JÓVENES Y VIOLENTOS

El agresor del metro de Abando entra en prisión

Imagen de la agresión grabada por una cámara./
Imagen de la agresión grabada por una cámara.
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Un clásico de los programas de sucesos tiene que ver con la madre del delincuente asegurando entre sollozos que su retoño es muy buen niño. Si como respuesta se le empiezan a recitar los antecedentes penales del interfecto, las causas que tiene pendientes, los alias horripilantes por los que responde en los bajos fondos y las pruebas que lo involucran en mil y una nuevas canalladas, puede que la mujer conceda que su niño, además, sea un poco nervioso. Nada más difícil de debelar que la parcialidad de una madre. Por eso, a la hora de catalogar delincuentes, podría reservarse una categoría especial para aquellos cuyos familiares directos, puestos a elegir, también prefieren que sigan en prisión.

Es el caso del individuo de diecinueve años que la madrugada de Santo Tomás agredió a un joven en el metro de Abando, causándole graves heridas en la cara, especialmente en un ojo, utilizando para ello una botella rota. El agresor lideraba un grupo que persiguió a la víctima y a un amigo desde Arbolantxa. Fue la caza del hombre, pero el trofeo era un triste móvil. Este viernes, tras haber sido detenido por la Ertzaintza y puesto a disposición judicial, el tipo de la botella entró en prisión. Y ahora sabemos que su hermana opina que debería haber ingresado allí directamente, tras abandonar el mes pasado el centro de menores en el que cumplió condena por una serie de robos en comercios. Es la clase de deseo que solo puede enunciarse desde la certeza de que antes o después iba a pasar algo así. La mujer describe a su hermano como alguien infalible a la hora de elegir las peores compañías. También como alguien muy violento, especialmente si necesita dinero para drogas.

Es precisamente eso, el nivel de violencia, lo que distingue los sucesos que sacuden estos días la ciudad. De alguien que es capaz de protagonizar hechos de semejante naturaleza no se esperan comportamientos especialmente morales, pero sí que actúen con el ventajismo habitual en quien va a robar un móvil y quizá unos euros. El trecho que va del hurto al homicidio es enorme y requiere de un ensañamiento incomprensible. ¿Rajar con una botella la cara de alguien? La terrible muerte de Ibon Urrengoetxea en el puente del Arenal es el extremo atroz de este desvarío. Sus responsables, según parece, son también enormemente jóvenes.

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