San Mamés, de gala

San Mamés, de gala

Más de 52.000 espectadores asisten en San Mamés a la final de la Champions Cup en una ambiente fraternal

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Por las venas del rugby corre cerveza. Es como la poción mágica en este mundo oval donde tantos se parecen a Obélix. Casi todos estos colosos debieron de caerse de niños en la marmita. En ese ambiente de violencia muscular y choques entre moles humanas funciona la fraternidad. Bebe y deja beber. Las aficiones del Leinster irlandés y del Racing 92 parisino, protagonistas de la final de Champions Cup en San Mamés, demostraron que son gente de buen beber. El rugby es un deporte en el que todo el mundo te tiende la mano... Y de inmediato te ofrece una pinta. La cerveza que une. El Racing se presentó con boina. El Leinster echó una carrera por la portería donde estaban los suyos, que tronaron. Fiesta. A este deporte le sienta bien la cerveza.

En cuanto La Catedral empezó a llenarse con los colores azul marino del Leinster y azul celeste del Racing, la megafonía archivó a Enrique Iglesias y dividió la banda sonora entre canciones irlandesas y francesas. Un detalle. San Mamés, esta vez sí, estaba casi a tope: 52.282 espectadores. Ni banderas francesas ni irlandesas; sólo de los equipos. En un ambiente refrigerado por nubes de color ceniza, el estadio vibraba. La cerveza ponía la temperatura que le faltaba a la fría tarde. En manga corta a 12 grados. La final del gran torneo europeo iba a ser una picadora de carne. Dos estilos. El rico rugby de París frente a la cantera irlandesa, el país que ahora domina en el planeta del balón almendrado. Ricos y humildes, irlandeses y franceses. Todos iguales.

Cuatro horas antes del partido, a la puerta del hotel Carlton, el presidente del Racing 92, el millonario suizo Jacky Lorenzetti, se había cruzado con un grupo de irlandeses. Posó con ellos. Fotos y ánimos. A un partido de rugby se puede llevar a los niños sin el peligro de que aprendan toda la ristra de insultos.

La cabeza aplastada

El Racing juega ahora en el estadio de Colombes, famoso por ser escenario de la película 'Evasión o Victoria', aquella en la que un grupo de prisioneros aliados, incluido Pelé, juega un partido de fútbol contra los alemanes. El Mayor de la tropa germana era Max von Sydow: «Las naciones deberían resolver sus diferencias en un campo de fútbol. Sería más civilizado», dijo. Buena idea. Aunque mejor en un estadio de rugby. 'Las buenas personas beben buena cerveza', reza un dicho celta. San Mamés lo comprobó. El título en disputa no impidió la camaredería. Eso sí, se abuchea cuando un jugador realiza una acción irregular. Pat Lambie es el apertura del equipo francés. El que dirige la tropa. El que posee esa visión panorámica en medio de una lluvia de rivales como los irlandeses Toner, 2,10 metros y 120 kilos, y Furlong, más bajo, 1,84, pero aún más compacto, 119 kilos. Un proyectil humano. El caso es que nada más comenzar la final, a Lambie le aplastaron la cabeza contra el césped.

Juega con casco. Tiene motivos. «Ningún especialista me ha dicho cuáles serán las consecuencias de mis conmociones cerebrales cuando tenga 50 años», declaró la víspera en 'L'Equipe'. Tras uno de esos golpes pasó meses sin soportar la luz diurna. En una habitación a oscuras. En la final de San Mamés apenas duró unos minutos. Otra vez le apagaron la luz. Cosas del juego. Ni una protesta. Teddy Iribarren, un guaperas de Toulouse, anotó el golpe de castigo: 0-3 para el Racing. El Leinster empató con otra patada certera de Sexton, el apertura que no triunfó en el Racing por su carácter áspero. Mirada metálica, ojos hundidos en los fieros pómulos. Certero. Buscaba más que un trofeo; buscaba venganza. La afición irlandesa le aplaudió como a nadie. El mejor de los suyos. Del Racing le echaron por ser demasido agresivo. «Soy irlandés», alegó.

Una profesión de riesgo

La igualdad se mantuvo en la segunda parte. «¡Ohhhhh!», se escuchaba tras cada choque. Sonaban. Carne aplastada. Cuerpos que absorben la energía del rival y que se deforman sin fracturarse. Coger el balón aquí es una profesión de riesgo. El juego se espesaba: 9-9. Ni un ensayo. La grada se contagió. Contención. Todo demasiado trabado. Ni una jugada de esas en las que el balón surfea sobre una hilera de gigantes. Sin cabalgadas que emocionaran a las hinchadas. En cada golpe de castigo los aficionados juntaban las manos en pose de rezo. El último, el deciviso, el del 15-12 para el Leinster, lo anotó Isa Macewa, el capitán irlandés. En cuanto la final terminó, Macewa se dedicó a levantar del suelo a los abatidos franceses. Les tendió su mano. La misma con la que compartirá con ellos una ronda de pintas.

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