Langostino atómico

La vieja central será una piscifactoría

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Lemoiz no llegó a funcionar como central nuclear, pero se ha oxidado ejerciendo, a plena potencia, como símbolo. ¿No han notado que son pequeñas máquinas del tiempo esas pegatinas, aquellas chapitas, con el sol sonriente, tan rojo, y el lema que respondía «No, gracias» a la energía nuclear? Son objetos irreductibles y todavía aparecen de vez en cuando por ahí, en algún cajón, en algún trastero, como marcapáginas de un libro que nunca se devolvió a su dueño. Y, durante un segundo, basta con mirar a los ojos achinados de ese sol para regresar a 1980. Ahí están las manifestaciones antinucleares, el asesinato de Ryan, la posterior manifestación contra el asesinato de Ryan. Despojada por el tiempo del énfasis y la furia, semejante sucesión de acontecimientos revela con claridad una especie de mecanismo trágico, un muelle funesto. Que la historia reciente del País Vasco se haya sometido a un ingenio tan burdo tiene también algo de broma macabra.

Como sucede a veces, Lemoiz pasó del centro del debate a las afueras de lo inexistente, aunque con vistas al mar y perímetro de seguridad. La central se convirtió en la definición exacta de una ruina, categoría que no solo tiene que ver con los desconchones y el polvo, sino también con la capacidad de dar testimonio de un tiempo abolido. Eso abre la posibilidad de que la invisibilidad de Lemoiz no se explicase estos años tanto por lo inaccesible de su ubicación como por lo incómodo de su recuerdo.

Lemoiz ha estado más de tres décadas en un cuarto sin luz, como uno de esos trastos heredados que nadie se atreve a tirar. A veces es difícil gestionar este tipo de cosas. Si en Bilbao aún no sabemos qué hacer con el parque de atracciones, puede entenderse que el país no supiese qué hacer con una central nuclear. Hasta ahora. Ayer saltó la noticia: Lemoiz resucitará transformada en una piscifactoría. Que en el lugar donde ayer estuvo a punto de bombardearse el átomo vaya a criarse mañana la gamba, el langostino, el salmón y el rodaballo es uno de esos símbolos que, a fuerza de ser simbólicos, no termina uno de saber qué diablos simbolizan.

Pero va una intuición: en Lakua han concluido que la gastronomía también es nuestra principal fuente de producción energética. Ojalá a esos langostinos vascos les pongan de apellido ‘Atómicos’.

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