El Correo

El crimen que marcó a los padres estadounidenses

Etan Patz.
Etan Patz.
  • Casi cuatro décadas después, un jurado ha condenado a un hombre por el asesinato de Etan Patz, que se convirtió en el icono de los niños desaparecidos

Hay crímenes que, por alguna razón, conmueven a la sociedad de manera especialmente profunda y duradera. Pasan los años y su recuerdo permanece, hasta el extremo de propiciar cambios en los hábitos de conducta y en la manera de ver el mundo. La desaparición de Etan Patz fue uno de esos casos que noquearon las conciencias: el niño neoyorquino de 6 años desapareció el 25 de mayo de 1979, cuando cubría las dos manzanas que separaban el domicilio familiar de la parada del autobús escolar. Después de mucha insistencia, era la primera vez que le dejaban hacer el trayecto solo, y quizá esa sobrecarga de drama contribuyó a amplificar el impacto de la historia. También influyó que el padre de Etan era fotógrafo, con lo que el país pronto se inundó de retratos del pequeño: fue uno de los primeros desaparecidos cuya imagen se imprimió en las cajas de leche, utilizadas durante unos años como soporte habitual para ese tipo de alertas en Estados Unidos. El 25 de mayo se proclamó Día Nacional de los Niños Desaparecidos y el suceso impulsó nuevos procedimientos policiales de investigación, pero lo más llamativo fue su huella en la manera de ejercer la paternidad, lo que una fiscal ha definido esta misma semana como «la pérdida de la inocencia». Después de la desaparición de Etan Patz, muchas familias se volvieron más protectoras con los hijos y se afianzó la idea del 'stranger danger', la costumbre de mirar a los adultos desconocidos como un peligro potencial.

A Etan lo declararon legalmente muerto en 2001, pero no se ha hallado su cadáver y hasta esta semana tampoco había un culpable de lo ocurrido. El pequeño salió aquella mañana de su casa en Prince Street muy contento de afrontar su aventura: llevaba la comida dentro de una bolsa con elefantes rojos y blancos, las cosas del colegio (como sus gomas de borrar con forma de dinosaurio) y un dólar para comprarse un refresco. Nunca llegó al autobús, y los rastreos insistentes y meticulosos por el barrio no fueron capaces de concretar en qué punto se perdía su rastro. «Él piensa que todas las personas de todas las edades son maravillosas y dignas de confianza», declaró su madre a 'The New York Times'.

En el sotano

Pedro Hernández.

Pedro Hernández.

De aquello hace 38 años. Durante la mayor parte de este tiempo, desde mediados de los 80, el principal sospechoso fue un hombre llamado José Antonio Ramos, que había cumplido condena por abusar sexualmente de niños y era amigo de una exniñera de Etan. Incluso se le llegó a declarar responsable de la muerte del pequeño en 2004, en un procedimiento civil que le sentenció a indemnizar a los padres, pero nunca lo juzgaron penalmente por este asunto. La investigación dio un vuelco en 2012, cuando un ciudadano se puso en contacto con la Policía para denunciar que su cuñado, Pedro Hernández, había confesado ser el asesino de Etan. En 1979, Pedro era un joven de 18 años que trabajaba en un colmado de la calle Prince, y los investigadores pronto comprobaron que la confesión estaba lejos de ser algo aislado: en las décadas transcurridas desde los hechos, tanto su hermana como su exmujer o varios miembros de la iglesia católica a la que pertenecía le habían oído manifestar cosas parecidas. El propio Pedro Hernández admitió en el interrogatorio que había atraído a Etan hasta el sótano del almacén con la promesa de un refresco, le había estrangulado y, después, había tirado sus restos a la basura, dentro de una bolsa de plástico que metió a su vez en una caja.

El primer juicio a Pedro Hernández, celebrado en 2015, fue nulo, porque uno de los doce miembros del jurado rechazó su culpabilidad: en su opinión, se trataba de un enfermo mental que confundía la realidad con sus fantasías, tal como sostenía la línea de defensa planteada por sus abogados. Al fin y al cabo, hablamos de un hombre que bordea la discapacidad intelectual y que en alguna ocasión ha asegurado ver ángeles y demonios. En el segundo juicio, en cambio, sí se ha alcanzado la necesaria unanimidad: el martes, al cabo de nueve días de deliberación, el jurado proclamó la culpabilidad del acusado. Entre el público estaba el padre de Etan, que se declaró aliviado por el veredicto: «Ya era hora», dijo.

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