes nadie la había llevado.

La tercera razón es todo lo que he visto a partir de la muerte de mi hermano, y que es en buena parte lo que me ha llevado a escribir esto y a publicarlo. He visto un despliegue de medios y de personal de apoyo en emergencias que, sin tener ni idea de lo que supone un rescate de estas características, me parece de diez.

Euskal Espeleo Laguntza, Cruz Roja, Dya, Erzaintza, Rescate Minero del Principado de Asturias, el Ayuntamiento y la gente de Galdames, la asociación Burnia, la información puntual en las redes sociales por parte de SOS Deiak y Vost Euskadi, las empresas que proporcionaron materiales y herramientas… Seguro que me dejo a alguien. Perdonadme y daos por incluidos aquí. Un despliegue que me admira más aún teniendo en cuenta la certeza de la muerte de Jose desde prácticamente el primer momento. No se trataba ya de salvar una vida, sino de recuperar un cuerpo.

He visto docenas de compañeros y compañeras de mi hermano –a estas alturas no puedo considerarlos más que como hermanos de mi hermano, y por extensión, hermanos míos– esforzarse durante muchos días (días de 24 horas) por lograr lo que parecía, y al final se confirmó, como imposible. Los he visto dispuestos a arriesgar más de lo razonable. He recibido sus abrazos y sus besos. He visto sus rostros.

Finalmente (esto no lo he visto; no he podido estar allí los últimos dos días, pero no me cabe la menor duda) habrán llorado desconsolados de frustración e impotencia cuando han tenido que rendirse a la evidencia de la imposibilidad de lograr, sin jugarse la vida, aquello para lo que tanto trabajaron. Uno no puede desmoronarse, no puede enfadarse, no puede sentir rabia y no puede dejar de estar en paz con el mundo y con la vida después de ver y sentir todo esto.

La cuarta razón es que no podía haber un mejor desenlace en esta historia que comienza con una desgracia. Puestos a elegir entre opciones, ninguna de ellas buena, creo que Jose hubiese elegido permanecer en la montaña arropado por las rocas que eran su vida. Y quienes le queremos creo que no podríamos tener un lugar mejor donde acudir para sentirnos cerca de él cuando necesitemos hacerlo.

Me siento raro, decía, y sin embargo no soy tan raro. No soy yo solo. Mi madre, mi padre, mi hermano, primos… la familia de Jose, a pesar del dolor, hemos tenido en todo momento nuestra preocupación centrada en que no corriese peligro nadie más. Puede que eso nos ayude a superar su muerte. Que mi hija lo entienda es otro de los motivos para escribir esto.

Cuando te preocupan los vivos, los que faltan duelen un poco menos. Cuando recibes cariño y das cariño, el enfado y la rabia por lo que no entiendes, lo que no quieres aceptar, lo que no es justo, lo que no te mereces, se disipan. Cuando ves que Jose tuvo a través de su afición una familia aún más grande que la familia en la que nació, estar en paz con el mundo quizá no sea tan raro.

Y yo aquí sigo, dando las gracias. Sigo haciendo lo que buenamente puedo por animar y consolar a quienes sufren por la pérdida de Jose.

Aún no he llorado, pero lo haré más pronto que tarde.

No me he enfadado, no he gritado, no he tenido una mala palabra para nadie y espero no hacerlo.

No estoy roto, y estoy en paz con el mundo, cuando acabo de perder a uno de mis dos hermanos. Pero me siento un poco menos raro.

Javier Gambino, en Santurtzi a 5 de junio de 2107.

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