La maldición de Artxanda

El parque nunca alcanzó la cifra necesaria de visitantes para garantizar su viabilidad y cerró en 1990. En los últimos años ha servido incluso para entrenamientos antiyihadistas de la Ertzaintza

ÓSCAR B. DE OTÁLORA

El parque de Artxanda jamás fue inaugurado de forma oficial. Fue como una botadura de un barco en la que todo apunta a que la mala suerte se esconde en las bodegas. El 14 de septiembre de 1974 abría sus puertas sin ningún tipo de acto, ni corte de cinta, ni declaraciones de los políticos. Y el 8 de febrero de 1990 cerraba sus tornos tras haberse convertido en un agujero que devoraba dinero de la Diputación de Bizkaia -principal propietaria del parque- a un ritmo desbocado y sin apenas conseguir ingresos. Para entonces, el público ya había abandonado esta zona de esparcimiento. Las nieblas y la lluvia se habían convertido en la lápida del recinto.

El Parque de Atracciones de Artxanda había nacido con los estertores del franquismo. Fue una operación auspiciada por la empresa que gestionaba el parque de atracciones de Madrid, que convenció a la Diputación de que esta obra era necesaria. En un momento histórico en el que la crisis del petróleo estaba a punto de poner el mundo contra las cuerdas, en Bizkaia esta amenaza todavía no había asomado las garras. La Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, la Caja de Ahorros Vizcaína y Bankunión aportaron financiación hasta alcanzar los 515 millones de pesetas de la época y se pusieron manos a la obra.

Los trabajos fueron faraónicos. No solo hubo que remover toneladas de tierra, sino también traer y montar atracciones que en ese momento eran punteras en Europa. La pretensión de inaugurarlo de cara al verano del 74 se convirtió en una quimera imposible de cumplir y los continuos atrasos fueron creando una atmósfera de impaciencia y frustración para un parque de atracciones que se anunciaba como el no va más de la diversión. Finalmente, se abriría en septiembre, con el verano ya casi concluido y con la amenaza de lo que más tarde sería uno de los talones de Aquiles del parque: la fatalidad del clima vasco. El parque, en ese sentido, tenía entre sus debilidades unos mal planeados accesos que ocasionaban colas kilométricas, pero también la niebla y la lluvia como indeseables invitados permanentes. La ladera del monte Ganguren, su ubicación definitiva, no era el mejor lugar para pasar el día un día de frío y sirimiri. Aunque para guarecerse se hubieran levantado ocho enormes pirámides metálicas.

Arriba, una de las atracciones de Artxanda en su inauguración. Abajo a la izquierda, la montaña rusa. En el centro, el entonces director de Juventud de la Diputación, Iñigo Urkullu, al anunciar el cierre del parque. Al lado, un detalle de la montaña rusa. / EL CORREO

La arquitectura del recinto era innovadora pero hoy resulta incomprensible para un parque de atracciones. Enormes bloques de hormigón y desnudas estructuras metálicas. Sin las atracciones y el sonido, parecía más una factoría que un lugar de diversión. Disney había demostrado que los parques de atracciones deben tener una personaje que sirva de referente -Mickey Mouse, por ejemplo-. Aquí se eligió Basajaun, un personaje de la mitología vasca que se mueve entre la ambigüedad de ser una criatura benefactora o un troll.

Además de las atracciones que podían esperarse en un parque -montaña rusa, noria, autos de choque, los primeros videojuegos-, el parque incorporó un zoológico y una piscina, que en ese momento era la más grande de Bizkaia. A comienzos de los 80 la crisis económica golpeó al tejido social del territorio con toda su fuerza y el futuro del parque comenzó a tambalearse. Se consideró que un millón y medio de visitas anuales garantizaban la viabilidad del recinto pero la cima de visitantes estaba en 500.000 personas. Y jamás se superó.

Inyecciones económicas

A mediados de los años 80 la crisis económica hizo que no se pudiesen renovar las atracciones. El público, sin alicientes para volver a subir al parque, comenzó a abandonarlo y en 1988 los visitantes apenas alcanzaban las 120.000 personas al año. La Diputación de Bizkaia compró entonces gran parte de las acciones de la entidad con la intención de reflotar el parque, pero sucesivas inyecciones económicas no conseguían devolver la ilusión por el proyecto. En 1990, cuando todos los estudios económicos confirmaban que ya era inviable pretenden mantener abierto el parque -se considera imprescindible conseguir el millón de visitantes-, la Diputación decidió cerrarlo. El encargado de hacer pública la decisión fue el entonces director de Juventud del ente foral y hoy lehendakari, Iñigo Urkullu.

En esa época comenzó a desmantelarse el parque. Las principales atracciones se vendieron a otras instalaciones feriales de España. Algunos animales del zoo se regalaron a un coleccionista de Barcelona pero murieron en el trayecto hasta la capital condal. Todo lo que rodeaba al parque parecía estar atrapado por una maldición. El recinto comenzó a deteriorarse y se convirtió en un refugio de tribus urbanas y grafiteros. La Diputación tuvo que colocar entonces medidas de seguridad para prohibir el acceso. Desde entonces se ha utilizado como almacén de todo tipo de objetos que el ente foral no tenía otro sitio donde guardar. Desde embarcaciones a coches de lujo incautados en operaciones contra el fraude fiscal. Uno de las últimas actividades oficiales que se desarrolló en Artxanda tuvo lugar en noviembre de 2016, cuando las unidades antiterroristas de la Ertzaintza realizaron un simulacro de ataque yihadista entre los restos de las antiguas atracciones.

En junio de este año, la Diputación de Bizkaia anunció que iba a destinar 1,5 millones de euros para llevar a cabo la demolición y desescombro de todo el parque. El objetivo era poner fin a una instalación que ya se había convertido en un peligro para los visitantes furtivos, irrecuperable y que seguía consumiendo presupuestos forales para garantizar la vigilancia de los edificios. Era el final definitivo de la Disneylandia vizcaína.

Arriba, estado actual de una de las cafeterías del parque de atracciones. Abajo a la izquierda, una de las zonas de esparcimiento tomadas por la vegetación. En el centro, detalle de la pista de karts. A su lado, interior de una de las pirámides. / IGNACIO PÉREZ

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